Y sin embargo, la gente sigue

🇨🇺Tocoro. Ave nacional de Cuba. No soporta el cautiverio. Siempre, siempre, siempre volando en libertad.

Yuliet Teresa/La Habana

Hay días en que Cuba parece un inventario de palabras rotas. Cansancio. Depresión. Pocas ganas de desear algo. Frustración. Desespero. Obstinación. Tristeza. Confusión. Desánimo. Hay palabras que ya no describen estados de ánimo: describen una forma de atravesar el día. Una manera de levantarse de la cama, de hacer una cola, de mirar un refrigerador vacío, de apagar el ventilador porque ya no hay corriente.

Después vienen otras: hambre. Apagón. Escasez. Ira. Calor. Enfermedades. Basura. Cosas podridas. Cama. Como si el país hubiera ido reduciendo su vocabulario hasta quedarse con las palabras imprescindibles para nombrar la supervivencia.

No sé cómo hace la gente. Lo pienso cuando alguien sale a trabajar después de una noche sin dormir. Cuando una madre improvisa una comida que no alcanza. Cuando una persona mayor camina kilómetros buscando un medicamento que nunca aparece. Cuando el calor convierte la casa en una trampa y el silencio de un apagón parece durar siglos.

SEN caído. País caído. Gente caída.

No es solo una avería eléctrica. Es una metáfora demasiado exacta de este tiempo. Cuando cae el Sistema Eléctrico Nacional, cae también el ritmo de la vida en La Habana, en otras zonas del país no existe el ritmo. La posibilidad de conservar los alimentos, de descansar, de estudiar, de producir, de imaginar un mañana distinto también desaparece. Y con cada caída, también cae un poco la esperanza.

Después llegan las malas noticias. Siempre llegan. Y con ellas el abandono, la suciedad, las epidemias, los absurdos, «los cangrejos», «los vampiros» de todas las especies: los que chupan la sangre, los que chupan el dinero, los que chupan el tiempo, los que chupan la esperanza.

Este pedazo de país parece alimentarse de la energía de quienes ya casi no tienen fuerzas. La esperanza tampoco desaparece de golpe. Se desgasta. Se vuelve pequeña. Aprende a esconderse. Se parece a esas plantas que sobreviven entre el cemento: nadie entiende cómo siguen vivas, pero siguen.

A veces escucho decir que el pueblo cubano es resiliente. La palabra me incomoda. Porque demasiadas veces «resiliencia» ha servido para romantizar el sufrimiento de quienes no eligieron vivir así. No hay heroísmo en pasar hambre. No hay épica en dormir bajo un apagón. No hay virtud en acostumbrarse a la incertidumbre. Hay desgaste. Hay cuerpos exhaustos. Hay vidas suspendidas.

Y, sin embargo, la gente sigue.

No siempre porque quiera. Muchas veces porque no existe otra posibilidad. Porque hay hijos. Porque hay padres. Porque todavía queda alguien esperando en otra habitación. Porque incluso en medio del derrumbe la vida insiste con una terquedad que nadie sabe explicar.

Pero algo se rompe cuando vivir consiste únicamente en sobrevivir. Cuando el futuro deja de ser un proyecto y se convierte en una fecha incierta. Cuando cada conversación empieza con una mala noticia y termina con un silencio.

Dicen que morir por la patria es vivir.

Tal vez el drama de este tiempo sea otro: que morir un poco cada día se ha vuelto una forma de vivir. Y entonces la poesía, esa que alguna vez alcanzó para nombrar el país, se desdibuja. No porque hayan desaparecido las palabras. Sino porque la realidad, obstinada y feroz, termina escribiendo por encima de todas ellas.

(Tomado del Facebook de la autora)

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