Buenas Noticias

Angelica Maria Gonzalez Slovasevich (ilustración de interior de mi libro Ramé, 2025, Ed. Caminos)

Yuliet Teresa /La Habana

La gente necesita buenas noticias. Este país también. Yo las necesito. Usted las necesita.

Hoy llegó una al trabajo. No era una de esas noticias que cambian el curso de las cosas ni que merecen un titular. Era más pequeña: proyectos que siguen en pie, personas queridas que continúan cerca, algo que por un momento parece estar en su sitio. Y, sin embargo, alcanzó.

Hay noticias que no se miden en cifras. Se reconocen en el cuerpo. Una las recibe y respira un poco mejor. Después llegan las otras. Las que hablan de alguien que no tiene qué comer. De una casa donde la comida se ha convertido en cálculo. De una madre que vuelve a hacer cuentas. De alguien que lleva demasiado tiempo cansado. De quienes han visto reducirse sus posibilidades hasta no saber qué hacer con el día siguiente.

Hay mucha gente que amanecen sin encontrar una razón suficiente para levantarse. Personas a las que la vida se les ha ido haciendo demasiado estrecha.

Todo eso cabe en el mismo día.

Por eso desconfío de las buenas noticias cuando se usan para negar las malas. De esa necesidad de encontrar siempre algo luminoso que decir sobre un país que lleva demasiado tiempo acumulando pérdidas. No se trata de adornar la crisis. No se trata de decir que todo estará bien. No está bien.

Hay hambre. Hay cansancio. Hay incertidumbre. Hay personas que se van y otras que se quedan sin saber cuánto más podrán sostener. Hay una vida cotidiana que exige demasiado a demasiada gente.

Durante años hemos escuchado explicaciones, promesas, llamados, cifras. Pero la vida sucede en otro lugar: en las casas, en las colas, en los hospitales, en los refrigeradores, en el bolsillo de quien cuenta el dinero antes de comprar. Sucede en lo que la gente hace cuando ya no puede esperar que alguien venga a resolverle el día.

Quizás por eso las buenas noticias importan. Porque todavía existen. Están en quien comparte lo poco que tiene. En quien llama para saber cómo estás y se queda a escuchar. En quien acompaña a alguien al médico. En quien abre la puerta. En quien sostiene un proyecto cuando sería más fácil abandonarlo. En una comunidad que, con muy poco, consigue que nadie atraviese solo una dificultad.

No son milagros. Son actos. Y eso lo necesitamos recordar: hacer el bien también puede ser una manera de sobrevivir.

No para romantizar la precariedad. No para convertir la resistencia en una obligación. Nadie debería tener que ser fuerte todo el tiempo. Sino para no dejar que la dureza termine decidiendo quiénes somos.

Existe una forma de acostumbrarse al dolor: verlo todos los días hasta que deja de sorprendernos. Hasta que el hambre se vuelve paisaje. Hasta que la tristeza ajena parece parte natural de la vida. Hasta que dejamos de preguntar.

Quizás la tarea sea justamente esa: no acostumbrarnos. Seguir preguntando. Seguir acompañando. Seguir haciendo lo que podamos con lo que tenemos.

Y cuando aparezca una buena noticia, no pedirle que explique el país ni que borre lo que duele. Recibirla. Agradecerla. Compartirla. También necesitamos eso, saber que, incluso aquí, no todo está perdido.

Hoy tuve una buena noticia. Mañana quizá llegue otra mala. Pero mientras tanto estamos aquí. Nos tenemos. Y eso no es poco.

(Tomado del Facebook de la autora)

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