Manuel Juan Somoza/La Habana
«¡Como cambian los tiempos, Venancio!, ¿qué te parece?, ¡Como cambian los tiempos…” (Estribillo de una popular guaracha)
Vivo en un país MUY ESPECIAL, el único del Hemisferio Occidental que lleva casi 70 años remando contra las furiosas corrientes del Norte; nací en Cuba, la isla mayor de un archipiélago al que se le ocurrió emerger en el camino preferido de los huracanas y crecí entre gente luchadora, bullanguera, bailadora, comunicativa, de las que gozan y sufren con sus vecinos, no encerradas en sus casas.
Vengo de Jesús María, callejuela de La Habana Vieja de la que parten mis vivencias y el primer conocimiento de esa práctica isleña de tenderle la mano a quien lo necesite. En la escuela católica me dijeron que así se practicaba la caridad, pero con el paso de los años supe que compartir lo que se tiene, aunque sea poco, es MUCHO MÁS.
Los nacidos en la isla- estén donde estén ahora- saben de lo que hablo. Recuerdo un lejano mes de octubre y el propósito de enviarle a mi hija Liana un regalo por su cumpleaños, sin encontrar la manera de trasladarlo a La Habana. Andaba con el regalo como si fuera mi mochila y al llegarme el momento de viajar a un país africano, en el aeropuerto de Orly supe de otro vuelo que saldría hacia Cuba, localice la fila de pasajeros que esperaban cruzar el Atlántico, y por la inquieta algarabía imperante en un segmento de la hilera identifiqué a los míos. Sin pensarlo dos veces me dirigí a uno de ellos y, sin conocernos, su respuesta fue inmediata: “No se preocupe, compañero, se lo entregaré a su hija”, y así fue.
Pero tras la COVID-19, el lógico relevo generacional en medio de paradigmas que se desdibujan, sumado a la larga guerra económica nunca declarada por Washington (llevada a límites asesinos bloqueando la importación de petróleo desde enero pasado) y a las reiteradas promesas sin cumplir de los mandantes nacionales, han hecho brotar, A LA PAR DE LA SOLIDARIDAD, el egoísmo del ¡SÁLVESE EL QUE PUEDA! de las manos del maldito don dinero, en un país que soñó con borrar para siempre esa ecuación.
Por un vehículo cisterna estatal de los que transportan el agua también desaparecida de La Habana y otros lares, hay que pagar hasta 60 mil pesos, cuando la pensión media de los civiles ronda los tres mil 500 pesos al mes y el salario mínimo del sector presupuestado (agrupa al 50% de los empleados cubanos) es de 3,210 pesos. Según datos oficiales, el salario medio mensual es de 5,839 pesos.
“Si lo tienes, lo pagas, y si no, te jodes”, exclaman los pudientes, en tanto, las autoridades buscan evitar las ventas en negro de agua, de electricidad y hasta las cirugías clandestinas en hospitales públicos.
Y así, “de truco”, como diría Juanita, van las cosas en la penúltima semana de julio, mientras Washington, artífice del infierno impuesto a cada cubano (sin que importen edades o ideologías) a fin de forzar un cambio de régimen, en acto de teatralidad hipócrita se desdobla de diablo en ángel, envía “ayuda humanitaria” mediante la Iglesia católica y reitera que Cuba “es un peligro extraordinario” para la seguridad de Estados Unidos, como parte de una narrativa extendida por el planeta que augura días peores.


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