ROSTROS DE UNA TRANSICIÓN EN CURSO

Manuel Juan Somoza/La Habana

En la Cuba que emerge entre el agobio de la mayoría de su gente y las presiones y amenazas de Estados Unidos, el 85 % del renacido sector privado está vinculado al comercio y controla el sensible mercado de alimentos, por lo general, con productos importados vendidos a precios inauditos. “Es como su viviéramos en los Emiratos Árabes”, repiten con sorna los cubanos.

La producción nacional es una necesidad de larga data, otra promesa sin cumplir. Los llamados emprendedores invierten para alcanzar una recuperación rápida y acumular ganancias a costa del consumidor urgido de leche, pan, un trozo de cualquier carne, azúcar , en un país antaño líder en la producción de ese alimento y sal , cuando el salitre se puede tocar con las manos en cualquier costa de la isla.

Y a esa estremecedora realidad está atada la gente. “Si tienes dinero te alimentas, de lo contrario te jodiste”, afirma una conclusión generalizada en los tiempos de ahora, pese a resoluciones, estructuras y llamamientos oficiales en favor de los que compran porque no les queda otro remedio.

Durante más de medio siglo, el Estado asumió ese comercio, también con importaciones, pero vendiendo a precios subvencionados los alimentos básicos, era parte de la concepción cubana del socialismo.

No obstante, en el actual tránsito hacia lo desconocido, con el sector privado en auge, hay excepciones: cubanas y cubanos que han vinculado su suerte al futuro incierto de la Nación, a partir del quehacer privado, sin practicar la especulación.

Jorge Luis es uno de ellos desde la época de los restaurantes de las 12 sillas (años 90), cuando en otra crisis pavorosa por la caída del sostén soviético, se realizaron las primeras reformas a la omnipresente economía estatal, cambios detenidos años después por el apoyo que se derivó del triunfo chavista en Venezuela (petróleo por servicios médicos cubanos). Tras la intervención estadounidense del 3 de enero, el combustible dejó de llegar a la isla, pese a que médicos cubanos siguen su labor allá.

Este cubano cincuentón NO lleva ninguno de los apellidos resonantes en Cuba desde 1959 -los que, al parecer, se reparten el pastel-, ha sufrido en carne propia los zarpazos de la burocracia y, sin embargo, logró establecer un negocio de producción y comercialización de alimentos, incluso con descuentos para mayores de 60 años.

-¿Y cómo estás enfrentando esta terapia de choque a la cubana?, le pregunté.

“Es duro, pero logramos algo”, respondió y narró que debió detener la apertura de otro negocio que comenzó a levantar con un crédito bancario y aprobación del gobierno municipal, e inició gestiones para diversificar su labor en otros sentidos (me mostró incluso un local habilitado), a la luz de las reformas recién aprobadas.

Jorge Luis tampoco tiene claro lo que ocurrirá mañana, pero NO es de los que se sienta a compadecerse, lucha por sus sueños y quizá, sin saberlo, forme parte ya de esa Cuba diferente que va cuajando entre desesperanzas y amenazas, haciendo cada vez más largo el trecho a recorrer por los que menos tienen.

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