Manuel Juan Somoza/La Habana
El reclamo de atención llegó en forma de gritos persistentes desde la acera, del otro lado de la cerca perimetral en forma de largas lanzas erguidas que refuerzan la seguridad de nuestra casa.
El ventanal de la sala, hacía donde tuvimos que desplazar el dormitorio a fin de enfrentar los apagones y el calor, estaba abierto sin que entrara brisa alguna, solo el silencio imperante en el barrio esa mañana, que saltó en pedazos por el reclamo de atención.
Y cuando llegué al ventanal, desde la acera, un cubano alto, delgado, sin mucho más de 50 años, según me pareció, me mostró una pierna inflamada que lucía a punto de estallar y me estremeció con su reclamo.
“Amigo, ¿tendrá algo que darme para comer mi madre y yo? Soy diabético, sabe, y estoy jodido”, dijo con la seriedad de los sepulcros y no me detuve a pensar si estaba ante alguna de las trampas que crecen en esta Habana cercada por decisión del Norte y fui en busca de lo que se me ocurrió en aquel instante inesperado:
Dos de las latas de carne enviadas por mi hijo Ariel desde Madrid, donde a finales de los años 70 o al despuntar los 80 del siglo pasado vi un espectáculo parecido, cuyos protagonistas eran un hombre y una mujer, también jóvenes, con dos niños pequeños, pidiendo limosnas para comer, tirados a la entrada de Galerías Preciado o el Corte Inglés, ahora no puedo precisar, hasta que la Guardia Civil cargó con ellos.
–Esta mierda es lo único que puedo darle—comenté de mi lado de la reja.
–La que es una mierda es mi vida. Muchas gracias- respondió el desconocido, guardó las latas en un bolso, me dio la espalada y siguió camino.
No me he guardado esta estampa, dolorosa hasta contarla, porque pudiera dar una idea aproximada del calado de las sanciones impuestas a Cuba desde enero por Donald Trump y Marco Rubio con vistas a tomar el control de la isla, mientras en Miami los dueños de grandes capitales buscan 90 mil millones de dólares que, estiman, costarían los primeros tres años de reconstrucción del país que están destruyendo, apoyándose en la tardanza en iniciar las reformas que pedía a gritos la isla y la cadena de errores cometidos por el gobierno nacional en la última década.
En la tarde del mismo día, recibí en casa a un colega vasco radicado en Estambul, Mikel, quien llegó al país invitado a presentar una investigación sobre la matanza en Gaza –Silvio Rodríguez asegura que en Cuba ocurre algo parecido, pero en silencio– y mientras intentaba responder a su pregunta de “¿por qué se ha llegado a este punto?”, él me contó otra vivencia. La de un artista plástico residente en El Vedado –se reservó el nombre– que cada día hace y comparte almuerzo “con cuatro negrones descamisados”.
No sé hasta dónde llegará el sufrimiento y el aguante de las cubanas y cubanos que viven en la isla. Lo que si sé es que mirar a otra parte o cerrar los ojos, es tan criminal como el ahogo impuesto desde Washington.


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