Si algo caracteriza el debate público actual en Cuba entre economistas académicos sobre las “transformaciones económicas y sociales”, es la ausencia de una controversia visible y sustantiva. Esto no implica necesariamente la falta de discrepancias, sino más bien la existencia de un marco institucional oficial que las vuelve imperceptibles no solo para el público en general, sino también para los especialistas.
Es habitual que los economistas académicos participen en grupos de trabajo a petición de las instituciones, generalmente bajo formatos que exigen discreción. Esto es normal, pero no sustituye la función esencial de las ciencias sociales de producir conocimiento de amplia utilidad social basado en «la crítica implacable de todo lo existente, implacable tanto en el sentido de no temer las consecuencias como en el de no temer el conflicto con quienes detentan el poder».
Aclaro que el texto citado es de Marx. Muchos lo saben. También sabemos que no es algo que detenga a los guardianes de la ortodoxia política de la isla.
En una nota anterior mencioné que hace unos días un amigo dijo que las «propuestas intelectuales modernizadoras», obviamente extraoficiales, hacen invisibles las 176 medidas y las desprecian, pero tal argumento funciona como un bumerán porque podría decirse que son precisamente las instituciones oficiales de Cuba las que hacen invisible la contribución específica que los economistas académicos cubanos podrían haber hecho al diseño de esas 176 medidas (algo que no se hace público) y que desprecian el trabajo de los economistas académicos residentes en Cuba, como lo demuestra la convocatoria de último minuto de un grupo muy limitado como consultores.
¿Podríamos, los economistas académicos cubanos, dentro y fuera de la isla, intercambiar públicamente nuestros análisis y propuestas, contrastando visiones, controlando el tono y evitando tanto el monólogo como la confrontación desordenada?
Creo que existe la madurez suficiente —salvo algunas excepciones— para debatir sin insultos ni descalificaciones morales. Ganamos cuando argumentamos con argumentos y pruebas. Con firmeza, pero sin denigrar a los demás colegas.
El uso que el gobierno cubano decida hacer —o no hacer— de los resultados de un intercambio público entre economistas académicos trasciende el alcance de nuestra decisión. La posibilidad de que ignore total o selectivamente nuestras contribuciones no debería constituir una razón para detenernos o desanimarnos.
Un punto de partida adecuado podría ser un debate sobre el grado de radicalismo de la transformación económica y sobre el marco político en el que debería desarrollarse. Por muy polémico que parezca el tema, aclarar ambos aspectos facilitaría el intercambio de detalles técnicos, que, si no se definen con precisión, quedan desvinculados de la racionalidad de una propuesta de transformación integral.
(Tomado de El Substack de Pedro)


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