Manuel Juan Somoza/La Habana
Ocurre en cualquier parte del planeta: el día a día se encarga de llevarnos de las manos o empujarnos hacia lo insospechado, para bien o para mal.
Y entonces tú, obstinado soñador antaño, sientes que tus piernas ya no son las que jugaron fútbol, que te asusta la ausencia de familia, que tu cuerpo no es el que se acomodó en hamacas al sur de Camagüey o en aquel entrenamiento militar, y te aferras a lo vivido como defensa estéril.
¿Pero a quién le importa eso cuando se desvanece el ideal de Nación en que creíste y al cual le entregaste lo mejor de tu existencia –te dices una y otra vez–, sin medir costos, ni sopesar fracturas con los tuyos, ni con aspiración de mando?
¿A quién le importa lo que sientas o dejes de sentir cuando cada uno de los mortales simples, como tú, apenas sobrevive en medio del acoso impuesto a tu país?
¿Qué importancia tiene que tras tu segundo divorcio, cupieran en una mochila las pertenencias con la que desembarcaste en esta casa, donde junto a ella–durante medio siglo — conociste felicidad y tristezas, y ahora tratan de venderla porque sus pensiones no sobrepasan la categoría del irrespeto?
Intentaste enseñarles a tus cinco hijos a no pedir y hoy apelas -pides- al apoyo de ellos, dispersos por el mundo a causa de que tu ideal de sociedad casi perfecta no los convenció y partieron, cada uno por su cuenta.
A los 14 años fuiste sin pensar detrás de la aventura de la Revolución y a los 17, estremecido, tomaste conciencia de lo que implicaba ese movimiento telúrico en medio del anticomunismo que rondaba; a los 30 nunca tuviste tiempo de pensar en la vejez, tampoco a los 60, tenías mucho por andar y, es cierto, anduviste mucho, hasta que 20 años después el ánimo inició el descenso y , según dijiste, decidiste reseñar este funesto 2026 para las generaciones futuras y a lo mejor –solo tú puedes saberlo–, como forma de evasión.
Cada larga noche sin luna y sin servicio eléctrico te llevan a una retrospección tan ingenua como tú. Evocas, te retuerces y concluyes que esas crónicas que escribes no tendrán valor alguno si en ellas no le das espacio a lo que sienten –y casi siempre ocultan a los demás — tú y otros muchos como tú en esta isla acorralada desde el Norte y desde adentro. Y entonces, solo entonces, abres compuertas y dejas que el alma vuele.


Deja un comentario