En ‘La luciérnaga y la serpiente’, exposición de Fernando Rodríguez, en el Estudio de René Francisco Copiloto, de izq. a der.: Laura Lis, Fernando Rodríguez, Dagoberto Rodríguez, Raúl Cordero, Carlos Garaicoa, Miki Leal, René Francisco Rodríguez, Alexander Arrechea y Patrick Hamilton. Madrid, febrero de 2025. Cortesía de René Francisco Rodríguez
‘En los espacios y galerías habitadas por cubanos se respira un aire de fluida comunicación, muy favorable para la creación artística”.
Magaly Espinosa/Barcelona
En la historia reciente del arte cubano «las arrancadas en falso» a las que alguna vez se ha referido Antonio Eligio Fernández, Tonel, relacionadas con su inserción en el plano del mercado del arte o del arte en las instituciones, a nivel internacional, requerirían de una investigación que nos llevara a comprender cómo este ha sobrevivido fuera de las fronteras de la nación. Tonel pone como ejemplo de estas arrancadas la compra de arte cubano, realizada por el coleccionista de arte Peter Ludwig, en el año 1990, vinculada con la exposición Cuba O.K. En la actualidad, la diversidad de países en los que los artistas cubanos viven y crean hace esta tarea difícil; no obstante, uno de los factores que nos acercaría a una posible respuesta, es la medida y la forma en la que ellos mantienen sus poéticas, estilos y formas creativas y qué significado tienen en la validación de un arte vivo y activo como el cubano.
El movimiento, conocido como Nuevo Arte Cubano, surgido en los años 80, no tenía ni programa ni manifiesto, y sin embargo, mantuvo la cualidad de ser un movimiento. Un rasgo esencial de los movimientos, también nombrado corrientes, es su ubicación territorial, así como sus búsquedas formales y de contenido y sus inclinaciones ideológicas.
A finales de los años 80 se produjo una fuerte emigración fundamentalmente hacia la ciudad de México de las principales figuras que sobresalían en el contexto nacional. Esto llevó a que se pensara la posibilidad de que este movimiento desaparecería, pero a contrapelo del pronóstico, los años sucesivos fueron escenario de un resurgir del arte en el que el happening, la performance, las instalaciones y el videoarte, ocuparon el papel protagónico de la renovación estética que lo distinguió.
En Cuba, los artistas tenían en común una serie de intereses y de condiciones socioculturales que los identificaban. El arraigo en la Isla les creaba esas condiciones: un sistema educacional por el que cursaron un gran número de ellos, que comenzaba en la enseñanza elemental y llegaba hasta la universitaria; un sistema de galerías estatales y alternativas; eventos, entre los que se destacaba la Bienal de La Habana; revistas y diversas publicaciones a través de las cuales se ejercía la crítica de arte, con sus alzas y sus bajas y de disciplinas afines a la creación artística. Este entramado institucional y formativo no solo facilitaba la producción, sino que también configuraba un horizonte de sentido compartido.
Durante los años 80, la crítica definió tres líneas creativas que unían al arte en el proceso de búsquedas estéticas: la vernácula-kitsch, la antropológico-religiosa y la sociológica-crítica. Los artistas, reproductores de contenidos tomados de su entorno, eran al mismo tiempo portadores de ese entorno, ello les daba esa cualidad como uno de sus apoyos más poderosos: incorporar a las obras problemas o circunstancias, que transitaban entre lo político y lo social, con la habilidad de quienes han vivido muchos de los relatos y las descripciones que las obras presentaban.
Utilizando procedimientos constructivos posmodernos, validando la cultura popular y ejerciendo la crítica social, el arte cubano se ha destacado por los temas y procesos estéticos vinculados, como señalábamos, a las vivencias personales de los propios artistas. Desde obras del valor de Galería I-MEIL, del artista Lázaro Saavedra, la labor realizada en el espacio Aglutinador, bajo la dirección de la creadora Sandra Ceballos, hasta las performances de Tania Bruguera, se puede trazar un itinerario en el que lo ideológico y lo cultural se dan la mano, para que el pase de uno a otro facilite un acercamiento a las peculiaridades más sobresalientes que ayuden a comprender, a pesar de los años transcurridos, el valor de la comunidad que los aglutina.
