Soberanía con dos varas

Félix López/Andalucía

Dos amigos me piden opinión sobre Venezuela y sobre acusaciones que algunos altos funcionarios cubanos han emitido desde La Habana. No esperaré una tercera invitación: hay silencios que son prudencia y otros que terminan pareciéndose demasiado a la complicidad. Esta es una opinión estrictamente personal.

Después del 3 de enero, tras el madrugonazo de las Delta Force de Donald Trump contra Nicolás Maduro, dije de inmediato lo que pensaba del secuestro del presidente venezolano y del sabor amargo que me dejaron sus primeras imágenes. Apareció sonriente y saludó a sus captores con un «Happy New Year», aunque eran las mismas fuerzas que acababan de aniquilar a su guardia personal, entre cuyos muertos había 32 militares cubanos. Mi crítica no gustó en ninguna de las tres orillas. No la retiro: una opinión que solo funciona delante de los convencidos no es una opinión, sino una contraseña.

No volveré sobre un asunto acerca del cual ya hice pública mi posición. Sí entraré, con las mangas remangadas, en las declaraciones de funcionarios cubanos que juzgan a Delcy Rodríguez por su reunión con Donald Trump y por su discurso ante las Naciones Unidas. Todos tienen derecho a opinar y el deber de responder por lo que opinan. Pero cuando habla un representante del Estado, su declaración deja de ser una ocurrencia privada: habla el gobierno, incluso cuando después pretende que solo hablaba el funcionario.

Por eso, cuando un alto funcionario, un cargo político o el representante de un gremio cubano pontifica públicamente sobre Venezuela, solo caben dos posibilidades: habla porque expresa el criterio autorizado de quienes mandan o improvisa por cuenta propia y se arriesga a ese libretazo que, históricamente, en Cuba se paga con el cargo. La espontaneidad política no suele ser una industria nacional.

No pretendo juzgar aquí lo que piensa el Gobierno cubano ni descifrar el entusiasmo de tres o cuatro de sus operadores políticos. Prefiero algo menos fatigoso: abrir la hemeroteca. El 17 de diciembre de 2014, cuando Barack Obama y Raúl Castro anunciaron negociaciones para normalizar las relaciones, yo vivía en Caracas y no recuerdo una sola voz relevante cuestionando la decisión. Tampoco la escuché cuando ambos se estrecharon la mano en la Cumbre de las Américas de Panamá, en abril de 2015; cuando se restablecieron las embajadas en Washington y La Habana, en julio de ese año; ni cuando Obama visitó Cuba y apareció con Raúl en el estadio Latinoamericano, como dos adversarios que habían descubierto, de pronto, las virtudes diplomáticas del béisbol.

Entonces trataba con altos dirigentes venezolanos, colegas de los medios y amigos de casi todas las posturas políticas. No recuerdo a uno solo acusando a Raúl Castro de claudicar ante los verdugos de la Revolución y con el entonces enemigo número uno de Venezuela (recuerdo que por aquellos mismos días Obama lanzó su proclama de que Venezuela era «emergencia nacional» para los Estados Unidos. Nadie juzgo aquel acercamiento con Obama, que ya había empleado la fuerza militar en Libia, Siria, Irak, Pakistán, Yemen, Somalia y Afganistán; y fue el responsable de regularizar los ataques con drones, las operaciones encubiertas y las ejecuciones selectivas. Obama no era Gandhi: también llevaba sangre en las manos, las mismas que estrechó Raúl Castro. Sin embargo, nadie convirtió aquel apretón en una prueba de traición. Mis amigos venezolanos decían: «Ya era hora», «Cuba merece respirar», «Quizás sea el principio del fin del bloqueo». La soberanía cubana merecía comprensión; la venezolana, al parecer, merece un tribunal de comentaristas.

Conozco a Venezuela tanto como a Cuba. Son patrias distintas, unidas por algo que ningún funcionario debería confundir con obediencia: la grandeza de sus pueblos. La historia juzgará a sus dirigentes, pero corresponde a los venezolanos resolver sus problemas y elegir su camino. Venezuela es el país de Simón Bolívar, Guaicaipuro y José Leonardo Chirino; del 19 de abril y el 5 de julio; de los llaneros que atravesaron los Andes; de Carabobo y del Lago de Maracaibo; de la Federación, la Generación del 28 y el 23 de enero de 1958; del Caracazo, del 4 de febrero y del legado de Hugo Chávez. Su libertad nunca le fue regalada: la conquistó una y otra vez y pagó por ella un precio enorme. Precisamente por eso no necesita tutores, ni del Norte ni del Caribe.

Cuba tiene problemas suficientes para que tres o cuatro operadores políticos intenten disimularlos repartiendo certificados de lealtad más allá de sus fronteras. Los dirigentes venezolanos pueden equivocarse, y será el pueblo venezolano quien les exija cuentas. A la historia no se le hace ningún favor tratando a ese pueblo como a un menor de edad. Ocúpense de que funcione lo que depende de ustedes. Díganles a los cubanos las cosas como son. Y cuando sepamos quiénes negociaron, qué negociaron y a cambio de qué con la Administración Trump, apliquen hacia dentro el mismo tribunal moral que hoy administran hacia fuera. De lo contrario, la palabra «traición» puede terminar regresando a casa como un bumerán, sin necesidad de pasaporte.

¡Abajo el bloqueo! Y abajo también la mala costumbre de ver la paja en el ojo ajeno.

(Tomado del Facebook del autor)

Deja un comentario