La falta de estadísticas públicas impide establecer con precisión si determinados delitos han aumentado, en qué proporción y cuáles son los territorios más afectados.Foto: Archivo IPS-Cuba
En una prolongada crisis económica y social, robos, asaltos y otros hechos violentos muestran el espacio creciente de la inseguridad ciudadana en el país.
En las redes sociales digitales circula un video que genera alarma entre miles de personas usuarias. Las imágenes muestran a una mujer asaltada por dos hombres para robarle su moto eléctrica mientras esperaba el cambio de luz en la intersección de las avenidas 23 y Paseo, en el céntrico barrio habanero del Vedado.
El hecho ocurrió a plena luz del día y fue grabado desde otro vehículo por una persona que esperaba el cambio del semáforo.
La difusión del video provocó comentarios sobre la inseguridad ciudadana en las calles de La Habana y sobre la necesidad de extremar las precauciones ante hechos similares. Una internauta identificada como María Lucía Díaz expresó: «Cuanta delincuencia estamos viviendo».
Conteo ciudadano de la inseguridad en 2026

El independiente Observatorio Cubano de Conflictos contabilizó cerca de 700 hechos violentos durante el primer semestre de 2026, según un monitoreo no institucional de casos reportados públicamente. La cifra no equivale a un registro oficial de delitos y, por tanto, no permite establecer por sí sola la magnitud de la criminalidad en el país.
Como este, otros materiales y denuncias circulan con frecuencia por redes sociales y grupos comunitarios, donde la ciudadanía reporta robos, agresiones y personas desaparecidas.
Páginas independientes como Nio Reportando un Crimen, así como creadores digitales y blogs, reúnen miles de seguidores precisamente porque llenan un vacío informativo dejado por medios estatales. Para muchas personas, estos espacios funcionan como mecanismos de prevención colectiva y reflejan una creciente sensación de vulnerabilidad.
En ese escenario, una profesora de la Universidad de La Habana relató que a un amigo le arrebataron el teléfono en la calle Ayestarán, en horas de la tarde. «Él salió corriendo detrás del ladrón y varias personas lo ayudaron a capturarlo. Lo amarraron de manos y pies mientras esperaban que llegara la policía para entregarlo», detalló.
El episodio muestra cómo, en ausencia de una respuesta inmediata de las autoridades, parte de la ciudadanía comienza a organizar mecanismos propios de reacción, una práctica riesgosa ya que las personas no cuentan con la preparación necesaria y se facilitan actos de justicia por mano propia.
Una preocupación que modifica rutinas
Para el joven universitario Jordani Valencia, quien brinda servicio de mensajería en motocicleta para obtener ingresos y ayudar a su familia, desplazarse por la capital implica asumir riesgos.
«Hoy hacer mensajerías en La Habana es un riesgo a cualquier hora del día», afirma. Según cuenta, los casos de robos, asaltos y estafas que ha conocido por otros colegas lo han llevado a reducir las entregas después de las seis de la tarde.
«Trato de no tomar encargos después de esa hora. Cuando llega la noche, la ciudad está oscura casi en su totalidad por los apagones y salir en una moto es exponerse demasiado», explica.
La decisión tiene un costo económico, pues las horas nocturnas pueden representar una oportunidad adicional de ingresos. Sin embargo, para Valencia, la necesidad de trabajar compite con la percepción de que desplazarse por la ciudad en determinadas condiciones puede convertirlo en un blanco más vulnerable.
Algo similar ocurre con los espacios de ocio. Camila Hernández, una habanera de 24 años, asegura que en 2026 ha reducido sus salidas nocturnas.
«Solía ir mucho al teatro y luego de fiesta hasta altas horas de la madrugada. Pero ya prácticamente no salgo. Si no es con un grupo grande, es un peligro», afirma. La joven especifica que sus temores aumentaron desde que le robaron el teléfono regresando del gimnasio a su casa en diciembre del pasado año.
Los testimonios muestran cómo la percepción de inseguridad ciudadana trasciende. Para algunas personas, modifica los horarios de trabajo; para otras, limita el ocio y la posibilidad de desplazarse libremente por la ciudad.
Ramón Hernández, vecino del municipio habanero de Regla, sufrió una isquemia alrededor de las diez de la noche, en medio de un apagón. Ante la ausencia de una ambulancia, sus familiares lograron trasladarlo en una moto hasta el centro de salud más cercano donde no pudieron atenderlo debido a la falta de electricidad.
Sin otra alternativa, decidieron llevarlo al Hospital Docente Quirúrgico Miguel Enríquez. Antes de salir, un policía que permanecía de guardia en el policlínico les advirtió: «Les aconsejo que esperen al amanecer, porque en el camino hacia el hospital están asaltando para robar vehículos».
Dichas palabras evidenciaron una realidad inquietante: esperar podía retrasar la atención médica de Hernández, mientras que salir de madrugada significaba asumir un riesgo que, según la advertencia recibida, no era meramente hipotético.

Los apagones prolongados facilitan la comisión de robos y asaltos, sobre todo para sustraer teléfonos móviles y motos eléctricas.
Entre las denuncias y la falta de cifras
Aunque las autoridades cubanas no publican de forma sistemática estadísticas desagregadas sobre robos, asaltos ni homicidios, han reconocido la existencia de problemas relacionados con delitos e ilegalidades.
En mayo de 2026, las fuerzas del orden pusieron en marcha el Quinto Ejercicio Nacional de Prevención y Enfrentamiento al Delito, la corrupción, las drogas, las ilegalidades y las indisciplinas sociales, en un contexto que calificó de especial complejidad.
Semanas después, durante una reunión del Grupo de Trabajo para la Prevención y Enfrentamiento al Delito, el primer ministro Manuel Marrero llamó a fortalecer las acciones frente a estos fenómenos y a adoptar medidas más eficaces para proteger a la población.
En un país atravesado por una prolongada crisis económica, con inflación, escasez de productos básicos, apagones y deterioro de servicios básicos, la preocupación por la seguridad se suma a otras incertidumbres que condicionan la vida diaria.
Con la denuncia digital, la violencia gana visibilidad en el país. No obstante, la ausencia de datos públicos deja abiertas varias interrogantes: ¿Cuánto ha aumentado realmente la violencia en Cuba? ¿Cuánto de ese temor responde a una mayor circulación de información sobre hechos que antes permanecían menos visibles? (2026)
(Tomado de IPS/Cuba)


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