Manuel Juan Somoza/La Habana
Despierto este miércoles de junio divisando, quizá, los contornos del día después. Por primera vez en 60 años una compañía estadounidense anuncia que comercializará en dólares combustibles en Cuba, pese al cerco impuesto, para beneficio en esencia del sector privado, el cual lidera la comercialización de alimentos y marca pautas en la economía nacional.
Y mientras espero que alguna autoridad cubana se pronuncie, me pregunto si lo que corresponde es aplaudir o rezar. Como va el día a día, el dólar no solo manda en la necesidad de adquirir un trozo de pollo, sino en restar valor al concepto de que “esta es una Revolución de los humildes, con los humildes y para los humildes”.
No me detengo en los pormenores de la noticia originada en Miami. Me pregunto simplemente si estas verdades de hoy indican cómo será la Cuba del día después del cerco en marcha desde enero.
En mi opinión, sería suicida ir como íbamos ante de los ataques de Trump y Marco Rubio. No obstante, parece que la salida del hueco en que se encuentra la Nación por la suma de los errores de los que mandan aquí y la profundización de la guerra económica impuesta desde el Norte, tendrá un costo social mucho más alto QUE EL QUE YA TIENE.
Y en este contexto nebuloso, solo esperanzador para quienes cuentan con capital a mano, el empresario cubano-estadounidense Hugo Cancio ha vuelto a promover la idea de alcanzar un pacto nacional, aspiración cercana en su esencia al postulado de “por todos y para el bien de todos” y a lo mejor realizable, pero dentro de tres o cuatro generaciones por una razón tan contundente como distante.
En 1959 NO triunfó en Cuba una revolución de panfleto, comenzó un movimiento telúrico de contenido ideológico, social, político, económico y cultural que estremeció al país, al resto del continente e impactó incluso en otras regiones de la aldea.
A partir de aquel 1 de enero, fueron inevitables las heridas profundas abiertas (de los bolsillos hasta el alma) en los cubanos que cifraron sus esperanzas en los paradigmas borrados de cuajo por la Revolución, aunque fueran sembrados con intensidad tras la ocupación militar estadounidense.
Y también a partir de ese día de enero, la misma Revolución llevó a quienes no conocían ni los helados, ni la luz eléctrica, a soñar que sus hijos o sus nietos tendrían la oportunidad inédita de ser gentes y hasta científicos o artistas, como al final ocurrió con muchos.
Un intento inicial de reconciliación y diálogo habría ocurrido cuando La Habana aceptó intercambiar por alimentos a los invasores capturados tras la debacle de Playa Girón. PERO FUE TARDE Y SOLO HABÍA TRANSCURRIDO DOS AÑOS Y TRES MESES DEL PRIMERO DE ENERO. DEL LADO DE ALLÁ, Y HASTA HOY, SE PIDIÓ VENGANZA, Y DEL LADO DE ACÁ SE RESPONDIÓ CON INTRANSIGENCIA.


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