¿Hacia dónde vamos en Cuba? Tres posibles escenarios

Ilustracion OC

La salida será el resultado de la interacción entre actores que se disputan el sentido del futuro sin garantías de éxito.

Por Ariel Dacal Díaz/La Habana

Cuba se encuentra en una encrucijada histórica. El deterioro social acumulado —crisis energética, inflación desbordada, emigración masiva, desgaste de las subjetividades— ha puesto en cuestión no solo la sostenibilidad del modelo económico, sino la propia capacidad del sistema político para renovarse y mantener su legitimidad. 

El bloqueo económico de Estados Unidos no es un factor externo menor; es una condición estructural que encarece cada decisión, limita los márgenes de maniobra y actúa como un arma política que el gobierno utiliza para explicar la crisis y la oposición para demostrar la inviabilidad del modelo.

La pregunta que atraviesa el presente es política. ¿Hacia dónde vamos? ¿Es posible una apertura democrática desde dentro del socialismo? ¿El bloqueo hace inviable cualquier cambio significativo? ¿Qué actores tienen realmente capacidad de dirimir el conflicto que se avecina? 

Esta reflexión explora (especula) sobre tres escenarios posibles —continuidad controlada, apertura democrática participativa y crisis con fractura del consenso— no como compartimentos estancos, sino como horizontes que se entrecruzan y se contradicen.

Como primer escenario, se apunta a una continuidad controlada con reformas graduales. 

El sistema mantiene su estructura centralizada y el monopolio del Partido, pero implementa ajustes económicos y sociales para aliviar el deterioro sin modificar el núcleo del poder. 

Se amplían los espacios para mipymes y cooperativas, se permite cierta crítica controlada y se busca una estabilidad precaria. 

La participación sigue siendo formal, con mecanismos de diálogo acotados y sin poder vinculante. Las Asambleas del Poder Popular operan como sala de refrendos expeditos, y la población percibe que su voz no incide en las decisiones, canalizando su desafección hacia la emigración o el repliegue a la esfera privada. 

¿Hasta dónde puede llegar la reforma económica sin desatar demandas políticas que el sistema no puede procesar? ¿El bloqueo hace que cualquier reforma sea insuficiente, generando frustración en lugar de alivio? ¿Puede el Estado sostener la ficción de la participación? 

Un segundo escenario apunta a la apertura democrática participativa. Este es el horizonte deseable para los movimientos sociales críticos y sectores progresistas de la intelectualidad y la sociedad civil en la isla. 

Implica una transformación cualitativa del modelo político, con mecanismos de democracia participativa que otorgan poder a las comunidades y colectivos laborales. 

Se institucionaliza el diálogo entre Estado y sociedad civil en consejos vinculantes, con presupuestos participativos, cogestión obrera y fiscalización ciudadana. 

Las agendas de justicia social se integran como ejes transversales de todas las políticas, con reparación histórica, cuotas paritarias, educación antirracista y socialización de cuidados. 

La ecología se convierte en prioridad estratégica: transición energética justa con fuentes renovables descentralizadas, soberanía alimentaria basada en agroecología campesina, y protección del patrimonio natural frente a proyectos extractivistas.

Pero ¿quién en el Estado estaría dispuesto a ceder poder real a la sociedad civil? ¿El bloqueo hace que la apertura sea vista como una concesión al enemigo, deslegitimándola ante los sectores más duros del Partido? ¿Tiene la sociedad civil cubana la fuerza organizativa para sostener una apertura sin ser cooptada o desbordada? 

¿Pueden los movimientos sociales articular un proyecto alternativo creíble o se diluirán en tensiones internas y presión estatal? ¿Puede una transición democrática ocurrir sin que el bloqueo se intensifique? 

La población, agotada por la crisis, ¿tiene energía política para involucrarse en procesos participativos exigentes?

