Manuel Juan Somoza /La Habana
Cuarenta horas consecutivas sin luz eléctrica y sin agua en los grifos (las plantas bombean a un cuatro de su capacidad) por una rotura deja su marca en los mortales simples, y yo soy uno de ellos. Cuarenta horas que se suman a la práctica de 4 x 20, lo que se traduce en cuatro horas con corriente y el resto en negro.
E inevitablemente, cuando eso ocurre -cada maldito día- mi rabia inicial tiene dos nombres: Donald Trump y Marco Rubio por sus presiones para forzar un cambio de régimen. Debido a ello, desde enero Cuba no puede importar petróleo, genera electricidad con combustible propio e insuficiente y no puede disponer de mil 400 megawatts (casi la generación diaria) a falta de diésel y fuel oil.
Y a partir de esa primera e invariable invocación, el encabronamiento se expande en todas direcciones y casi nadie queda afuera, ni los políticos de cualquier rango de este lado, ni los encargados de administrar los apagones.
Que si funcionarios de la empresa eléctrica están vendiendo por debajo de la mesa horas de corriente, que si a Juanita hace cuatro días que no le quitan la luz, mientras a nosotros “nos llevan con la de palo”, que si Pancho es un privilegiado porque ha llenado su techo con paneles solares, que si esto o que si aquello.
Hay madres que salen a las calles con sus hijos en protesta porque llevan un montón de días sin agua y sin luz, eso le gritan a las autoridades y algunas veces reaparece la corriente por un rato. Cuentan también quienes desde lejos -con las aguas del golfo por medio- llaman “carneros” a los de la isla por no sublevarse contra el gobierno.
Hubo años en que eso ocurrió con grupos de alzados en armas en los campos y bombazos en las ciudades, siempre con apoyo de la CIA, y hubo muertos en combate o fusilados. Sin embargo, el tiempo pasó, los actores envejecieron perdedores y sus retoños han optado por preservar sus vidas, dejándole la tarea a Estados Unidos.
Nadie me lo contó, lo viví en los años 60 y 70 del siglo pasado, desde las mismas convicciones con las que registro ahora la nueva rutina de la mayoría de las cubanas y cubanos que quedamos en la isla. Moverse a tientas cada noche-madrugada y mal dormir entre vapores y mosquitos exaspera hasta al rey de los inconmovibles.
Y cuando eso ocurre, por lo general, los razonamientos certeros se van al carajo o se confunden entre la mescolanza de sensaciones que originan las tensiones.
No obstante, y pese a ello, hay quienes tienen la capacidad de recobrarse. Desconozco si son pocos o muchos, aunque sé de unos cuantos, y cuando los observo sacando fuerzas no sé de dónde a fin de resistir el asedio y recomenzar la pelea, acudo a mi oficio con vistas a contarle a ustedes, que pueden seguir sin luz a esta ahora, o a aquellos que distantes se sienten comprometidos con la suerte del país en que nacieron y aún los acompaña.


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