¿Qué características estéticas e ideológicas se han mantenido como una constante en el contexto del arte cubano que permiten continuar pensando en este como un movimiento, teniendo en cuenta que ello ocurre como afirmábamos al principio, en medida considerable, fuera de las fronteras de la nación?
Responder a esta pregunta era posible hasta la primera década de este siglo; en el presente, es difícil una respuesta en el sentido afirmativo o negativo, por la manera acelerada, en la que se ha producido la emigración de artistas hacia otros países. La ausencia de estadísticas o datos sociológicos, limita la posibilidad de un análisis riguroso. No obstante, es evidente que ciudades como Miami y Madrid, se han constituido en núcleos relevantes para el arte cubano contemporáneo.
En estos contextos se han dado cita, tanto creadores con una poética definida, como jóvenes en busca de su propia línea de creación y en ello los ingredientes estéticos, sociales y culturales, que intervinieron e intervienen en la creación, se enfrentan a un conjunto de factores determinados por la política curatorial, los intereses de marchantes y coleccionistas de arte, así como las propias estrategias de subsistencia que condicionan y, en no pocos casos, tensionan la continuidad o transformación de sus prácticas.
En 2002 el crítico y curador Kevin Power escribió un texto esclarecedor sobre el itinerario del arte cubano de las décadas que hemos mencionado, en él expresaba: «Los 80 se meten en los 90 incluso si los artistas no lo hacen». Hay dialécticas en los procesos internos del arte cuya evidencia exige un tiempo de maduración para comprender su certeza, en el presente, y bajo condiciones radicalmente distintas, dicha idea adquiere renovada vigencia: la persistencia de lo vernáculo y lo político, esa reflexión de entrar una década en otra de forma sucesiva, continúan operando como marca estructural, como un sedimento activo que permite reconocer un «sello» de lo cubano más allá de las transformaciones contextuales.
No se trata de encontrar esa evidencia a toda costa, sino de situarnos en un presente de alta confrontación en las escalas y matices de la vida social. El desplazamiento del creador respecto a su territorio de origen implica, por una parte, una pérdida del anclaje inmediato, pero, por otra, abre la posibilidad de una reconfiguración productiva: la inserción en contextos socioculturales moviliza nuevas capacidades y respuestas que se integran no sin fricción, a su experiencia artística. El artista se aleja de su territorio natural, pero a cambio, en un sentido positivo, se nutre de contextos formados por parámetros socioculturales diferentes al suyo y esto le permite movilizar capacidades, dar respuestas que se integrarán a su propia labor, lo que obliga a reconsiderar las vías y formas, por medio de las cuales ocurre la dialéctica entre la continuidad y la ruptura.
Artistas cubanos en Madrid
Los focos más sólidos en cuanto a la presencia del arte cubano en España, se sitúan mayormente en Madrid, sin desconocer comunidades de artistas en ciudades como Barcelona y Valencia. En el barrio de Carabanchel, al suroeste de la ciudad, identificado por la prensa como el Soho de Madrid, se encuentran el proyecto Copiloto, uno de los más activos, relacionado con el creador René Francisco Rodríguez, el espacio del artista Carlos Garaicoa y varias galerías compartidas por diversos creadores.
Por otra parte, un colectivo de creadores ha ido en aumento en los últimos años en la localidad de El Escorial, a su vez, deben mencionarse la galería de reciente ubicación en la ciudad, El Apartamento, así como los estudios dispersos por ella y sus alrededores, de los artistas: Jesús Hdez-Güero, Felipe Alarcón, Yuniel Delgado y Maykel Sotomayor, entre otros.
El en el marco de la feria de ARCOmadrid, del año 2023, Carlos Garaicoa, organizó en su estudio en Carabanchel, una exposición que funcionó como punto de convergencia para buena parte de los creadores residentes en la ciudad. La percepción «esto parece la Bienal de La Habana» de aquel encuentro no es un dato anecdótico, sino un indicio de la persistencia de formas de sociabilidad artística que intentan reproducir, en condiciones desplazadas, el sentido de comunidad perdida.
