La crítica al gobierno cubano es necesaria, y es de los cubanos, de su hambre y de sus presos, pero no es un cheque en blanco para el macartismo 2.0.
Circula un documento que se puede leer como un guion de cine, pero es un informe de seguridad nacional: cien páginas dedicadas a demostrar que, desde 1959, todo lo que se ha movido a la izquierda en Estados Unidos —los Panteras Negras y las madres de las caravanas de ayuda, Angela Davis y los sindicatos, Black Lives Matter y los abogados de oficio— fue, en el fondo, una operación cubana.
Una isla bloqueada, sin nada que celebrar en su economía, con apagones infinitos, habría gobernado durante siete décadas la vida interior de la primera potencia mundial.
El chiste se cuenta solo, pero no es inocente. El documento fabrica un enemigo interno racializado, convierte la disidencia doméstica en traición extranjera y prepara el terreno para tratar a ciudadanos como agentes de una potencia hostil. Ese gesto tiene nombre y tiene historia, y su propia filmografía.
A ese procedimiento —no necesariamente al régimen que lo emplea— la tradición lo ha llamado fascismo. Su película fundacional en Estados Unidos se estrenó en 1915.
La película es una obra maestra envenenada. El nacimiento de una nación, de D. W. Griffith, codificó a la vez el largometraje moderno y la gramática del pánico racial estadounidense. Allí los negros emancipados —interpretados por actores blancos pintados de betún— amenazan la civilización mientras el Ku Klux Klan cabalga al rescate como redentor de América. Wilson la proyectó en la Casa Blanca. El Klan estaba muerto, pero resucitó ese mismo año de la mano del filme y llegó a contar sus miembros por millones.
Un siglo después, en 2016, Nate Parker filmó otra The Birth of a Nation, con el mismo título usado como réplica: la historia de Nat Turner y la rebelión de esclavos de 1831. Parker puso a los afrodescendientes en el centro de la historia que la primera contaba como amenaza. Donde Griffith veía el peligro, Parker vio el sujeto. Lo real no es lo que se ve, sino qué y cómo ha llegado a ser.
El informe que comento es un tercer remake, y procede de la versión de Griffith. El documento hace suyo el parentesco. Su capítulo genealógico se titula “Birth of a New Left” (el nacimiento de una nueva izquierda).1 Su operación narrativa es similar: los negros que protestan no son ciudadanos con agravios de cuatro siglos: son “colonias internas” activadas desde La Habana.
La ironía es de escuela primaria: esa categoría no la inventó ningún cuartel cubano, sino la propia tradición radical negra, que la venía trabajando desde 1962, cuando Harold Cruse describió al negro estadounidense como una colonia doméstica. El informe lo sabe: cita a Carmichael. Pero escribe que Carmichael “se lo dijo a la audiencia en La Habana”.

Foto: Julio César Guanche.
En el párrafo siguiente, el hecho de decir es ya una causa: Cuba habría tenido un papel “en la formación” de esa conciencia. Una de las pruebas aportadas es un paseo en jeep conducido por Fidel Castro.
En esa lógica, las protestas por el asesinato de George Floyd no nacieron de una rodilla sobre un cuello durante nueve minutos: nacieron de algo que, dice el informe, “puede vincularse, de una forma u otra, con la influencia cubana”.2 Es la vieja fantasía del amo: el esclavo estaba contento hasta que llegó el agitador de afuera.
Precisemos algunos términos. Robert Paxton definió el fascismo como una “forma de conducta política caracterizada por una preocupación obsesiva con la decadencia de la comunidad, su humillación o victimización”, que persigue “con violencia redentora y sin límites éticos o legales, objetivos de limpieza interna y expansión externa”.3
Umberto Eco, que fue niño bajo Mussolini, enumeró los catorce rasgos del urfascismo: entre ellos, el miedo a la diferencia, “la obsesión por el complot”, el enemigo pintado “a la vez demasiado fuerte y demasiado débil”, y una regla de oro: “Para el urfascismo, el desacuerdo es traición”.4
Hannah Arendt había descrito la figura clave de este régimen mental: el “enemigo objetivo”, culpable no por lo que hace, sino por lo que es. Y añadió una frase escrita para la era de la posverdad: “El súbdito ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino la persona para quien ya no existe la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso”.5
El informe sobre Cuba pertenece a ese linaje: reviste de aparato probatorio —notas, cronologías, organigramas— una ficción que no resiste el primer contacto con la realidad. Su fuerza no está en lo que demuestra, sino en la “estética de demostración” que despliega.
