Manuel Juan Somoza/La Habana
Ni los que pican el bacalao en La Habana, ni aquellos que lo hacen desde Washington parecen tener la más remota idea de hasta cuándo durará el suplicio impuesto, en el que sobreviven los nueve millones y tanto de cubanos que quedan en la isla.
“¡Acciones más que palabras!”, exigen las bases en Miami de Trump y Marco Rubio con inconformidad en ascenso porque “los comunistas siguen en el poder” y Estados Unidos no ha realizado los ataques anunciados (bombardeos puntuales o invasión).
”¡Que se vayan todos pa´la pinga!”, escuché decir a voz en cuello esta última mañana de junio a un treintañero desgarbado y colérico en el oeste de La Habana, quien dejó sin precisar el alcance de su rotundo TODOS, aunque quizá no fuera necesario.
Cuando se llevan 24, 48 y 72 horas consecutivas sin electricidad y sin agua potable la ecuanimidad se diluye, el optimismo desaparece y el terrible “¡sálvese el que pueda!” toma el mando.
Y mientras esas verdades se suceden acá y allá, los medios estatales cubanos propagan una imagen de normalidad: el presidente Díaz-Canel y TODOS los principales dirigentes políticos y militares reunidos -distendidos-, en otro aniversario del Partido Comunista chino; festivales deportivos infantiles en las 15 provincias; actos culturales que se convocan y a veces deben ser suspendidos a falta de corriente; y la realización en agosto del anteriormente pospuesto Festival Internacional del Libro de La Habana.
Es probable que aquellos que diseñaron el optimismo mediático supongan que de esa manera ayudan a mantener el ánimo y es cierto que ningún cubano se inhibe cuando suena el cornetín, por muchas horas que lleve sin dormir.
No obstante, los hechos suelen ser más convincentes que los deseos y en tiempos en que hasta las tripas de muchos cubanos y cubanas retumban a cualquier hora, el optimismo diseñado puede tener el efecto contrario al esperado.
Por suerte para los amantes del béisbol (deporta nacional) y del fútbol (pasión que aumenta), la maltrecha serie nacional va llegando al desenlace con la ilusión de que el emblemático equipo Industriales gane al fin un nuevo campeonato, en tanto, el balón rueda entre Canadá, EU y México, los millones de dólares pasan sin ser vistos de mano en mano más allá de los estadios, y en la isla se hacen filigranas para ver, al menos, un buen partido, mientras la televisión nacional los transmite todos desde ayer.
Son válvulas de escape, en tiempos en que el gobierno ha propuesto la realización tardía de un paquete de reformas que solo alcanzan a desentrañar economistas, académicos y los cubanos interesados en entender lo que les espera.
Así comienza su despedida junio en esta isla acorralada, cuando en mi barrio el apagón suma 25 horas sin esperanzas de luz y en mi cabeza no deja de retumbar la expresión que escuché en la mañana de aquel treintañero desgarbado y colérico.


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