Furgón de servicios necrológicos en La Habana, reflejando la realidad del insomnio en Cuba.
Entre novedades literarias, noches de insomnio y guiños a García Márquez, una mirada irónica a la realidad cubana y a una vida cotidiana en la que dormir se ha convertido casi en un lujo.
Aurelio Pedroso /La Habana
Así de sencillo, pero complejo desde el punto de vista práctico y hasta filosófico, solía repetir mi amigo de la infancia el escritor, poeta y dramaturgo Reinaldo Montero con una extensa obra que raya en lo innumerable.
Tal parece que duerme poco, que cumple con lo que sugiere. Sus sorpresas editoriales son frecuentes.
En estos días amargos y oscuros de la pasada Feria Internacional del Libro, dedicada curiosamente a Rusia, desde donde ya no llega ni medio litro de petróleo, junto a mi colega Manuel Somoza con su novela Conmoción en la Catedral, Ruth Casa Editorial, Reinaldo estará presentado Sensaciones, Letras Cubanas, que por su estilo habrá que leer despacio y atento a cada frase.
Otro buen amigo y compañero de profesión, Julio Antonio Martí Lambert, también ha ocupado mesa en la presentación de su nueva entrega, Arreos para un jinete. Julio me enaltece cuando en el prólogo menciona que la novela fue consecuencia de una conversación que sostuvimos hace años y me hace cómplice. Habrá que leerla.
Dormimos poco en Cuba y no precisamente para regalarle horas a la parca. Como en el Macondo de Cien años de soledad, la fiebre del insomnio ha cubierto toda la isla. Poco falta que junto al no poder conciliar el sueño llegue también el olvidarnos el nombre de las cosas y para qué se utilizan.
Para nada real maravilloso que a alguien se le ocurra poner carteles en una parada de ómnibus informando al viandante que “aquí se detenían las guaguas, que se empleaban para trasladar a las personas”.
O, como aparece en Cien años de soledad, cuando se identifica lo que es una vaca que nos ofrece algo llamado leche.
No, no les regalaremos horas a la muerte. Ella nos pasa factura aún sin poder dormir y no por voluntad propia. Bien caros que debemos vendernos. Mucho más que los huevos y el aceite…
(Tomado de El Boletín)


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