Banca cubana en cuidados intensivos, pero diagnostican “pocos avances en la comunicación social” ¿En serio?

Pedro Monreal

La reciente reunión entre la dirección política y el sistema bancario se desarrolló en un contexto de aguda inestabilidad macroeconómica, pero el encuentro no se aprovechó para comunicar públicamente con claridad y rigor un diseño coherente de política monetaria orientado a la estabilización. ¿Creerá alguien que con precios desbocados y con una moneda nacional arrastrada por el fango la economía y la sociedad pueden llegar a buen puerto?

En la reunión se repitió el relato oficial acerca del papel del sistema bancario como “instrumento de la política monetaria” y “pilar de la estabilidad macroeconómica”, pero más allá de esas generalidades no se hicieron explícitos los objetivos verificables de política monetaria (inflación, base monetaria, tipo de cambio, liquidez), ni la secuencia de instrumentos, anclas o reglas que permitirían recuperar el valor del peso y anclar expectativas.

En un entorno de fuerte depreciación del peso en el mercado informal y de inflación persistente, la ausencia de un marco comunicable —si es que existe un diseño operativo

Las “transformaciones” anunciadas dejan a la política monetaria en un terreno de opacidad que dificulta tanto la coordinación interna como la formación de expectativas de los agentes económicos en un contexto en el que se asigna mayor espacio al mercado.⁠

Resulta especialmente notoria la falta de reflexión sobre el incumplimiento de esa función esencial de cualquier banco central que es la defensa del valor de la moneda nacional. El peso cubano ha perdido poder adquisitivo de forma acelerada, con una inflación oficial interanual que se sitúa en torno al 28 % y con estimaciones independientes mucho más desfavorables, mientras el tipo de cambio informal continúa depreciándose. Es una opacidad que se deriva de decisiones internas.

Quizás sea un problema de la redacción de la nota periodística, pero en las intervenciones reportadas no se abordó de manera sustantiva el origen monetario o cuasifiscal de estas dinámicas, ni se evaluó la efectividad, o inexistencia, de instrumentos de control de la liquidez, ni se reconoció el fracaso relativo en restablecer las funciones del peso como medio de pago, unidad de cuenta y reserva de valor.

Estos problemas sectoriales -la calidad de los servicios, la digitalización, el trabajo en las oficinas bancarias, la acumulación de personas para demandar efectivo, el bajo completamiento de cubículos de caja, los apagones, la conectividad, el crédito, la apertura institucional y la confianza de los clientes- son relevantes y su solución es demandada por la ciudadanía. No obstante, si el Banco Central no cumple su función crucial de política monetaria, consistente en defender el valor de la moneda nacional, lo sectorial permanece como un ámbito limitado y subordinado.

Finalmente, la única autocrítica explícita registrada —la de “los pocos avances en el área de la comunicación social”— resulta desproporcionada en su modestia. Su quedaron cortos, una vez más.

La comunicación institucional deficiente limita la difusión de productos financieros y alimenta la desconfianza, pero destacarla de manera excesiva equivale a relegar a un plano secundario los desequilibrios monetarios y cambiarios que erosionan el valor de los depósitos y la credibilidad del sistema.

Reducir la autocrítica a ese ámbito indica una jerarquización de prioridades que no se corresponde con la gravedad de la inestabilidad macroeconómica vigente y que proyecta la imagen de desconcierto en el diseño de política monetaria.

Mientras la banca permanece en cuidados intensivos por el deterioro persistente del peso y la ausencia de un ancla monetaria creíble, enfocar el diagnóstico a los “pocos avances en la comunicación social” revela una desconexión entre la gravedad de la crisis y la magnitud de la autocrítica.

(Tomado de  El Substack de Pedro)

Deja una respuesta