Manuel Juan Somoza/La Habana
Imposible anticipar cuándo podré emitir esta crónica que escribo con lo que queda de batería en mi laptop. Los apagones y la desconexión dan cuerpo a una realidad cruel, inconmovible, y los 9,4 millones de cubanas y cubanos que residen en la isla más que saberla, la sufren cada instante que transcurre.
El inventario de agobios crece desde el cerco petrolero tendido por Estados Unidos hace casi 9 meses: se ha duplicado la mortalidad infantil, no se cuenta con los recursos necesarios ni para neutralizar la cantidad de virus que circulan, el costo de la vida le hace cosquillas a las nubes, la indolencia burocrática sigue al mando en el país y la gente sobrevive obligada ahorrarlo todo, incluidos el optimismo y la esperanza.
Panorama dantesco este, que impide hasta estar enterado de lo que ocurre fuera del barrio; cada quien trata de sobrevivir con lo que tiene a mano, y deviene constante la maldita afirmación de “¡Sálvese el que pueda!”.
Cuesta trabajo soñar cuando la cotidianidad empeora y, quizá también a pesar de eso, sería riesgosamente fatal estar ajeno a lo que ocurrirá bien lejos, al norte de Cuba, la semana próxima. No porque de Naciones Unidas vaya a llegar el punto final a las penurias, sino porque la votación que se registre a favor o en contra de la guerra económica que resiste este país desde hace casi 70 años, acentuada desde enero pasado, indicará hasta dónde alcanzará el genocidio camuflado impuesto por Washington.
El 27 y 28 de octubre ocurrirá allá un ejercicio meramente político que se repite desde hace unas tres décadas, sin alterar la práctica estadounidense hacia la isla. El año anterior, 165 gobiernos votaron contra esa política, siete justificaron su existencia –Estados Unidos, Israel, Paraguay y Ucrania, entre ellos—y 12 se abstuvieron para quedar bien con Dios y el diablo. No obstante, en la antesala de la próxima votación las presiones de Washington para torcer conductas han sobrepasado los límites de la diplomacia y del respeto a la soberanía de otros países.
Entonces, a mi entender, lo que ocurra en la ONU la semana próxima actualizará si, más allá de la retórica, los gobiernos del planeta están dispuestos a enfrentar esa corriente fascista impuesta en todas partes por Donald Trump y Marco Rubio, y cuánto más duro sería o no lo que nos queda por mal vivir a los cubanos.


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