Votación en Naciones Unidas: necesitamos orden en la sala

Imagen generada con inteligencia artificial

El Gobierno cubano volvió a ganar la votación en Naciones Unidas en un momento en que enfrenta dificultades crecientes para ganar la batalla de sentidos de una buena parte de los ciudadanos, dentro y fuera de la Isla, y en el contexto de una crisis económica inédita con marcados efectos sobre la vida cotidiana de la gente. La actuación y el discurso del representante permanente de Estados Unidos, Mike Waltz, se articuló precisamente en torno a esas claves

Cada año la discusión de esta resolución funciona como un escenario de enfrentamiento entre narrativas políticas. Los gobiernos llegan con posiciones generalmente definidas, y los discursos, más que para defenderlas, sirven para proyectar mensajes hacia sus respectivas audiencias. En términos prácticos, el trabajo para convencer y lograr cambios de posturas no es el debate televisado, sino lo que se hace antes de llegar al día de discusión, en el ámbito diplomático.

Pero hay cuestiones de fondo que parecen estarse quedando por fuera de ese debate que se ha concentrado en «las formas»  de la delegación cubana, y en el contenido del discurso de Mike Waltz, y está relacionada a la política estadounidense hacia Cuba durante el año en curso. El 13 de octubre pasado, durante una conversación con el presidente salvadoreño Nayib Bukele, Marco Rubio sostuvo que el Gobierno cubano no realizaría las reformas necesarias mientras considerara que la comunidad internacional estaba de su lado. La generación de sanciones dirigidas a paralizar la actividad económica, acompañadas de un bloqueo petrolero con excepciones solo para el sector privado, se combina con el esfuerzo de disminuir el apoyo que pueda lograr la diplomacia cubana para tener la opinión pública internacional de su parte en lo que respecta a las medidas unilaterales de Estados Unidos hacia Cuba.

Las palabras de Marco Rubio a Nayib Bukele son una declaración explícita de intenciones, sumado a lo que dijo a Axios, de que el objetivo es en dos años tener a Cuba en un camino irreversible, y que el gobierno cubano no tendría ninguna escapatoria ante la política diseñada para asfixiarlo.

Esta es la razón, y no otra, de que las intervenciones  de Waltz y parte de la conversación que se genera posterior no sean sobre derecho internacional o sobre lo consensuado en documentos de las propias Naciones Unidas, sino que buscan aprovechar el descontento con la gestión del gobierno cubano para generar razones que avalen la violación del tan invocado derecho internacional y de los propios consensos.

En ese sentido, a la administración estadounidense se le puede adjudicar el hecho de que haya desprofesionalizado la diplomacia, y por eso Waltz parece más un influencer político, que un diplomático tradicional, algo con lo que para importantes segmentos de públicos cubanos Bruno Rondríguez no puede competir, porque el ministro cubano actúa dentro de los márgenes de un diplomático tradicional.

De hecho, ante el desvío del discurso estadounidense hacia cuestiones ajenas al propósito de la sesión, Bruno Rodríguez invocó el artículo 71 del reglamento de la Asamblea General para plantear una cuestión de orden. Se trata de un procedimiento legítimo que permite interrumpir a un orador y exige una decisión inmediata de la presidencia, que en ese momento no atendió la solicitud. Más allá de las críticas que puedan hacerse a su reacción posterior, el canciller cubano actuó dentro de los procedimientos establecidos para el debate diplomático.

Pero a Waltz no le interesaba debatir sobre el orden del día. Sabía que ninguna de sus fotografías modificaría sustancialmente el sentido de la votación, sobre la que Marco Rubio ya había ejercido una intensa presión diplomática. Su actuación indica que la estrategia era apelar sobre todo a cubanos. A ello se debe las imágenes de relojes costosos atribuidos a dirigentes, las referencias a los privilegios de sus familias y las acusaciones de autoritarismo; buscaba conectar con inconformidades reales de la sociedad cubana y era efectivo para producir fragmentos fácilmente viralizables en redes sociales.

