Jorge Gómez Barata/La Habana
Todavía recuerdo cuando, al estudiar los procesos asociados a la Gran Depresión, descubrí que entonces, un barril de petróleo se vendía en alrededor de diez centavos. Entonces, como parte de sus esfuerzos para sacar al país de la crisis, el presidente Franklin D. Roosevelt convenció a los productores de coordinar las acciones para levantar los precios y con ello la economía. El presidente fue criticado por la intervención del gobierno en la economía, pero pronto, el precio del barril alcanzó un dólar.
La tregua energética entre Rusia y Ucrania y entre Estados Unidos y Rusia que tratan de concertar los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin, se sumaría a la moderación respecto al ataque a las instalaciones energéticas observada también por Israel e Irán que, con y en contra de Estados Unidos, libran la guerra en Persia, ha aparecido de forma sumamente modesta, aunque probablemente sea trascendental.
El primer paso es que Estados Unidos, establece una moratoria en el embargo petrolero que ellos han impuesto a Rusia, autorizándose a sí mismos a comprar a ese país 300.000 toneladas de combustible diésel. Para Estados Unidos que consume diariamente 482.000 toneladas métricas de ese combustible (20.000 por hora) ¿Qué pueden significar 300.000 toneladas?
Mientras no se diga otra cosa, el gesto de Trump que para Estados Unidos carece de significado económico, es un guiño político de enorme trascendencia en sus posiciones respecto a Rusia con impacto en Ucrania. Se trata, ni más ni menos que del debilitamiento del núcleo de las sanciones económicas impuestas a Rusia quien la moratoria permite ofertar sus hidrocarburos en los mercados occidentales.
Actualmente, ocurre también que Estados Unidos, en solitario y unilateralmente, con la oposición de Ucrania y prácticamente de toda Europa occidental, emplea su capacidad de presión para procurar una moratoria en el capítulo energético de la guerra entre Rusia y Ucrania que, tal vez sea hoy el elemento decisivo de aquella confrontación.
Las presentes circunstancias me hacen traer a colación que, la guerra económica de Estados Unidos contra Cuba en 1960, comenzó precisamente por el petróleo y que, en los siguientes 30 años, la Unión Soviética (Rusia) abasteció a Cuba de todo el combustible y los derivados que necesitaba, llegando, según se ha afirmado, cifras cercanas a los 8 millones de toneladas anuales.
Entonces Cuba y la URSS intercambiaban petróleo por azúcar, no porque lo hicieran físicamente, sino porque introdujeron “precios resbalantes” que correlacionaban los de una mercancía con la otra. De ese modo, Fidel Castro logró que, incluso en el comercio socialista, suprimir los intercambios desiguales.
Por esa época los países árabes descubrieron que occidente, principalmente Europa, dependía de ellos que podían dictar pautas, imponer precios, incluso suspender los suministros y poner en jaque sus economías.
Años después, en 1973, de la mano de aquellos países, el petróleo debutó como arma política tercermundista cuando, en respuesta al apoyo de varios países occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Japón, Países Bajos y otros a Israel durante la guerra del Yom Kipur, los integrantes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) suspendieron las exportaciones a esos y a otros países, lo cual, entre otras cosas disparó los precios del petróleo, generando, entre otras cosas, parálisis, racionamiento e inflación.
Todo ello dio lugar a una crisis de enorme impacto en la economía mundial, alguno de cuyos efectos se tornaron irreversibles. Desde entonces la manipulación de los precios, los suministros y las reservas petroleras, se transformaron en arma política. Junto con demandas justas, se introdujo la anomalía de usar una materia prima fundamental como mecanismo de presión y de agresión. Aquellos polvos trajeron otros lodos y algunos beneficios.
Las treguas o armisticios energéticos, ocurran donde ocurran, constituyen una buena noticia porque, de hecho, significan la renuncia a utilizar los hidrocarburos, los alimentos y otros elementos económicos, como armas o blancos de guerra en detrimento de las necesidades de las poblaciones sometidas a privaciones y castigos colectivos que no merecen.
La tregua en las sanciones económicas y la moderación en los ataques contra instalaciones energéticas o infraestructuras críticas para el funcionamiento de las sociedades, por ejemplo, las de carácter médico y sanitario son aberraciones que deberían ser suprimidas.
Ojalá las treguas energéticas que actualmente se gestionan, se hagan efectivas y transiten hacia la paz total. De ese modo sería posible desactivar todas las sanciones económicas políticamente motivadas contra todos los países.
En los casos extremos cuando debido al comportamiento de algún país se creyera necesario acudir a ellas, debería actuarse en consonancia con la Carta de Naciones Unidas que reserva esas prerrogativas al Consejo de Seguridad, el cual deberá actuar de modo unánime.
Al saludar el gesto de los promotores de las treguas energéticas, cabe apremiarlos para avanzar un paso más. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto!)
Tregua o paz energética


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