Manuel Juan Somoza/La Habana
Los cubanos caminamos por la mismísima mitad de este año de crueldad impuesta y yo lo hago entre muchas preguntas y casi ninguna victoria, pero tratando de reservarme siempre una esperanza.
Duró poco la noticia de que la empresa estadounidense Vanguard Energy vendería de manera regular a Cuba algunas cantidades de combustible para el sector privado, mediante acuerdos comerciales (los que se hacen en cualquier otra parte de la aldea) con la empresa estatal CUPET.
Duró lo que el merengue a la puerta del colegio. Los ultras de Miami se enteraron y ellos no permiten que “se haga negocio con la dictadura”. Ahora andan incluso reflotando la Constitución de 1940 a fin de traernos, dicen, “democracia plena” después , siempre después, del quehacer de los marines.
Junto con el disgusto de los ultras, llegaron nuevas sanciones -a CUPET, no por casualidad-, y hoy el presidente Díaz-Canel, al fin, anunció otros cambios al parecer estructurales -solo habló de generalidades- con vistas a levantar ánimos y dinamizar una economía que sucumbe.
Así van las cosas, a cuenta gotas, mientras hay mucha gente que lleva 30 o 72 horas sin servicio eléctrico, sin agua y sin gas, y dudo que estén al tanto de la noticia que duró menos que el merengue o del anuncio genérico del mandatario cubano.
En la isla, al menos, del lobo un pelo, a la espera de que se detalle lo anunciado. Del otro lado de la acera, aguardo lo peor.
No obstante, ayer fui invitado a degustar un buen tinto (soy tan amante del vino como de las mujeres, aunque desde hace media vida me acompañe una que vale por muchas). Y créanme que después de seis meses sin darme ese gusto, vi menos sombras en el camino y hasta conté siete isotanques de combustible importado de EU por los privados cubanos, rodando en dirección a La Habana desde el occidental puerto de Mariel.
Cuando la crisis aprieta lo grato, que fue compartido entre entrañables amigos y solo me cupo en copa y media, sabe a muchísimo.
Y así, con el mundial de fútbol andando (pese a la cuchareta de Donald Trump), y sin poder verlo, todavía deleitando la imaginación con el sabor del Emilo Moro, penetro en otro viernes de penurias, en la mismísima mitad de un año cruel, preguntándome qué me esperará mañana.


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