La historia real de un pequinés que cruzó el Atlántico para empezar una nueva vida en Cuba
Aurelio Pedroso
Lo menos que pudo imaginarse el pequinés Willy cuando lo llevaron al aeropuerto de Barajas encerrado en un guacal fue que su boleto aéreo a Cuba sólo era de ida, que de vuelta no había señales. Un viaje sin retorno a una tierra totalmente desconocida para él.
Sin embargo, algo olfateó cuando a la primera ocasión ideó una fuga a lo Papillon-Harry Houdini. Todavía se explican en la sección de carga, cómo fue posible que emprendiera la huida por toda la terminal aeroportuaria poniendo en peligro el tráfico de las aeronaves hasta que finalmente fuera capturado.
Silencioso, disciplinado, de andar aristocrático, para nada bullanguero llegó con su dueña cubana a la capital de la isla en plan de inconsulta residencia permanente.
Sólo un experto en conducta animal podrá evaluar, certificar si es feliz o no. Ya es uno más entre las gallinas del vecino Carlitos y demás canes del vecindario al disfrutar de ese desparpajo de hacer sus necesidades donde mejor le venga en ganas.
Ladra sin la “z” y come lo que sea menester. Se ha cubanizado a la velocidad de la luz, aunque por momentos deba extrañar esos paseos por entornos más limpios y con homólogos que se dan desde lejos los buenos días.
Pretendientes desesperadas por conformar ese binomio cubano-español no le faltan con perras que también desean emigrar. La Chacha es una de ellas. De conformarse la unión, el Willy precisará de una escalera para poder procrear en esmerado acto acrobático.
Y ya el Willy ladra con inusitada fuerza en solidaridad con el vecindario cuando cortan la electricidad, alguien grita o falta el agua. Le llaman jocosamente “gallego” para poner en tensión las pequeñas orejas. Y poco falta que lo haga en inglés.
Subestimar a los animales es un gran error humano.
(Tomado de El Boletín)


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