Como tercer escenario, se apunta a una profundización del deterioro social y económico, más allá de los límites de tolerancia, el sistema no logra canalizar el descontento, y se produce una fractura del consenso básico. 

Protestas masivas, represión, polarización extrema, posible intervención externa o ruptura institucional. 

La participación se vuelve conflictiva: los canales formales colapsan, la ciudadanía recurre a protestas espontáneas y el Estado enfrenta con una mezcla de diálogo forzado y represión. 

La emigración se convierte en la única vía de escape para millones, vaciando comunidades y generando dependencia estructural de remesas. 

Las agendas de justicia quedan subsumidas por la supervivencia, y los discursos conservadores ganan terreno apelando al “orden”. 

¿Qué gatillo puede desencadenar el colapso? ¿Un apagón prolongado? ¿Una crisis alimentaria aguda? ¿Un evento represivo que cruce umbrales de tolerancia? 

¿El bloqueo es el principal factor de riesgo o el chivo expiatorio que oculta problemas estructurales más profundos? 

¿Quién gana en una fractura? ¿Los radicales de ambos lados, el sector privado emergente? 

¿Puede la sociedad civil mediar entre el Estado y la calle, o quedará atrapada y desbordada? ¿Una fractura en Cuba no sería un desastre regional con olas migratorias y conflictos geopolíticos incontrolables? 

Los tres escenarios se superponen y se alimentan mutuamente. 

Del 1 al 2: Una continuidad que funcione podría generar condiciones para una apertura gradual, pero también podría fortalecer a las élites burocráticas que no quieren ceder poder. 

Del 1 al 3: La continuidad es un equilibrio inestable; si las reformas no alivian la crisis, un evento detonante puede precipitar la fractura. 

Del 2 al 3: Una apertura mal gestionada puede derivar en caos si el Estado cede poder sin instituciones sólidas o si la sociedad civil está fragmentada. 

Del 3 al 2: Una fractura puede ser un parto doloroso hacia un nuevo modelo si la crisis desemboca en una negociación pactada, pero el camino es incierto y el costo, altísimo.

¿Quiénes dirimen el conflicto? 

El Estado y el Partido no son homogéneos; hay sectores duros, reformistas y tecnocráticos, y su dominio depende de cómo evolucione la crisis. 

Las fuerzas de seguridad y el ejército son actores con intereses propios; su lealtad no es incondicional y su posición puede ser decisiva en una crisis profunda.

Las élites económicas emergentes —dueños de mipymes, cooperativistas, operadores turísticos— quieren más apertura económica, pero no necesariamente política; pueden aliarse con reformistas o protegerse en el statu quo. 

La sociedad civil organizada empuja por una apertura participativa, pero está fragmentada y con recursos limitados: ¿puede articular un proyecto alternativo creíble? 

El pueblo no es pasivo, puede movilizarse en protestas o refugiarse en la emigración; su descontento es el combustible de cualquier escenario, pero la fatiga social puede volverlo indiferente. 

El sector externo —Estados Unidos, la diáspora, gobiernos aliados— puede inclinar la balanza, pero su intervención puede ser contraproducente si es percibida como injerencia. 

Hacia dónde vamos no es una pregunta con respuesta única. Lo que parece más probable hoy —la continuidad controlada— puede desmoronarse mañana por un apagón de tres días o el alza insostenible de los precios. 

El bloqueo es el telón de fondo que todo lo condiciona, pero no lo explica todo. La crisis cubana es también política, cultural, social. 

La salida será el resultado de la interacción entre actores que se disputan el sentido del futuro sin garantías de éxito.

Quizás la pregunta no es hacia dónde vamos, sino quiénes estamos dispuestos a ser en el camino. 

El futuro no es un destino, sino un campo de fuerzas que se redefine constantemente. Y en ese campo, la capacidad de organizarse, de imaginar alternativas y de sostener la esperanza activa puede ser más decisiva que cualquier cálculo de probabilidades.

(Tomado de OnCuba)

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