En el mismo barrio conviven en un estudio, los artistas que integraban en Cuba el proyecto Balada Tropical. En este, como en el resto de los espacios y galerías habitadas por cubanos, se respira un aire de fluida comunicación, muy favorable para la creación artística.
En la edición de este año de la feria, acontecieron varias muestras, que como en la ocasión comentada servían de cita a los artistas cubanos. Así sucedió con la concurrida exposición de Alexander Arrechea, Esquinas, en el showroom de MINIM, integrada por once obras y un tapiz. El artista, partiendo de fotos tomadas en La Habana, elabora imágenes de máscaras en las que las esquinas se esconden y emergen creando ingeniosas conjeturas que se convierten en obras animadas de texturas y colores, continuando así esa rica tradición vernácula que ha marcado al arte cubano.
Especialmente sugestiva fue la exposición personal del artista Eduardo Ponjuan Apertura Ruy López, en la galería El Apartamento, en pleno centro de la ciudad. En el texto curatorial Sandra Sosa apuntaba que la relación entre arte y juego «sirve de excusa para mostrar una relación entre el combate mental inherente al ajedrez, y la pugna de ideas estéticas y conflictos de intereses que rigen en el mundo artístico, con su consecuencia explícita de ganar o perder», explicitando así una dimensión autorreflexiva que desborda lo formal.
En el stand que ocupaba dicha galería en la feria antes nombrada, estuvieron participando José Bedia, Roberto Diago, Lázaro Saavedra, Juan C. Alom, Reynier Leyva Novo, Arianna Contino y Alex Hernández, junto a otros. Señalo estos nombres dentro de un amplio grupo de creadores, porque entre ellos se dibuja de forma diferente en el sentido temporal, esa línea generacional que ayuda a ubicar y comprender las características estilísticas y de contenido que a cada uno lo identifican como parte del conjunto. En la obra de Bedia —Changó le quita sus perros a Oggún (2026)— se prolonga el tratamiento de símbolos y contenidos religiosos de la santería cubana; mientras que la pieza conceptual de Lázaro Saavedra —Epitafios (2025)— deleita en grandes lienzos frases muy propias de su lenguaje visual, una mezcla del saber del arte con el popular.
El Apartamento se caracteriza por ser un proyecto que ha sabido aunar la vertiente conceptual, la crítica y la apropiacionista, a través de creadores experimentados, junto a otros más jóvenes. En este sentido, se pueden recordar las excelentes muestras exhibidas en su espacio en La Habana, de los artistas Fidel García, Alejandro González, Rocío García, Yornel Martínez y Ezequiel Suárez, para apreciar la diversidad de estilos, géneros y temáticas que en ella estuvieron representados.
En el marco temporal de la feria se ofreció la performance El cuarto pliegue, en la sala Siroco, de los creadores Jorge Pablo Lima y Juan Miguel Pozo, basado en poemas del primero y con la ambientación sonora del segundo.
En el espacio abierto para la feria de la Colección Vergez y la Colección Ella Fontanals-Cisneros se pudo disfrutar de los fondos de arte cubano que atesoran estas fundaciones, y con ello se completaba la información que el público interesado en el arte cubano podía recibir.
En sentido general, la presencia del arte cubano en el marco de dicha feria, fue diversa y resumía en medida considerable, en qué factores radica su valor, su actualidad y las ingeniosas vías para deslizarse entre intereses sociales y personales y aquellos que emergen del medio en el que se insertan. Sobre ello cito la valiosa reflexión de Diego Santana: «En este mapa amplio y a veces disperso, los cubanos vuelven a tomar presencia notable… desplegando proyectos que abordan cuestiones como la memoria, el lenguaje, el territorio o la identidad. Sus obras aparecen tanto en la feria principal, como en eventos paralelos, revelando la diversidad y vitalidad de una escena que se mueve entre la Isla, Europa y la diáspora».
