Imagen de una parada de autobuses de Ottawa, Canadá.
Se fuma muy poco en Ottawa. Raro encontrar un sitio donde permitan hacerlo. En las paradas de autobuses te indican que si fumas lo hagas a nueve metros de distancia.
Aurelio Pedroso/Ottawa
Un veterano de guerra es un hombre en cualquier lugar de este agitado mundo que está preparado para soportar un sinnúmero de adversidades incluyendo la opción de la muerte en el peor o mejor de los momentos.
Tal vez por ello sean de los primeros en encabezar una manifestación antibelicista. Y Cuba vive ahora mismo una guerra singular gracias en primer lugar a la furia del imperio, que lo más lamentable de todo es que arrastra a toda la familia para aumentar los pesares y desasosiegos.
Es que no es lo mismo hacerle frente uno solo que tener en la trinchera o refugio a toda la familia, con niños y ancianos que preguntan cada día cuándo terminará el calvario de la falta de luz, agua, comida, medicamentos…
Se aleja uno por unas semanas de ese infierno, llega a una suerte de paraíso idílico como es la capital canadiense y a las cinco de la madrugada despierta sin gota de sueño pensando en Cuba.
Una taza bien grande de café junto a cigarros en ráfaga en el jardín porque dentro de casa está prohibido fumar por justas razones. Ahí está un espectáculo idílico al amanecer con conejos, ardillas, cardenales y marmotas tomándose sus paseos matutinos sin mayores temores al ser humano.
Se fuma muy poco en Ottawa. Raro encontrar un sitio donde permitan hacerlo. En las paradas de autobuses te indican que si fumas lo hagas a nueve metros de distancia. Nueve,ni uno más ni uno menos. Nueve metros.
Sin embargo, no hay centro comercial que no disponga de un establecimiento para la venta de marihuana, aprobada desde hace algunos años con fines recreativos o medicinales. Si abundan estos expendios es porque tienen demanda. Así de claro. Y muchos problemas que la medida está causando entre la juventud.
Impresionantes las noches. Hacia el oeste, sorprende la luminosidad de Venus mientras que, en el jardín, un batallón de luciérnagas ilumina el césped y uno con su trauma a cuestas imagina algo del irradiante planeta y la presencia de esos primos hermanos de los cocuyos haciéndonos el favor de regalarnos luz en esas eternas jornadas de apagones.
En una esquina del garaje, dos bombillos se encienden gracias a un sensor ante la presencia humana. Uno se aleja y al rato se apagan. Entonces, como niño ante juguete nuevo, te vuelves a acercar para retomar la claridad haciéndolo varias veces. Lo tomo como un reto personal contra la Guiteras, la Felton, la Che Guevara o la que sea. Que venga la electricidad cuando yo quiera, cuando la necesite. El apaga y enciende es constante hasta que mi hijo me llama con dulzura al orden sin tener muy claro los motivos del arrebato:
-Tigre, vas a joder el sensor y los bombillitos…
Y para estar a tono donde me encuentro, un país donde se dan las gracias y disculpas a las dos manos, actitudes olvidadas en Cuba, le respondo:
-I’m sosorry, son.
(Tomado de El Boletín)


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