Foto: EFE/ Ernesto Mastrascusa.
Tener reglas claras, las mínimas posibles, y reducir la discrecionalidad en toda la magnitud necesaria debería constituir la barra del timón de este proceso de transformaciones.
Por Dr.C Juan Triana Cordoví/La Habana
Vuelvo a Concha. Al final, los médicos y los psicólogos descubrieron que el infarto que mató a la protagonista de esa maravillosa película cubana titulada Plaff… o demasiado miedo a la vida (1988), fue el intenso miedo a salir de su “zona de confort”, de enfrentar la imperiosa necesidad de cambiar, de tomar el riesgo de desembarazarse de sus prejuicios.
Concha enfrentaba una situación interna prácticamente insostenible y también una sistemática agresión externa. Un infarto la mató porque el miedo al cambio no le permitió enfrentar adecuadamente su circunstancia. Su miedo a la vida sobrepasó sus deseos de vivir.
Por cierto, en 1988, año en que se estrena la película, el mundo estaba cambiando radicalmente y en Cuba se sentían las réplicas de aquel terremoto político.
Hace cinco años utilicé la moraleja de la película de Juan Carlos Tabío para explicar lo que nos pasaba. En el artículo, “La economía cubana y el síndrome de Concha”, listé los costos de la resistencia al cambio, fenómeno muy natural en el comportamiento humano, pero también, bajo determinadas circunstancias, tan dañino como la peor de las epidemias.
Reproduzco a continuación lo que entonces dije.
“Esa resistencia ha generado costos muy grandes. Describo algunos de estos:
- La tasa de crecimiento sigue siendo muy baja y está muy lejos de la tasa de crecimiento que necesitamos.
- Las exportaciones de bienes siguen teniendo un comportamiento insuficiente y continúan concentradas en unos pocos bienes.
- La dependencia de las importaciones se mantiene y no parece que tenga solución de corto plazo.
- La presión fiscal no permite amplios márgenes de maniobra.
- El empleo no crece y se ha precarizado.
- El salario, a pesar del crecimiento del salario medio mensual, sigue siendo insuficiente.
- El éxodo de personal calificado, especialmente jóvenes y mujeres que desangra a nuestra economía, se mantiene.
- La tasa de inversión permanece muy baja respecto a las necesidades de crecimiento, prácticamente está a la mitad de esas necesidades y la ejecución de las inversiones sigue siendo insuficiente.
- La deuda de corto plazo a proveedores y los dividendos no pagados a inversionistas extranjeros son una carga financiera importante, se convierten en incentivos negativos al crecimiento y generan incertidumbre a futuros inversionistas interesados en el país.
- La empresa estatal socialista, responsable de al menos el 80 % del PIB y mayoritaria como fuente de empleo, pilar de las transformaciones emprendidas hace unos años, no alcanza a responder adecuadamente a nuestras necesidades de desarrollo y se ha anunciado será necesario repensar las OSDEs.
- La inversión extranjera, declarada estratégica para el desarrollo del país, no logra despegar y, aun cuando ha mejorado su captación respecto a años atrás, sigue siendo insuficiente y está lejos de nuestras necesidades reales.
- Se mantienen brechas importantes —vertical y horizontal— en la infraestructura básica.
- Existen brechas tecnológicas significativas en buena parte de nuestro sistema productivo.
- El sector no estatal, cooperativas y propietarios privados en general, arrendadores de tierra y empleados en ese sector, aún espera por un marco legal más proactivo que le permita crecer cualitativamente.
- Sectores decisivos, como la agricultura y la industria, no terminan de encontrar una senda dinámica de crecimiento sostenido.
Lamentablemente, seis años después, nada ha mejorado. Pido disculpas por recurrir a un ya viejo artículo que escribí en enero del 2019, pero es que el anuncio de las 176 medidas y los 23 ejes nos ha vuelto a poner en la situación de Concha.
¿Qué hacer? ¿Quitarnos los lastres que hemos heredado y todas esas piedras de las cuales hemos estado enamorados durante tantos años, las mismas que nos lanzamos una y otra vez delante para volver a chocar con ellas? ¿O emprender una senda llena de incertidumbre, prácticamente sin garantía alguna, en medio de una guerra declarada y de la complacencia de una parte significativa de la comunidad internacional?
Confieso que, para mi entender, son muchos ejes y también excesiva la cantidad de medidas. Confieso también mi preocupación por despertar expectativas que no puedan ser satisfechas en un futuro relativamente inmediato, definiendo la inmediatez como los próximos seis meses. Aseguro también que, más que lo definido, que viene a ser más bien el QUÉ, lo que será decisivo será el CÓMO, el CUÁNDO y el QUIÉN.
Nuevamente, el marco institucional será decisivo. Las características que definen un marco institucional cercano al óptimo se definen como sigue:
- Límites claramente definidos: Una regla que no es diáfana y precisa se incumple con más facilidad y se aplica con menos consistencia.
- Consistencia: Las normas se deben aplicar de la misma manera a todos los casos y sujetos que regule. Una regla plagada de excepcionalidades no es una regla.
- Arreglos de elección colectiva: Los sujetos de las normas deben participar en su creación y modificación. Una institución enajenada del consenso social no es sostenible en el largo plazo.
- Sanciones graduadas: Dependiendo de la gravedad y frecuencia de la infracción. Las sanciones no graduadas incentivan a los infractores a cometer siempre la mayor infracción posible.
- Mecanismos de resolución de conflictos: Eficaces, rápidos y de bajo coste.
- Reconocimiento de derechos: Las autoridades externas no cuestionan la capacidad de la sociedad para organizarse.
- Coherencia: Las instituciones de los distintos niveles se refuerzan y no se contradicen.
Tener reglas claras, las mínimas posibles, y reducir la discrecionalidad en toda la magnitud necesaria debería constituir la barra del timón de este proceso de transformaciones. Por ahí debería comenzar el CÓMO. Desde mi perspectiva, el avance que se puede tener en este proceso de reformas/transformaciones dependerá en mucho de reducir/evitar/eliminar todas aquellas normas que generan discrecionalidad en exceso y que abren espacios a manipulaciones que en nada premian la eficiencia y la competitividad.
Será un gran reto lograr ese marco institucional o acercarnos lo más posible a esas características, porque nuestro modelo político, económico y social ha sido un fértil sustrato para el crecimiento de prácticas altamente discrecionales, porque, la discrecionalidad ha sido FUNCIONAL al modelo político, económico y social que nos ha traído hasta aquí y que incluso, en una época, permitió avances significativos y contribuyó a la solidez del pacto social. Ocurre, para nuestro bien o para nuestro mal, que la época cambió y lo que ayer fue funcional hoy ya no lo es.
El anuncio de estos 23 ejes y 176 medidas obliga desde ya a echar a andar. Obliga a no esperar por “el momento adecuado”, sino a hacer de este momento el adecuado, a no buscar a “la persona de confianza” sino a fomentar la confianza en las personas, a no prometer, sino a dar —oportunidades, soluciones, espacio— a todos aquellos que quieran participar.
Los riesgos son tremendos. Evitar tomarlos no creo que sea recomendable. Hay que evitar que el síndrome de Concha vuelva a ganar esta batalla.
(Tomado de OnCuba)


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