Una mujer con un bebé pide ayuda en la calle de La Habana.
La inflación, los bajos salarios y las carencias han convertido el pedir en una práctica cada vez más habitual entre los cubanos.
Aurelio Pedroso/La Habana
A la par del verbo “resolver”, tan socorrido e inundado de matices, tal parece que “pedir” disputa ahora mismo la supremacía entre la población y también en las altas esferas gubernamentales que no cesan en pedirnos ecuanimidad, creatividad y esperanza ante una crisis multisectorial que apunta a no tener fin.
Más allá de la tradicional costumbre de ayuda y socorro mutuo en nosotros en la isla, la “pedidera” se ha convertido en regla elemental para sobrevivir o darle solución a un problema porque ya no es sólo solicitarle al vecino un poco de aceite, azúcar, una pinza, dos clavos o un bombillo hasta que salgamos a la calle para comprarlos.
Nada de ello. Cualquier cubano, tenga un elevado nivel profesional u oficio se ha visto obligado de las tantas maneras posibles a pedir. Si se trata de medicamentos o comida, una seria encuesta lo demostraría.
Basta salir a la calle para encontrarse a toda una colección de personas que piden dinero. Lo justifican para adquirir determinada medicina o para enviar esófago abajo algo de comida. Hay de todo y no resulta muy difícil detectar cuándo se trata de una engañifa o que realmente lo necesita.
Desde hace un tiempo, los reclamos callejeros son de cientos de pesos porque así lo exige la galopante inflación con sus bajos e insuficientes salarios, jubilaciones y pensiones. A partir de este miércoles, según Juana Lidia Delgado Portal, ministra-presidenta del Banco Central entrarán en circulación los billetes de 10,000 y 20, 000 pesos cubanos. Afortunado el que pueda tener uno de ellos en la billetera.
Ante este dramático y cierto panorama socio económico que no puede ocultarse ni recibir un brochazo de edulcorante, he pensado varias veces en mi difunto padre que nos educó a mi hermano y a mí en no pedir absolutamente nada de nada.
Y ya de mayorcitos hemos incumplido con él.
De vivir, tal vez hubiera cambiado su parecer y, como decía la abuela matrimoniada con un asturiano:
-Si hay miseria que no se note.
(Tomado de El Boletín)


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