Yuliet Teresa /La Habana
No es el número de la perfección. No es el número de la gloria. El Diez es, ante todo, el número de la perseverancia que se arrastra por el barro, que tropieza y se levanta, que mira el arco y sabe que el gol no es el final sino apenas un respiro en la caída libre. El Diez es Messi, sí, pero también es el número que llevan los niños de Gaza cuando corren entre escombros y el balón es una piedra y la cancha es el infierno.
Messi fue al Muro de las Lamentaciones. Messi estrechó la mano del magnate naranja. Messi es uno de los poderosos, otro más en la cadena de los que deciden, los que invierten, los que firman cheques mientras otros firman con la sangre. No se puede separar al genio del hombre, dicen. Pero sí se puede, y se debe: el genio es el que hace girar el balón como un planeta; el hombre es el que elige qué hacer con sus manos después del partido. Y sus manos, las de Messi, han aplaudido a los imperios.
Si con algún equipo empatizo es con Cabo Verde y Egipto. Equipos que nunca ganan, equipos que nunca aparecen en las pancartas, equipos que son la metáfora exacta de este mundo donde la mayoría pierde para que unos pocos celebren. El fútbol es mercancía, es negocio, es empresa, es millones. Pero también es la única fiesta que le queda a los pobres, aunque sea por televisión, aunque sea a través de la pantalla que también vende la ilusión de que algún día, quizás, ellos también podrán ser Diez.
En este mundial le iba a Argentina. Porque son latinos. Porque representan a un pueblo en resistencia, como este, como el nuestro, como Cuba que sufre pobreza y agonía y sin embargo mira el partido y grita gol como si el gol fuera la revancha. Pero ¿qué revancha? ¿La revancha del que pierde siempre? ¿La revancha del que sabe que después del pito final volverá a la cola del pan, al apagón, a la espera?
Mientras el mundial recolecta el dinero de los ricos y de la clase media —porque los pobres jamás podrían darse el lujo del ocio—, Palestina es bombardeada una y otra vez. Pasan las imágenes de los niños y las niñas de Gaza amputados mientras el mundial hace saltar del asiento a quienes se emocionan. El mundial y el genocidio comparten pantalla, comparten tiempo, comparten la indiferencia de los que pueden cambiar el canal. El hambre y la miseria se apoderan de los hogares, incluidos los nuestros, los cubanos. Y mientras desaforadamente miles de millones vitorean ¡Viva España!, Pedro Sánchez jamás ha pedido perdón por la Trata trasatlántica y por la Esclavitud. La historia no se borra con un gol, aunque el gol sea hermoso.
New York celebra la post victoria de España mientras miles de personas mendigan dignidad. Los negocios en todo el mundo, incluido el nuestro, realzan sus ganancias con cervezas, picaderas y comida. «El fútbol» (esa religión) es el opio del pueblo, decía el viejo Marx, y ahora lo vemos claro: mientras el balón rueda, el mundo sigue rodando hacia el abismo.
Gianni Infantino hace toda la pleitecia del mundo a su jefe Trump. Trump, imperialista, hace y deshace en el césped, en los vestuarios y sobre todo en la vida de tantos. No hay tregua en el capitalismo, ni siquiera durante el mundial. El magnate naranja se pavonea siendo eso, un magnate, y nosotros miramos el partido y celebramos como si la celebración fuera un acto de rebeldía. Pero no lo es. Es apenas el consuelo de los que saben que no pueden más que consolarse.
El Diez, entonces, es el número de lo contrastante. Es la pugna entre la perseverancia y lo más trágico de la humanidad. Valdría la pena pensar que un Diez no es solo aprobación sobre otro Diez, sino una suerte de no saber cuál es el final de las cosas. El Diez no promete la salvación. El Diez promete que, aunque no se gane, aunque no se sea campeón, hay que seguir empujando hasta los últimos minutos. Como los niños de Gaza. Como los cubanos. Como los que no tienen nada y sin embargo tienen el gesto de levantar los brazos cuando el balón entra al arco.
Pero después del mundial, la pregunta: ¿cómo seguirá siendo la vida? La vida seguirá siendo la misma: los mismos bombardeos, la misma pobreza, la misma indiferencia. El mundial no cambia nada. El mundial es apenas el espejismo de un mundo que podría ser pero no es. Un mundo que se vuelve fascista, que sigue matando la esperanza y la vida, que no llega a celebrar el mundial de ser seres humanos de virtud sino, más bien, un mundo construyendo un reino de este mundo podrido y enfermo.
Así andamos. Con el Diez en la camiseta y el número de los muertos en el bolsillo. Con el gol en los labios y el hambre en la tripa. Con la ilusión de que algún día el balón ruede hacia la justicia, aunque sepamos que el balón es apenas un balón y la justicia es apenas un sueño.
El mundial termina. Y la vida, esa vida que no celebra, esa vida que sobrevive, sigue. Sigue sin pedir perdón. Sigue sin dar explicaciones. Sigue siendo lo único que tenemos, aunque sea tan poco, aunque sea tan duro, aunque sea tan hermoso y tan triste como un gol en algún minuto extra.
El Diez. La perseverancia. La derrota. La gloria. Todo junto, todo revuelto, todo en el mismo barro donde caen los cuerpos y se levantan los sueños. Así andamos. Y así seguiremos. Hasta que el pito final nos encuentre, o hasta que encontremos otro partido, otra cancha, otro balón, otra esperanza.
El Diez, al final, no es un número. Es una pregunta. Y las preguntas siempre son complejas.
(Tomado del Facebook de la autora)


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