Para nuestro siglo, Enzo Traverso habla de posfascismo: movimientos que ganan elecciones y hablan de libertad, pero conservan el núcleo duro.6 Finchelstein traza una diferencia: “El populismo es una forma autoritaria de democracia”, surgida “como una reformulación de posguerra del fascismo”; el fascismo es dictadura ultraviolenta.7
Leído contra esa literatura, el informe hace check en tal lista. La obsesión por el complot está en tratar a toda la izquierda estadounidense, de 1960 a hoy, como tentáculo de un cerebro extranjero. El enemigo demasiado fuerte y demasiado débil que es esa Cuba “en colapso” controlaría universidades, alcaldías, fundaciones y hasta el Partido Demócrata. El desacuerdo es traición cuando los abogados que defienden a detenidos aparecen como “fuerza de fuga carcelaria”.
Bajo esa lista se encuentra una estructura más antigua, la que los alemanes de entreguerras llamaron Dolchstoßlegende: la leyenda de la puñalada por la espalda, según la cual una gran nación jamás es vencida desde fuera, sino traicionada desde dentro. El informe la moderniza: la traición interna se rebautiza como infiltración extranjera. El descontento propio —cuatro siglos de agravio negro, una desigualdad que revienta— deja de tener causas domésticas y deviene teledirigido. Protestar por un asesinato policial no es ejercer un derecho: es obedecer a un amo desde ultramar.
¿Y el comunismo? En el siglo XXI no es un bloque, ni un ejército, ni una internacional con centro de mando. Dicho mal y rápido, es prácticamente nada. Puestos un poco serios, es la memoria de experiencias del siglo XX. Más serios: hoy, es la pregunta por lo común frente a un capitalismo que produce desigualdades obscenas y catástrofe climática.8
“La raza es la negación de la idea de lo común”, escribe Achille Mbembe.9 Dicho así, es lo que podría ser el comunismo en el siglo XXI. Nada que ver con lo que dice ese documento.
Entre paréntesis, el desmontaje de la raza como categoría política tiene, entre sus clásicos, a un cubano: “No hay odio de razas, porque no hay razas —escribió Martí en ‘Nuestra América’—; los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería”.10 El informe convierte en cabecilla de una conspiración racial a la tradición que enseñó a leer la raza como artefacto de librería, de “falsa erudición”, al servicio del poder.
Dicho sin lubricante: el Estado cubano merece crítica, y mucha. La merece por el partido único, por la represión a la diferencia, y específicamente por la de julio de 2021, por la asfixia de la prensa independiente, por una economía que expulsa a su población. Esa crítica tiene varios lugares legítimos para enunciarse. Uno de ellos es el de una tradición con nombre propio: la del republicanismo democrático, que definió la libertad como no-dominación, como el hecho de no ser siervo de nadie.11
En la isla, esa tradición tiene su cifra en Martí, cuando quería una república sin despotismo y sin castas.12 Esa idea es incompatible con el partido único, como lo es también con el enemigo interno y las listas de sospechosos. En cualquier caso, allá y aquí, una nación que trata a sus disidentes como agentes de un amo extranjero los rebaja a la condición de siervos que el republicanismo exige abolir.
El informe no critica al Estado cubano: lo usa. Usa sus desastres reales como coartada para perseguir al movimiento social estadounidense. La catástrofe cubana funciona ahí como el desempleo de Weimar en los discursos de Múnich: antes que un problema a resolver, es una licencia para el pogromo.
Estados Unidos ya produjo antes su propia variante de esto, y siempre evitó llamarla por su nombre. El macartismo —las listas negras, los juramentos de lealtad, las carreras destruidas por una firma en una petición vieja— fue la forma estadounidense del reflejo fascista: la nación como pureza, el disidente como agente extranjero, la sospecha como prueba.
McCarthy anunció en 1950 que tenía “aquí en mi mano” una lista de comunistas en el Departamento de Estado. La lista cambiaba de número según el discurso, porque nunca existió.13 Hoover prolongó el método con COINTELPRO, que saboteó a Martin Luther King, a quien el FBI envió una carta anónima invitándolo al suicidio.14 El informe sobre Cuba cita, con cínica nostalgia, los comités senatoriales de aquella era como si fueran fuentes neutras.15 No lo son: son su árbol genealógico.

Foto: Julio César Guanche.
¿Por qué es tan difícil llamar fascismo al fascismo en Estados Unidos? Lo es, al menos, por tres blindajes.
