Manuel Juan Somoza/La Habana
Cuando llegan las habituales 22 horas de apagón, mi mente se activa, despierta episodios olvidados y reafirma que la profesión que practico solo acaba con la muerte.
En Cuba he conocido a periodistas buenos, brillantes y mediocres, como en cualquier otra parte del planeta. Hay congresos, organización gremial, ley específica, medios nacionales y locales, y se anuncia hasta la creación de un ministerio.
PERO CRECE INCONTENIBLE LA FALTA DE CREDIBILIDAD y de información oportuna con la profundidad sin retórica panfletaria que demanda el tiempo que corre desde enero.
El conflicto con Estados Unidos y las contradicciones entre las que sobrevivimos tienen en la información, por su impacto en la gente, el PRIMER ESCENARIO de esta batalla en curso, tras la instauración del cerco petrolero.
Y empujado por las horas sin dormir, evoco al SEXTO PISO de PRENSA LATINA (PL) y a una generación que aprendió a competir con las grandes agencias de noticias, en un mundo repartido entre ex metrópolis coloniales y el Impero estadounidense en auge.
En ocasiones, PL llegó tarde con sus verdades a los lectores dispersos por el planeta (eran -y son- abismales las diferencias tecnológicas). Sin embargo, se creía en lo que se hacía, había un campo relativamente amplio de actuación, y también en ocasiones la competencia fue vencida.
Vivian anticipó desde Luanda el golpe de Estado de Nito Alves, cuando la Agencia Francesa de Prensa ni se había enterado; Timossi detalló el golpe de Pinochet, aunque los militares cerraran la corresponsalía de PL en Chile; Nodal, desde Beirut, informó lo que muchos preferían no saber; Copa desentrañó a partir de Tokio las particularidades de Asia; Hutchinson debió pasar algunos días retenido cuando la invasión estadounidense a Granada; Gerardo César fue enviado de un conflicto a otro; y Aroldo Wall se adelantó a algunas jugadas geopolíticas.
Al interior de la isla, no obstante, el ejercicio de este oficio ha sido diferente, condicionado siempre por la agresividad norteña; por aquello de “no darle cartas al enemigo”, con lo cual la propaganda obvió hechos oscuros, extremos que costaron vidas, desaciertos y bandazos económicos, errores que se arrastran todavía.
¿Pudo ser de otra forma? No lo sé, pero hubiera preferido que lo fuera.
En mi opinión, la libertad de prensa es otro mito de estos tiempos. “El que paga manda”, me recordó un editor de MILENIO (multimedios PRIVADO) al censurarme un párrafo en nota enviada de La Habana. En el resto de la aldea decide el dueño del dinero, aquí la seguridad nacional o la interpretación que hagan de ella los mandantes.
Internet, en tanto, ha democratizado y enajenado al mismo tiempo la información, abriendo una pequeña ventana para descubrir verdades que no gustan a los decisores o a fin de adelantar enfoques sobre asuntos claves para la Nación, mientras la prensa de la isla debe esperar siempre autorización de arriba.
Y así inicio este 2do domingo de junio, reivindicando simplemente un oficio que respeto.


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