Una de las recientes exposiciones colectivas efectuadas en Madrid, ha sido Ventas quemadas, en la Galería Nicolás Morales, en la que participaron ocho creadores. En la información entregada al público, el artista Pablo Lima señala: «Lo que nos interesa, no es tanto que es una exhibición colectiva, no es una coherencia general, sino la producción de transiciones, de paréntesis discursivos». Esta perspectiva es valiosa porque refiere la producción artística a sus sentidos analíticos y a sus intereses formales, ayudando a no encasillar al arte solo en los elementos sobre los que he insistido, vinculados a lo vernáculo y lo político, pues el proceso conceptual ocupa un lugar esencial en la creación artística del presente, sin que ello desplace o ignore los valores del activismo y los nuevos comportamientos, a los que hice alusión anteriormente.
Las obras de contenido político generalmente implican una argumentación compleja, por la naturaleza de la política o lo político, vistos de acuerdo con las condiciones que los rodeen, se puede hacer referencia al tema de forma directa o incluso a través de la apropiación artística. La pieza de William Osorio El rostro de Leviatán (2021) es una oportunidad para entender este procedimiento; en ella el artista hace referencia al Guernica de Picasso, recreando la disposición de los personajes de la obra original a partir del hecho de la detención del rapero Maykel Osorbo por la Policía cubana.
Entre las obras que pudieran citarse relacionadas con esta temática me detendré en la serie El síndrome de Proteus, del artista Jesús Hdez-Güero, en la que aprovechando el montaje de rostros diferentes personalidades políticas, compone una aparente nueva personalidad, haciendo alusión a cómo se repiten patrones y valoraciones políticas similares, que facilitan el propio intercambio de rostros y expresiones.
Muy relacionado con esta perspectiva de lo artístico se encuentra el creador y activista Luis Manuel Otero Alcántara, cuya obra la atiende el estudio que lleva su nombre, como explica la curadora e historiadora del arte Yanelys Nuñez, desde él se ha coordinado la reactivación de la acción performática Welcome to Yuma (Miss Bienal) realizada para la 43 edición de ARCOmadrid, por el artista queer Nonardo Perea, también entre otras acciones, se han situado esculturas en la exposición Las Mieles (2023) y se presentó en la librería Arenales la obra Campesinos felices (1938-2025) de la serie Apolíticos.
En el plano estético referido a estilos y poéticas, se pueden citar artistas de la valía de Fernando Rodríguez Falcón, Raychel Carrión, Lester Álvarez, Hamlet Lavastida, Dania González, Regis Soler y Leandro Feal, en sintonía con las condiciones sociales y las exigencias estéticas de los creadores mencionados a lo largo del texto.
Diversas preguntas pueden surgir del breve recorrido realizado, deseando que se haga posible apreciar algunas de las características más descollantes del arte cubano en tierra española, que han tomado presencia en la diversidad de galerías y de espacios independientes, las muestras colectivas y personales. Se escapan nombres y referencias, acontecimientos y encuentros, pues en este artículo no me propongo un estudio minucioso del mundo del arte cubano en España, solo pretendo llamar la atención sobre una dinámica estética, reflexiones ideológicas y experiencias de vida, que en su conjunto, encuentran el camino de su evidencia en el arte.
En consecuencia, este panorama obliga a replantear críticamente la noción de continuidad en el arte cubano contemporáneo. Más que una persistencia lineal de rasgos formales o temáticos, lo que se advierte es una serie de desplazamientos en los que lo político, lo vernáculo, y lo vivencial se rearticulan bajo nuevas condiciones de producción, circulación y legitimación. La diáspora no constituye, en este sentido, un simple cambio de escenario, sino un campo de tensiones donde se negocian, no sin contradicciones, las formas de inscripción del arte cubano en el sistema internacional.
Si algo permanece entre los artistas cubanos es su pasión por el arte, por la experimentación, las vías de comunicación que se activan con cada muestra, el ambiente camaraderil y la belleza que emanan de los rostros jóvenes, de aquellos que fueron sus maestros y que los encuentros han exaltado como modelos a tener presente. Son puntos a favor para la felicidad que brinda el buen arte, un ánimo ante un futuro incierto al que no podrán vencer las adversas circunstancias del presente.
(Tomado de DDC)


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