SOBRE FARMEAR AURA (Leer pensando que es algún adolescente conocido)

Yuliet Teresa /La Habana

He visto algunos videos. No sé si eso me vuelve parte del problema o simple testigo, pero ahí estoy, mirando a un muchacho de quince años parado en el medio de un círculo que le grita. No hace nada extraordinario. Ni siquiera es chistoso. Lo que hace es tensar la quijada y clavar la mirada en el vacío con una intensidad que no le compro ni medio segundo. Pero el círculo explota. «Eso, eso es aura», dicen. Y el muchacho sonríe, pero no con los ojos. Con los ojos está en otra parte, buscando la cámara que lo está grabando, asegurándose de que el encuadre le quede bien.

Y yo pienso: ¿qué clase de mundo es este donde tener seguridad —o aparentarla, que es lo mismo en redes— se convierte en una cosecha? Porque de eso se trata el farmeo. De cosechar. De repetir gestos hasta que el rendimiento sea óptimo, hasta que los puntos suban. Los chicos no actúan: performean. Y eso no es un capricho de palabra, es una manera de vivir. Cuando todo lo que haces está pensado pa’ ser visto, pa’ ser juzgado y puntuado, no hay descanso. No hay un momento donde puedas bajar la guardia y ser simplemente un muchacho con miedo, con dudas, con ganas de llorar sin que nadie te esté filmando.

La salud mental de esta generación es un campo minado. Pero no lo digo como «especialista», lo digo como alguien que ve las rajaduras. En las batallas de aura no gana el más auténtico, gana el que mejor actúa. Y actuar to’ el tiempo es agotador. Es el agotamiento del que finge que le importa un carajo cuando, en realidad, cada like le confirma que existe. La paradoja es cruel: mientras más farmean aura, menos la tienen. El aura verdadera no se cosecha, no se acumula, no se exhibe. El aura de verdad es esa que te sale sin querer, que no buscas, que otros ven en ti cuando tú no te estás mirando. Eso, en el modelo de sociedad que hemos levantado, no sirve. El modelo no premia la autenticidad, premia el rendimiento. Y los muchachos, pobrecitos, han aprendido esa lección antes de aprender a amarrarse los zapatos.

Lo más jodido de todo no es la superficialidad. La superficialidad es vieja, viene de antes de la televisión y va a seguir después de TikTok. Lo jodido es que ellos saben que están siendo superficiales y no pueden salir de ahí. Saben que están posando, que están copiando gestos de otros, que nada de lo que hacen es original. Pero no saben cómo bajarse del ring. Porque el ring es la única plaza que tienen. Y en una plaza donde la moneda de cambio es la atención, no hay espacio pa’ la intimidad, no hay espacio pa’ la pausa.

Pienso en alguno que pierde una batalla de aura. No es un perdedor de un jueguito. Es uno que acaba de recibir un mensaje en clave clara: lo que eres no alcanza. Tienes que esforzarte más, tienes que aparentar mejor, tienes que ser otro. Y ese mensaje, repetido mil veces, cincuenta mil veces, termina incrustándose como una astilla en el hueso. Después viene la ansiedad, después viene la depresión, después viene el silencio. O el ruido, que es lo mismo.

No sé si hay salida. Me gustaría ser optimista y decir que esto es una fase, que los muchachos van a crecer y van a reírse de estas batallas ridículas. Pero no estoy tan segura. Esta lógica de farmear, de acumular puntos de visibilidad, no es un juego de muchachos. Es el modelo entero, el que maneja el mundo, el que decide quién llega y quién se queda afuera. Los chicos solo lo están ensayando en la plaza. Los adultos lo hacemos en las oficinas, en las redes. Pero ellos lo hacen sin filtro, sin hipocresía, y eso los vuelve más vulnerables, no más fuertes.

El que ganó la batalla sube el video a su perfil. En dos horas tiene tres mil reproducciones. Está contento. Pero en su casa, cuando apaga el teléfono y se queda a oscuras, no sabe qué hacer con las manos. No sabe quién es cuando nadie lo mira. Y ese es el costo real del farmeo: la pérdida del territorio íntimo. El no saber ya, ni por un segundo, cómo se siente estar solo sin estar mirándose.

(Tomado del Facebook de la autora)

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