Por Julio César Guanche
Arnold Bauer escribió en Somos lo que compramos. Historia de la cultura material en América Latina que, desde la colonia, las cosas fabrican identidad. Las élites del continente se definieron no por lo que producían sino por lo que importaban. Los «bienes civilizatorios» —seda, vino, moda europea— fueron el idioma con que el poder se hizo visible.
La entrevista a Raúl Guillermo Rodríguez Castro (RG) es un recorrido, en el plano más directo, por su closet: jeans ajustados azul claro, camiseta negra de Hugo Boss con tenis Hermès; camiseta blanca de Dolce & Gabbana con tenis de diseñador. Un Rolex de acero inoxidable. Un portafolio Salvatore Ferragamo.
Para Bauer, ningún objeto es inocente. El mapa de los consumos de RG es la geografía del poder: Nueva York, viajes frecuentes a Panamá con compras de artículos de lujo, la opulencia de Moscú, el foie gras parisino.
En el restaurante El Antojo, en La Habana Vieja, RG abre la noche con un Aperol Spritz y sigue con vino de California fuera de carta. Beber fuera de menú es la marca de distinción por antonomasia. Cuando come, su mesa es la única ocupada.
Bauer situó esto en el corazón de la historia material: los bienes importados marcan la frontera entre quiénes mandan y quiénes miran. La Revolución cubana prometió abolir ese lenguaje. El nieto de Raúl Castro lo habla con la fluidez propia del heredero. Dice no poseer riqueza propia: la ropa de diseñador, los vehículos, los viajes son pagados por «amigos adinerados».
No hay nada nuevo ahí: para Bauer, la propiedad es lo de menos. La identidad está en la exhibición. RG añade: «Me duele que las personas no puedan vivir como yo». Hasta su compasión se mide en capacidad de consumo.
En Fidel Castro el comportamiento público era distinto: su conexión pública con el pueblo pasaba por presencia corporal y palabra: las visitas a universidades, las fotos en comedores obreros, las movilizaciones donde él estaba.
Aquella lógica pública requería un carisma específico. El carisma, en Weber, no se hereda: se rutiniza, se degrada en administración. El ecosistema que legitimaba aquel sistema se desintegró. Con RG estamos, quizás, ante una re-espacialización del poder: no en la presencia física sino en el acceso suntuoso a lo escaso.
Ahora, Bauer quizás no lo explica todo. Estamos en 2026, en una Cuba que es sociológica y culturalmente «poscomunista» desde hace rato. RG no solo consume en el código de las élites globales: habla en el lenguaje de la música urbana, y más específicamente, del reparto cubano.
El reparto, en realidad, es opuesto a los «bienes civilizatorios»: nace de la «marginalia» urbana, es código de autenticidad popular, de «calle», de gente que dice lo que piensa sin filtros. RG habla ese lenguaje, que además baila bastante bien: en 2017 aparece bailando con Gente de Zona en Varadero con una camiseta de los Yankees que dice «El Cangrejo». El medallón de oro de RG con las iniciales de su abuelo grabadas es muy sintomático: es un linaje colgado del cuello. El «cadenón» es una marca identitaria de esa cultura, donde las hay.
Como es Cuba, con su lógica tan singular, el reparto de RG también está fuera del menú. RG quizás nos esté hablando de una reelaboración que habrá venido ocurriendo en su entorno entre la idea del poder «revolucionario» y su relación con el pueblo de Cuba. Dice «nosotros, cubanos, pero cubanos de verdad». Su ropa se la pagan sus «admiradores». Es el lenguaje repartero en su forma más aproblemática. No hay ciudadanías, ni siquiera «población», menos aún trabajadores, en ese discurso. Es el código del «pueblo» incrustado en un código de clase.
La vieja élite latinoamericana era visiblemente extranjerizante. La vieja lógica revolucionaria se centraba en los humildes. RG es otra cosa: dice pertenecer a un pueblo que accede a derechos de representación a través del consumo. Es el neoliberalismo pasado por la cultura que se le criticaba, en la teoría, a Nestor García Canclini.
RG llama «la Revolución» a su abuelo. Hay una ironía muy fuerte aquí: cuando Raúl Castro llegó al poder en 2008, prometió públicamente «institucionalizar» la Revolución. La institucionalidad sería la respuesta que ofreció al carisma personalista de su hermano. En ese proyecto estaban la Contraloría General de la República, las fiscalizaciones, los procedimientos, los congresos del PCC, como casi nunca, cada cuatro años, etc. RG, sin embargo, opera en otra dimensión: el don.
Dice no considerarse político, que nunca le interesó la política, «pero si en algún momento la Revolución me lo pide, lo haría». A la vez, opera dentro de la cultura social de la Cuba actual. Aquí quizás pueda verse una nueva élite post-ideológica —»nunca me ha interesado la política»— que es a la vez hiper-ideológica —»si hay algo en lo que creo es en estos dos hombres»—.
Sé que hay muchas más dimensiones en juego en esa entrevista, y confieso que la mayoría se me escapan. Solo estoy anotando una posible lectura. En una de las escenas más estrafalarias de la entrevista, que tiene muchas, al salir de El Antojo, un desconocido abraza a RG: «Mi sangre, yo sé que contigo regresará la luz a La Habana». Es un código de barrio, dirigido a alguien sin funciones públicas institucionales reconocidas, pero al que se le anotan negocios, viajes en aviones privados, y en yates, lujos diversos. ¿Qué se admira ahí? Quizás es la apología del poder desnudo y del mercado más brutal que se ha hecho en Cuba desde 1959.
(Tomado del Facebook del autor)


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