CUBA: ¿AHORA SÍ?

Manuel Juan Somoza/La Habana

A la altura de 2008 comenté “ahora sí vamos pa´rriba”. La afirmación esperanzada se la hice a Juan Carlos, el único de mis cinco hijos que quedaba en Cuba. Raúl Castro asumía la presidencia tras dejar constancia pública de que urgía cambiar muchas cosas en el andamiaje nacional.

Siguieron entonces congresos, plenos del Comité Central, múltiples sesiones de la Asamblea Nacional y la “actualización del modelo” quedó atrapada por la acción de los “nostálgicos de la Unión Soviética” y la de los amantes del capitalismo, según dijo Raúl, también públicamente.

Pasaron 18 años (el tiempo de una generación), Juan Carlos, con mis nietos, se unió a sus hermanos y a los dos millones de cubanas y cubanos dispersos por la aldea, hasta que entre el 17 y el 18 de junio nos enteramos que los que mandan habían alcanzado “la madurez necesaria” para, al fin, cambiar a fondo todo lo que debe ser cambiado.

Romper el inmovilismo que implica hacer lo mismo sin resultados positivos y sobrepasar las políticas erróneas acumuladas (desde una desastrosa y tardía unificación monetaria, hasta la aparición de aquella moneda virtual denominada MLC, que en opinión de un ministro preso ahora por traición, sería salvadora); repito, romper con ese escenario siempre será mejor que continuar malviviendo en él.

Sin embargo, hoy no tengo hijos ni nietos a mi lado, desconozco los detalles de los nuevos cambios anunciados y no siento la esperanza que sentí aquel lejano 2008. No creo que el capital pueda ser benevolente, dudo que las autoridades, que hasta ahora no han podido impedir que los privados (dueños de la comercialización de alimentos) vendan a precios especulativos, esté en condiciones de, al menos, atenuar en el futuro inmediato el costo social de lo que se nos viene encima.

Sin embargo, reconozco al mismo tiempo que siendo parte de la frontera sur de un Impero que no perdona, lejos de los aliados naturales, no hay otra alternativa que darle al mercado el peso que tiene, ampliar el incuestionable dinamismo del sector privado, soñar con que las empresas públicas devengan eficientes y aferrarse a las experiencias china y vietnamita, también cultural y geográficamente distantes.

Opté por la revolución “de los humildes y para los humildes “y ¡NO ME ARREPIENTO! No por tozudo, sino porque soy de los que piensan que si la aldea anda hoy más patas arriba que nunca, es precisamente por ese paradigma de que el dinero manda.

Sigo en La Habana este viernes caluroso, sin agua corriente en casa por los apagones estremecedores, y aspiro a seguir reportando lo que vendrá, mientras tenga fuerzas.

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