Manuel Juan Somoza/La Habana
Cuando llegan, siempre sin aviso, las dos o tres horas de luz que nos tocan de mañana, tarde, noche o madrugada, hay que encontrar la manera de dormir algo a fin de preservar ese equilibrio indispensable para continuar en la pelea por la vida.
Sin embargo, cuando la brisa se empeña en ausentarse -así ocurrió esta madrugada- no hay ventilador capaz de neutralizar ese sopor que se apodera de los cuerpos y los estruja sin piedad. Cada vez que ocurre eso, los pensamientos agresivos de Vivian y los míos tienen un objetivo similar: Donald Trump y Marco Rubio.
Al fondo de casa hay una dependencia militar y cada amanecer, un guardia baja de la azotea con colchoneta al hombro, y en la acera del frente Nicolás, el más joven de los Gómez, despierta en el suelo del portal, confiado en que la gata de la familia impedirá que lo moleste cualquiera de las alimañas que abundan en el barrio.
Hay un segmento de cubanos que sobrevive en mejores condiciones (el presidente, sus ministros y allegados, militares de alta graduación, y empresarios o comerciantes de los sectores privado o estatal, entre otros). Nosotros tampoco somos de lo más golpeados, pero la mayoría de la gente sufre cada hora lo que no soy capaz de describir. La pobreza se ha multiplicado.
En Centro Habana, municipio de alta densidad poblacional, la siniestra combinación de escasez de agua y luz dispara las protestas callejeras a toque de cazuelas o quemando los basurales que se adueñaron de las esquinas. Es la expresión del desespero.
En la Habana Vieja, con El Malecón a mano, viejos y jóvenes van en busca de la brisa marina que sopla cuando le da la gana al despuntar la madrugada. Y mientras aguardan, unos bailan con la música grabada que tengan, otros hacen cuentos verdes, mientras toman aguardiente o ron, y TODOS, sin excepción, echan pestes del gobierno o maldicen las “hijaputadas de Trump y el Rubio”, quienes desde enero prohibieron la entrada de combustible a Cuba.
Es así y no de otra manera que cada quien se inventa su respuesta, en tanto nosotros mantenemos en reserva lo que nos queda: cambiar una vez más el dormitorio para el portal o terminar intentando descansar horizontales en el patio, bajo las estrellas, como hicimos muchas veces en la juventud distante.


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