Una pregunta incómoda en el centenario de Fidel

Félix López/Andalucía

La foto pertenece a las últimas horas de 2005. La hizo Richard Velázquez, uno de aquellos jóvenes que asistían a Fidel Castro mientras aprendían, casi al pie del volcán, el arte de la política, del trabajo y de las conspiraciones. Desde entonces, cada vez que rescato y publico esta imagen, el algoritmo se descompone y sobreviene una breve limpieza entre supuestos amigos de las redes sociales. Son más, lo reconozco, quienes se asoman con curiosidad para saber qué hacía yo allí, de qué se habló, por qué visto de verde olivo, o por qué todavía me resisto a creer que Fidel sea el diablo que algunos venden ni el único responsable de nuestras desgracias. Pero nunca faltan los ex —pioneros que juraron ser como el Che, cederistas, federadas, comunistas y neodisidentes— ahora elevados a exiliados ilustres en Miami o Madrid, que saltan a la yugular, cuestionan, ofenden y maldicen. Gracias a esta foto me he ido librando, uno a uno, de todos ellos.

Pero ahora no vengo a hacer limpieza, así que aprovechen y vengan a por mí. Hoy, 13 de agosto de 2026, en el centenario de Fidel Castro, prefiero imaginar la pregunta que acaso ronda todavía a aquel grupo de colaboradores —incluido quien tomó la foto que acompaña esta nota—: qué habría hecho Fidel, y qué habrían hecho ellos mismos, ante las circunstancias en que hoy malvive Cuba. En marzo de 2009, después de una purga meticulosa, desaparecieron del escenario político, económico y social de la isla, uno tras otro, los rostros más cercanos y reconocibles del entorno de Fidel Castro. No hubo juicio, lo que quiere decir que no hubo delitos; pero fueron destituidos por su «conducta indigna», por exceso de ambiciones políticas y por haberse quedado atrapados en «las mieles del poder».

Raúl Castro, que llevaba apenas un año en la presidencia, cortó de raíz cualquier posibilidad de relevo generacional y se rodeó de sus hombres de máxima confianza en las Fuerzas Armadas: generales y técnicos. Muchos creímos entonces que vendrían cambios importantes, porque si algo se elogiaba del General era su pragmatismo y aquella supuesta eficiencia económica, rentabilidad y disciplina financiera que había impuesto en el ejército bajo el nombre, tan seco como burocrático, de «perfeccionamiento empresarial». Pero, una vez más, tenía razón José Martí cuando le advirtió a Máximo Gómez en 1884: «Un pueblo no se manda, General, como se manda un campamento». Pasaron 17 años y los intentos de reformas, «sin prisa, pero sin pausa», naufragaron una y otra vez, hasta demostrar que los hombres del General —y el General mismo— no estaban preparados para superar la sombra del Comandante.

Sería injusto escribir estas líneas sin mirar la condición geopolítica que pesa sobre Cuba desde mucho antes de su primera república, nacida el 20 de mayo de 1902. Los gobiernos de Estados Unidos siempre han mirado la isla como una pertenencia extraviada, y ese malentendido ha marcado la vida de un pequeño país que no amenaza a nadie. Fidel pudo sostenerles el pulso a diez presidentes estadounidenses, de Eisenhower a Bush, y aún estaba vivo, escribiendo sus reflexiones, cuando su hermano Raúl apostó por el deshielo con Barack Obama. Lo recuerdo porque el diferendo y el bloqueo siempre estuvieron ahí, como una intemperie fija, pero se han vuelto más crudos en la medida en que el contrincante sabe que ya no está Fidel, que sus sucesores carecen de su capital político y que el consenso social se ha resquebrajado. A la era del raulismo, que todavía no termina, le ha tocado lidiar dos veces con un Donald Trump —mezcla de lobo, hiena y tiburón— capaz de oler a distancia la más mínima debilidad de su adversario. Y sí: la lentitud de los cambios, los tecnócratas mal elegidos y la emigración de los jóvenes que huyen de la pobreza han sido leídos como señales de fragilidad y decaimiento.

En Cuba se recuerda el centenario con la celebración del I Coloquio Internacional «Fidel, legado y futuro», donde se habla de su pensamiento anticolonial y antiimperialista, de la solidaridad y el internacionalismo, y de la vigencia del socialismo justo en un país donde el socialismo parece haber sido pulverizado. No quiero ser yo quien les agüe la fiesta, pero si algo pudiera honrar a Fidel en su cumpleaños 100 sería rendir homenaje al pueblo que lo siguió desde que eligió la lucha armada para deshacerse de Batista y lo acompañó durante más de medio siglo. A diferencia de otras profesiones, los periodistas y los historiadores rendimos culto a las hemerotecas, porque en ellas quedan inscritos nuestros errores y nuestros aciertos. El periodismo, algunas veces, apenas alcanza a trazar el primer borrador de la historia. Por eso creo prudente señalar que, en el centenario de Fidel, todavía persisten en Cuba síntomas de nepotismo, conductas indignas y personajes ahogados en las mieles del poder. Tal vez la pregunta más incómoda del centenario no sea qué queda de Fidel, sino qué queda de aquel pueblo al que se le pidió resistirlo todo en nombre del futuro.

(Tomado del Facebook del autor)

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