Primero, el excepcionalismo: el fascismo se define como cosa europea, de botas y desfiles. Si no hay un Núremberg, no hay fascismo. Sinclair Lewis tituló la ironía en 1935, It Can’t Happen Here, la novela donde un demagogo sonriente instala el fascismo en Washington porque nadie cree que eso pueda pasar allí.16
Segundo, la “amnesia”: los abogados nazis estudiaron la legislación racial estadounidense —las de ciudadanía de segunda clase y, sobre todo, las que prohibían el matrimonio interracial, las más duras del mundo— para redactar las leyes raciales de Núremberg. 17 En el juicio de Núremberg, esa legislación no se juzgó como crimen autónomo: el fiscal principal era juez en ejercicio de un Tribunal Supremo que tardaría veintidós años en derogar las leyes antimestizaje de su propio país. Reconocer fascismo en casa obligaría a reconocer que, en parte, el fascismo salió de casa.
Lo había dicho Césaire: lo que la Europa burguesa no le perdona a Hitler “no es el crimen en sí”, sino “haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas”.18
Tercero, la Guerra Fría entrenó al debate público para que “totalitarismo” señale siempre hacia afuera —Moscú, La Habana, Pekín— y nunca hacia el condado de al lado, donde un hombre, afroamericano, faltaba más, que había huido en bicicleta, es ultimado a quemarropa en el suelo, con la rodilla de un agente encima.19 El resultado es un idioma político con una palabra prohibida justo cuando más la necesita.
El archivo reciente es explícito. Charlottesville, 2017: antorchas, la consigna “los judíos no nos reemplazarán”, una mujer asesinada con un automóvil; el presidente declara que había “gente muy buena en ambos bandos”. Pittsburgh, 2018: once fieles asesinados en una sinagoga. El Paso, 2019: 23 muertos en un Walmart, elegidos por ser hispanos. Buffalo, 2022: diez compradores negros asesinados por un joven que citaba la teoría del “gran reemplazo”, la misma que un presentador estelar de la televisión por cable repitió en más de cuatrocientos programas.20 Jacksonville, 2023: tres afroamericanos asesinados por un tirador con esvásticas en el rifle.
Nada de esto lo organizó La Habana. Lo organizó una tradición propia: la de Griffith.
Todos los fascismos invocaron catástrofes previas reales para desplegarse. A Hitler le bastaron Versalles y los seis millones de desempleados de Weimar para que al final estuviera Auschwitz. Después, se siguió la misma plantilla con uniforme anticomunista: Indonesia 1965, medio millón de muertos; Pinochet, que usó la inflación de la Unidad Popular para inaugurar diecisiete años de tortura; la junta argentina, que tomó la resistencia guerrillera —real— como pretexto para desaparecer a las treinta mil personas que reclaman los organismos de derechos humanos.
Hay más. El derrocamiento de Mosaddeq en Irán, en 1953, fue una operación angloestadounidense que la propia CIA terminó admitiendo por escrito sesenta años después.21 En Indonesia, los cables desclasificados de la embajada en Yakarta muestran que Washington siguió la matanza con aprobación explícita y entregó al ejército listas con nombres de comunistas.22 En Argentina, Kissinger recibió en 1976 al canciller de la dictadura y le pidió apenas que terminara rápido.23 En El Salvador, el batallón Atlacatl —entrenado en la Escuela de las Américas— masacró en El Mozote a cerca de mil personas, más de la mitad niños.24
En Sudáfrica, Reagan vetó la ley de sanciones contra el apartheid, y solo entró en vigor porque el Congreso anuló el veto. Mandela siguió en las listas antiterroristas estadounidenses hasta 2008.
La potencia que hoy denuncia una conspiración cubana sobre su vida interior financió, armó, entrenó y encubrió a los aparatos que hicieron, a escala global, exactamente aquello de lo que acusa a La Habana.
Decir que las catástrofes del Estado cubano legitiman un discurso de enemigo interno racial en Estados Unidos es el razonamiento que diría que el desempleo de Weimar legitimaba a Hitler. No lo legitimaba. Nada lo legitimaba. No hay legitimidad en el fascismo ni en los posfascismos: menos aún con organigramas fantásticos donde se presume que una isla sin combustible dirige a los alcaldes de Los Ángeles.
La crítica al gobierno cubano es necesaria, y es de los cubanos, de su hambre y de sus presos, pero no es un cheque en blanco para el macartismo 2.0. Quien confisca esa crítica para blanquear listas de enemigos internos no defiende a ninguna víctima del comunismo: las usa como extras para su película, sin pagarles y causándoles todo el daño que pueden durante su filmación.
