Jorge Gómez Barata/La Habana
Un curtido militante marxista, con vastas experiencias políticas y revolucionarias le espetó a otro de perfil más liberal. “No creo en la democracia”. “Entonces, en términos políticos: ¿En qué crees?” “Creo en la revolución”, respondió”.
No sé a cuál revolución te refieres. Todas las conocidas son movimientos políticos trascendentales, convocado contra la opresión y en nombre de la libertad y, con derivas diversas que, al realizarse conducen o se aproximan a la democracia, no necesariamente en el modelo liberal. Recuerdo una afirmación enfática: “La revolución es un camino mientras que la democracia es un destino”.
Las revoluciones sociales, son pocas porque las circunstancias que las generan, raras veces aparecen juntas. Son las llamadas condiciones objetivas y subjetivas y la solvencia de las vanguardias. No hubo ninguna revolución durante la esclavitud en Europa ni en los siglos que duró allí el feudalismo hasta que, en 1789 se desencadenó la de Francia.
Antes, en 1776 fue notable la de Norteamérica que condujo a la fundación de los Estados Unidos, el fenómeno geopolítico más significativo de la era moderna.
La democracia es un resultado de la civilización universal que avanzó primero en Europa y en América, no por factores excepcionales sino debido a la velocidad de los procesos civilizatorios. Se trata de la combinación de soberanía popular, institucionalidad y liderazgo que rige el funcionamiento del estado moderno, el más importante elemento regulador de la actividad política, el más eficaz instrumento de control social del poder y la base de la convivencia social, nacional e internacional.
Por su plasticidad, la democracia fuente de grandes decepciones y de las mayores conquistas, se concierta con todas las culturas, bebe de todas las fuentes, convive con todas las formas de gobierno, es compatible con monarquías y repúblicas y asequible a los liderazgos personales y a la institucionalidad. Puede no ser completa, asimila la provisionalidad y, aunque requiere de la participación popular, necesita de las élites y puede asimilar la abstención.
El progreso político del siglo XX se asoció a la consolidación de las repúblicas en América, al fin de tres imperios autocráticos: otomano, ruso y austro-húngaro, a la derrota del Reich Alemán y al fin del fascismo en su versión estatal y de proyecto de dominación mundial, así como con la descolonización afroasiática. Las revoluciones en Rusia, China y Cuba fueron hitos.
Dada la imposibilidad del ejercicio directo de la democracia, su desempeño es coherente con los procesos electorales, la representatividad, la alternancia, la delegación del poder de las multitudes y las masas en los partidos y los líderes, llamados mandatarios porque ejercen el mandato que el pueblo les entrega y gobiernan en su nombre. La democracia garantiza la legitimidad del poder, aunque no asegura su eficiencia ni probidad y, en consonancia con lo legislado, práctica la revocación.
En consonancia con la experiencia histórica acumulada en los últimos 250 años, la democracia moderna que asume múltiples formas, legítima la rebelión y asimila el precepto de que la revolución es fuente de derecho. Los ambientes democráticos favorecen el progreso general.
Todos los países desarrollados son democracias, excepto aquellos en los cuales la provisionalidad, ejercida en nombre de la revolución y las peculiaridades nacionales, se prolonga y la transición a la democracia política se ralentiza, sin nunca suprimirse completamente, ni dejar de constituir una aspiración legítima y reconocida.
Ni siquiera los líderes y gobernantes más autoritarios desconocen completamente la funcionalidad de la democracia. Hay elecciones y parlamentos en casi todos ellos y, aunque a veces con métodos y manipulaciones repudiables, incluidos la exclusividad, el monopolio y la violencia, no cierran completamente el paso a expresiones de democracia, ni rechazan su pertinencia.
En América Latina donde la debilidad de las instituciones es proverbial y la democracia es todavía frágil, el autoritarismo que puede ser de derecha o izquierda y que, a veces aparece mezclado con el populismo, también zurdo o diestro, no siempre es impopular y en circunstancias específicas, en períodos razonables, cuando se acompaña de liderazgos carismáticos legítimos, ejercidos con alguna mesura y sentido del momento histórico, son aceptables.
En América Latina abundan los casos de líderes populares que dan fe del papel positivo que en circunstancias históricas específicas y breves momentos, han desempeñado expresiones de autoritarismo populista que, ejercidos con sentido de la justicia social, sin vulnerar derechos humanos, son asimilados por sociedades en transición en cuya construcción los liderazgos personales, respaldados por instituciones cooptadas resultan pertinentes.
Los países, pueblos y estados que poseen instituciones más antiguas, donde la oposición política se ejerce responsablemente y sin riesgos; los que durante más tiempo han vivido al amparo de la democracia y disfrutado de sus libertades y derechos¸ entre otros, prensa, sindicatos y sociedades civiles independientes; donde la fe ocupa con dignidad y solvencia sus espacios, y la separación de poderes es una regla, están mejor preparados para el mundo que empujado por la civilización global se abre paso.
Privar a algunos pueblos del derecho a elegir libremente sus caminos y labrar su destino, como ocurre hoy con los palestinos contra los cuales se comenten crímenes de lesa humanidad es una feroz afrenta a la democracia.
Creer o no en la democracia desde la individualidad es ejercer un derecho que ella consagra; mientras aprovechar posiciones de poder para denostarla o desacreditarla, conduce a conculcar derechos y paralizar el desarrollo. Vivir en democracia no es un placer, sino ejercer un derecho humano. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto!)
La revolución es un camino. La democracia un destino


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