Basura.

Yuliet Teresa /La Habana

Por todas partes. Por dentro, esta isla es un vertedero; por los bordes, también. Esta semana fui a la playa. Las de La Habana del Este, esas que fueron vitrina de postal, ahora son un muladar con ola. No exagero: la arena no es limpia, aplasta. Latas, plásticos, restos de una civilización que se fue de vacaciones y nunca volvió.

Tres razones creo tener para entender esta podredumbre.

Primera: la cultura del escombro.

No hay cívica que valga. El cubano tira porque tirar es el gesto que nos define: la lata al suelo, el envase al mar, la bolsa al monte. El mar no produce latas, las producimos nosotros. Y ya no es descuido, es costumbre. Existir se ha vuelto sinónimo de ensuciar. Se tira en la playa, se tira en la esquina, se tira en la puerta de la casa —da igual. El entorno habitable es una pocilga y la pocilga, nuestra única obra colectiva.

Segunda: el Estado ausente.

Pero no me vengan con el cuento de que esto es solo culpa del individuo. Fui, miré, caminé. ¿Un cesto? Cero. ¿Una bolsa para depositar? Ni una. El gobierno no pone ni un recipiente, ni una señal, ni un «algo». La playa está abandonada por todos: por el que llega y por el que debe cuidar. Esa es la playa que nos merecemos: sucia, lejana, huérfana de mano pública.

Tercera: la desidia.

Y aquí llega lo más hondo: ya nada importa. O eso parece. Ya nada es como antes, ni como quisiéramos. Vas a un lugar y todo está mal; vas a otro y nada sirve; haces una gestión y te rompes la vida; buscas lo elemental y está caro o perdido. Y si buscas un país, no lo encuentras, porque se escurre por las baldosas de un piso que no es tuyo, de una tierra que no es tuya, de un suelo que no reclamas. La isla empieza a ser de nadie. De pocos. De unos pocos que deciden mientras el resto mira la espuma sucia.

La playa llena de basura no es un accidente. Es un síntoma. El signo más visible de lo mal que andamos, de lo podrido que tenemos el alma y el territorio.

Pero yo me niego. Como le leí a un amigo: «yo me niego». Y me resisto. No a la basura —que también—, sino a normalizarla. No a la suciedad, sino a que nos acostumbremos. No al abandono, sino a que nos parezca natural.

Porque si la playa es un vertedero, ¿qué somos nosotros sino los desechos de nuestra propia indiferencia?

Me resisto. Y escribo para no reventar. Este país es un basurero. Lástima por todos.

(Tomado del Facebook de Yuliet Teresa)

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