SEIS HORAS DE FELICIDAD

Manuel Juan Somoza/La Habana

Puede que los aburra a ustedes, que leen del otro lado, pero para quienes vivimos en Cuba -orgullosos o por inercia-, la luz, el agua, el alto costo de la vida y la “Fuerza de tarea” que acaba de reflotar la CIA en su embajada en La Habana, en el decir del The New York Times, SON CONSTANTES imposibles de soslayar en cada intento de dejar constancia de cómo nos lleva el día a día: “de la mano y corriendo”, dice Vivian.

Entonces resulta terrible escuchar decir al titular del ramo que “desgraciadamente, mientras más se arrecía la hostilidad imperial (Donald Trump y Marco Rubio), es más probable que ocurran estas desconexiones” del sistema electro-energético nacional (SEN), seis en lo que va de año, si no recuerdo mal.

Es tan enajenante el acontecer, mientras se acumulan los meses sin luz eléctrica y casi sin agua de tarde, noche y madrugada (aunque no haya caído el SEN), alcanza tal tamaño el caos, que hasta el rey de los mortales pacíficos podría soltarle un derechazo a quien apele en estas circunstancias a la frialdad de los razonamientos ciertos sea ministro, general, sacerdote o comadrona.

Es así la CRUELDAD IMPUESTA desde Washington a partir de enero pasado a la espera “sin apuros”, afirman, de que la fruta madure y caiga en sus manos por la extenuación de quienes vivimos en la isla. En eso apoyará también la CIA, asegura el NYT.

Despertar al día siguiente es una bendición y cuando ocurre la gente intenta no olvidar los hábitos normales: por avenidas casi desiertas van como pueden a sus centros de labor , aunque al llegar se crucen los brazos a falta de corriente; el reconocido gimnasio de Kohly sigue funcionando, pese a que de las tres plantas eléctricas con que contaba hasta ayer, solo funcione una; algunos comercios privados (mantienen la comercialización de alimentos) han tenido que cerrar por falta de productos y un litro de aceite para cocinar, cuyo precio máximo el gobierno fijó hace meses en unos 900 pesos a fin de atenuar la especulación, ahora se vende entre cuatro mil 500 y cinco mil pesos.

Y hay también instantes de euforia. Hace poco, la FELICIDAD CUBRIÓ a un pedazo de mi barrio en el oeste de La Habana: SEIS HORAS CONTINUAS DE CORRIENTE.

“¡MILAGRO!”, gritó Liudmila, quien no deja de rezar por ella y los demás; “el que vende la corriente por debajo de la mesa se fue de vacaciones, por suerte”, razonó Eliodoro, quien afirma ser, como todos los escépticos, un tipo bien informado.

No obstante, el hecho cierto es que un motón de gente de mi barrio fue feliz (fuimos), y cuando ocurren esas extrañezas hay que volver a caminar derecho y seguir en la pelea, porque nos han impuesto la guerra -¡COÑO!- y RENDIRSE -pienso yo- SERÁ SIEMPRE LA PEOR DE LAS OPCIONES para quienes quieren vivir con dignidad y en cubanía.

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