La diplomacia cubana ganó la votación, sí, pero se queda coja para ganar terreno en términos de percepción, con códigos cercanos a la ciudadanía, y ello está relacionado con la cultura del hacer política en el país, que está en gran medida desconectada de elementos concretos anclados a la cotidianidad. Por esa razón, la semana anterior se dio un debate en torno a un mitin de repudio y en esta hay un debate sobre dar golpes en la mesa, todo lo cual, aunque no es ni de lejos lo más importante de la conversación, sí tiene importancia para los cubanos, esos a los que Waltz intenta hablarles.

Y también tiene importancia el debate sobre derechos humanos. En el esfuerzo por reducir los márgenes económicos y diplomáticos del Gobierno cubano hasta obligarlo a aceptar las condiciones de Washington, los derechos humanos son leitmotiv en los discursos que intentan legitimar el esquema de medidas coercitivas hacia Cuba, pero desde una interpretación selectiva que enfatiza la ausencia de libertades individuales en la Isla, al tiempo que ignora las consecuencias de las sanciones sobre el derecho a la alimentación, la salud, la educación y el desarrollo económico y social.

Exigir que Estados Unidos elimine el esquema de sanciones es abogar por los derechos humanos, y ninguna gestión o violación del gobierno cubano es justificante del sostenimiento de las sanciones. O sea, el principio de indivisibilidad e interdependencia de los derechos humanos, ampliamente reconocido en el derecho internacional, implica que la protección de unos no puede realizarse a costa de la vulneración de otros. Por lo que utilizar determinados derechos de manera fragmentada para justificar una política que vulnera otros, constituye un ejercicio de demagogia que, lejos de promover garantías, busca instrumentalizarlos como mecanismos de dominación política.

Y en otros términos: los cubanos no deberíamos tener que exigir garantías para el ejercicio de nuestros derechos a otra instancia que no fuera el gobierno de Cuba, mucho menos a una potencia extranjera que declaró que nos quiere en la miseria en tanto no derroquemos al gobierno, aunque sea por «nuestro propio bien», por «nuestra libertad».

Podría advertirse aquí que el camino al Infierno está empedrado de buenas intenciones.

Un dato no menor, además, es que las consecuencias humanitarias de esta última generación de sanciones establecidas este año, son difíciles de ignorar. Incluso Naciones Unidas las ha registrado y advertido sobre los efectos de la crisis energética en los hospitales, el suministro de agua y otros servicios esenciales.

Unido a lo anterior, existen fundamentos jurídicos sólidos para cuestionar la política norteamericana, a los que La Joven Cuba se ha referido antes. La Carta de Naciones Unidas reconoce la igualdad soberana de los Estados; las resoluciones 2625 de 1970, y 3281 de 1974, desarrollan los principios de no intervención y rechazo a la coerción económica destinada a subordinar las decisiones soberanas de otro país. Penosamente, la solidez de esos argumentos no garantiza su eficacia política.

El sistema político cubano ha sido el mismo desde hace más de 60 años, pero las condiciones de vida de la gente han empeorado en los últimos años y eso no se explica sin tener en cuenta la intensificación de las medidas coercitivas hacia Cuba, aunque la gestión interna merezca críticas voluminosas. La política pensada desde el Departamento de Estado con la conducción de Marco Rubio está apostando, además de asfixiar económicamente, a lograr que esa asfixia pierda peso en Naciones Unidas.

No es casualidad que, a pesar de no haber existido ningún cambio sustancial en el país, la cifra de votos en contra y abstenciones se sextuplicara entre 2024 y 2025. Como tampoco es casualidad que, mientras a favor de la resolución cubana votan gobiernos de todo tipo, independientemente de su organización política o de su orientación ideológica, entre quienes se alinearon con Estados Unidos o se abstuvieron en 2025 y ahora en 2026 predominaran gobiernos de derecha o países con una marcada dependencia económica o militar de Washington.

Por supuesto que hay asuntos pendientes en Cuba, internos y fundamentales para los cubanos, pero que el representante de la mayor economía mundial justifique las medidas que provocan muertes de niños con el Instagram del nieto de un expresidente de un país, es cuanto menos, poco serio.

Por favor, orden en la sala.

(Tomado de La Joven Cuba)

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