Para medir qué tan a fondo llegan las 176 Transformaciones Económicas y Sociales, usamos una metodología ya conocida: los antiguos indicadores de transición del EBRD (Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo), creados en 1994 para evaluar cuánto habían avanzado los países socialistas hacia una economía de mercado. Cuba nunca fue evaluada por el EBRD —no es miembro ni recibe financiamiento del banco—, pero esta escala tiene una ventaja: permite comparar reformas de distintos países y épocas con la misma medida.
El método clásico califica ocho áreas —privatización grande y pequeña, gestión de las empresas estatales, precios, comercio exterior y tipo de cambio, competencia, banca y mercado de valores— del 1 (economía totalmente planificada) al 4+ (nivel de una economía industrial avanzada), incrementando en tramos de 0,33. Hay un noveno componente, el subíndice de infraestructura, que promedia cinco sectores: electricidad, ferrocarriles, carreteras, telecomunicaciones y agua y saneamiento. El EBRD dejó de usar esta metodología en 2014 y ahora mide otras seis cualidades —competitividad, buena gobernanza, sostenibilidad, inclusión, resiliencia e integración— comparando a cada país con las mejores prácticas del mundo. Ese método nuevo es más completo, pero está pensado para países que ya recorrieron buena parte del camino. La escala vieja, en cambio, se hizo precisamente para medir los primeros pasos desde una economía estatal y, por eso, encaja mejor con el punto en el que hoy se encuentra Cuba.
No obstante, el propio gobierno cubano ha dicho, una y otra vez, que estas 176 medidas no buscan una transición hacia el mercado: la meta declarada sigue siendo el socialismo y la propiedad estatal sobre los medios de producción fundamentales. Medir con un estándar pensado justo para lo contrario tiene límites, y por eso no usamos este ejercicio para predecir qué va a pasar, ni para decir que Cuba «está transitando» en el sentido clásico del término. Lo usamos para dos cosas más acotadas: ver si las 176 medidas apuntan todas en la misma dirección y calcular hasta dónde llegaría el país si se cumpliera cada medida tal como está redactada, sin descontarle nada por lo difícil que pueda ser aplicarla. Ese es el supuesto detrás de los puntajes «posreforma» de la tabla: no muestran lo que Cuba ya hizo, sino lo que resultaría si cumpliera con todo el paquete.
El promedio de los ocho indicadores pasaría de 1,29 a 2,21: un salto de +0,92 puntos. Vale aclarar que este método no es una fórmula matemática, sino que se basa en el juicio de expertos, por lo que el EBRD admite un margen de hasta ±0,33 entre dos analistas al evaluar el mismo caso.
Un puntaje de 2,21 deja a Cuba, en el mejor de los escenarios, cerca de donde estaban Rumanía, Bulgaria o Albania hacia 1993-1995: países que ya habían liberado parte de sus precios y su pequeño comercio, y habían avanzado en privatizaciones limitadas, pero que aún no tenían instituciones de mercado plenamente funcionales. La comparación es de magnitud, no de destino: no significa que Cuba vaya a seguir el mismo camino, sino que la profundidad de este paquete, si se cumple en su totalidad, sería del mismo orden que la de esas primeras reformas poscomunistas.
Los mayores saltos están en precios (+1,00, hasta 2,67, por eliminar los topes generales y desmontar poco a poco la libreta de racionamiento), pequeña privatización (+1,00, hasta 2,67, por la ampliación de las MIPYMES y el usufructo agrícola sin límite de tiempo) y banca (+1,00, hasta 2,33, por la banca privada y el nuevo mercado de bonos soberanos). En el otro extremo, competencia y mercado de valores suben apenas +0,67 cada uno: no hay ley ni autoridad de competencia, y lo anunciado sobre la bolsa de valores y el depósito central es solo un plan, sin nada operando todavía. El punto más débil es la infraestructura: el subíndice sube solo +0,13 (de 1,67 a 1,80), lastrado por los ferrocarriles, el agua y el saneamiento (1,33 cada uno), donde no hay ninguna reforma específica. Solo electricidad y telecomunicaciones (2,33 cada uno) muestran una apertura real al capital privado, aunque en ningún caso se desmantelan los monopolios ni se crea un regulador independiente.
Estos resultados marcan un techo, no una proyección. El paquete no tiene un calendario definido —convertir empresas estatales en sociedades por acciones, por ejemplo, exige antes clasificar todo el universo empresarial, algo que toma años—, y varias medidas requieren agencias reguladoras, sistemas estadísticos e infraestructura financiera que hoy no existen. El texto reafirma que el Estado sigue al mando en los sectores «estratégicos» y que el Partido mantiene su supervisión, lo que ya limita hasta qué punto pueden llegar la privatización a gran escala o la política de competencia. El embargo de Estados Unidos también sigue frenando el alcance real de la reforma cambiaria y bancaria en las operaciones en dólares. Y la red eléctrica no se arregla solo con la liberalización: para la infraestructura se requiere una inversión de capital que estas medidas, por sí solas, no garantizan.
Fuente: EBRD transition reports (several years) | cálculos del autor
(tomado de Cuba Economic Review)


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