Una mujer cubana posa junto a las banderas de Cuba y Canadá
Tras cuarenta días en Canadá, he comprobado que adaptarse a un país donde la disciplina, el orden y el respeto a las normas forman parte de la vida cotidiana no es tarea sencilla para quienes venimos de una Cuba acostumbrada al relajo y la improvisación.
Aurelio Pedroso/La Habana
“A donde fueres haz lo que vieres” tal vez no sea autoría de obispo Ambrosio de Milán, sino de aquel hombre-mono que sugirió ese prudente consejo a otro que pensaba emigrar y abandonar la manada.
Canadá es una plaza muy difícil para el cubano que aspire a un mejor amanecer.
Como ya es costumbre, digamos genética, solemos tirarlo todo a choteo o relajo. Que conste, hasta el asunto más serio. En ese principio tan cubano, hay que apuntar que ese país norteño no es aconsejable para hacer una nueva vida: es extremadamente disciplinado y organizado.
Según cifras aparecidas en las redes, allí viven unos 20.000 compatriotas.
Luego de cuarenta días “ingresado” en la casa de mi hijo, en las afueras de Ottawa, gozando de electricidad, agua, alimentación y otros referentes a la calidad de vida, llegué a la conclusión de que Canadá no es apto para nosotros.

Los que allí viven por casi dos décadas o más se han ido adaptando a ese modo de vida e idiosincrasia que incluye unos temibles meses de invierno. A otros, en cambio, no les ha resultado tan fácil el reto y por sus casi 130 puestos de frontera se han ido a EEUU sin saber que también allí hay reglas de juego.
Ejemplos de lo dicho conformarían un extenso libro.
Fumadores que somos, en las paradas de los autobuses sólo se puede fumar a nueve metros de distancia. No ocho ni diez, a nueve.
Botar desechos o basura tiene sus límites y días programados. Un bote de mayonesa debe ser limpiado antes de lanzarlo al contenedor porque como país de primer mundo recicla todo lo que pueda ser reutilizado.
Cuentan que un grupo de casi todos recién llegados solicitó permiso a las autoridades locales para efectuar un amistoso juego de béisbol. Primera y última ocasión. Al terreno llevaron neveras con cervezas y rones; un potente equipo de audio con esos reguetones espanta osos que molestaron en la vecindad, y para colmos un asador para una pierna de cerdo que estuvo a punto de incendiar el césped artificial del terrero. Esto, sin contar con los gritos de los jugadores.
Tanto respeto a la disciplina y organización que cualquiera solicita autorización para acudir al mismísimo Parlamento con pancartas y carteles para protestar por serios y también risibles argumentos sin acoso policial alguno.
Oportuno apuntar que ninguno de los “deportistas” de famoso encuentro beisbolero acudió a manifestar descontento o reclamo alguno.
Decididamente, no aconsejo Canadá. Tómelo como a usted le plazca. Si en serio, en broma o ambos a la vez.
Y créanme una cosa, cada día que pasa en Cuba nos acostumbramos más al desorden a todos los niveles, al relajo, la ausencia de disciplina, la desorganización y sin poder organizar un partido de béisbol porque nos hemos quedado sin guantes, pelotas y bates…
(Tomado de El Boletín)


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