El informe es, como dije, un remake de 1915. La buena noticia es que los remakes pueden fracasar. Primo Levi dejó dicha la advertencia que resume todo esto: “Cada época tiene su fascismo”.25
En 1944, sin haber leído a Levi, ya lo sabía un son guajiro cubano, de Julio Cueva, cuando cantaba que a Hitler, como antes a Mussolini, el “castillito en el aire” “al fin se le caerá“. Lo real no es lo que se ve, sino qué y cómo ha llegado a ser —y, sobre todo, qué dejaremos que llegue a ser.
Notas:
- Departamento de Estado de Estados Unidos, Cuba: The Capital of 21st Century Communism (Washington, D. C.: U. S. Department of State, 20 de julio de 2026), 100 pp. [En lo sucesivo, Cuba Report.] Cuba Report, cap. II: “Birth of a New Left”.
- Cuba Report, 98.
- Robert O. Paxton, Anatomía del fascismo, trad. de José Manuel Álvarez Flórez (Barcelona: Península, 2005).
- Umberto Eco, “Ur-Fascism”, The New York Review of Books, 22 de junio de 1995; recogido en Cinco escritos morales (Barcelona: Lumen, 1998).
- Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, trad. de Guillermo Solana (Madrid: Alianza, 2006).
- Enzo Traverso, Las nuevas caras del fascismo (Barcelona: Gedisa, 2018).
- Federico Finchelstein, Del fascismo al populismo en la historia (Barcelona: Taurus, 2018).
- Sobre lo común frente al capitalismo contemporáneo, cf. Pierre Dardot y Christian Laval, Común. Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI (Barcelona: Gedisa, 2015).
- Achille Mbembe, Crítica de la razón negra, trad. de Enrique Schmukler (Barcelona: Futuro Anterior / NED, 2016).
- José Martí, “Nuestra América”, El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.
- Sobre la libertad como no-dominación, cf. Philip Pettit, Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno (Barcelona: Paidós, 1999).
- José Martí, discurso pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, 26 de noviembre de 1891 (“Con todos, y para el bien de todos”).
- Discurso de Joseph R. McCarthy en Wheeling, Virginia Occidental, 9 de febrero de 1950. La cifra varió entre 205, 57 y 81 según la ocasión. La lista nunca fue exhibida.
- Sobre COINTELPRO y la carta anónima enviada por el FBI a Martin Luther King en noviembre de 1964, véase U. S. Senate, Select Committee to Study Governmental Operations with Respect to Intelligence Activities (Church Committee), Final Report, libro III (Washington, D. C., 1976).
- Cuba Report, n. 21, que cita U. S. Senate Committee on the Judiciary, Subcommittee to Investigate the Administration of the Internal Security Act and Other Internal Security Laws, The Tricontinental Conference of African, Asian, and Latin American Peoples: A Staff Study, 89.º Congreso, 2.ª sesión.
- Sinclair Lewis, It Can’t Happen Here (Nueva York: Doubleday, Doran & Co., 1935).
- James Q. Whitman, El modelo estadounidense de Hitler. Estados Unidos y la elaboración de las leyes raciales nazis (Madrid: Antonio Machado Libros, 2021).
- Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo (Madrid: Akal, 2006 [1950]).
- “Muerte de un hombre por disparos de la policía provoca investigación y protestas en Wisconsin”, CNN en Español, 23 de julio de 2026.
- Nicholas Confessore, “American Nationalist”, The New York Times, 30 de abril de 2022.
- Central Intelligence Agency, “Clandestine Service History: “Overthrow of Premier Mossadeq of Iran, November 1952 – August 1953”, desclasificado en 2013 por el National Security Archive.
- National Security Archive, “U. S. Embassy Tracked Indonesia Mass Murder 1965”, Electronic Briefing Book n.º 607, 17 de octubre de 2017.
- Memorando de conversación entre Henry Kissinger y el canciller argentino César Augusto Guzzetti, Nueva York, 7 de octubre de 1976, desclasificado por el Departamento de Estado.
- Comisión de la Verdad para El Salvador, De la locura a la esperanza. La guerra de doce años en El Salvador (Naciones Unidas, 1993).
- Primo Levi, “Un passato che credevamo non dovesse tornare più”, Corriere della Sera, 8 de mayo de 1974.
(Tomado de OnCuba)


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