Yuliet Teresa/La Habana
Hay quienes miran una tragedia y buscan un culpable antes que un nombre. Antes que una historia. Antes que el temblor de unas manos que acaban de perderlo todo. Venezuela nos tiene que doler. Cuba nos tiene que doler.
Entonces aparecen las frases. «Es un castigo». «Es la venganza de la naturaleza». «Se lo buscaron». Palabras lanzadas desde la comodidad de un techo intacto, de una cama caliente, de una ciudad donde el suelo todavía no se ha abierto bajo los pies.
Pero la muerte no debería servir para confirmar nuestras ideas sobre el mundo. La muerte debería desarmarnos.
Cuando un edificio cae, no caen ideologías: caen cuerpos. Cuando el pavimento se rompe, no distingue entre quienes votaron de una manera o de otra. Cuando una madre busca a su hijo entre los escombros, el dolor no pregunta por afiliaciones políticas.
Algo profundo se rompe cuando somos capaces de convertir el sufrimiento ajeno en argumento, en consigna o en contenido para conseguir más alcance. Algo de nuestra humanidad se resquebraja cuando la solidaridad termina donde empiezan los aplausos, las pancartas o las publicaciones que nunca se convierten en ayuda real.
La solidaridad no es un discurso. Es una acción que se mueve. Es una mano que llega. Es una red que sostiene cuando el miedo deja de ser una noticia y se convierte en la única forma de respirar.
Desde Cuba, donde también conocemos el peso de las pérdidas, de los desastres y de la incertidumbre, la pregunta no debería ser quién tiene la culpa. La pregunta es otra.
¿Qué podemos hacer?
¿Cómo acompañamos a un pueblo de nuestra región que hoy despierta con el miedo instalado en el cuerpo? ¿Cómo tendemos un puente cuando el cielo parece haberse cuarteado sobre tantas vidas?
Quizá la respuesta no cambie el tamaño de la tragedia. Pero puede cambiar el tamaño de nuestra humanidad.
(Tomado del Facebook de la autora)


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