Primer encuentro de Red Crearte Cuba

Yuliet Teresa /Matanzas

La semana pasada pasó como pasan algunas tormentas: dejando las ventanas abiertas y el cuerpo un poco desordenado. Una semana intensa y maravillosa. Apenas hubo tiempo para detenerse. Apenas tiempo para nombrar lo vivido. Y, sin embargo, hay cosas que, si no se dicen, parecen quedarse golpeando por dentro, como quien toca una puerta con insistencia.

Entonces escribo. Porque la gratitud, cuando es mucha, también necesita un sitio donde reposar.

En Matanzas —esa ciudad que sabe de mares y de sombras, de humedad y resurrecciones discretas— ocurrió algo que parecía pequeño, pero no lo era: un grupo de personas decidió reunirse para crear juntas. No solo crear. Escucharse. Mirarse. Reconocerse. Poner el cuerpo, la fe, la imaginación y la obstinación sobre la mesa compartida.

Algunos viajaron cientos de kilómetros. Otros cruzaron fronteras. Llegaron con maletas llenas de cosas invisibles: canciones, cansancios, preguntas, versos, cicatrices, ganas. Llegaron porque algo —tal vez una intuición, tal vez una esperanza— les dijo que había que estar allí.

Y estuvieron.

El Primer Encuentro de Red Crearte Cuba comenzó como comienzan las cosas verdaderas: con personas. No con estructuras. No con estrategias. Personas. Rostros conocidos. Otros recién llegados. Gente que inspira sin darse demasiada cuenta. Gente que canta como quien sostiene una lámpara en medio del apagón. Gente que danza. Que borda imágenes. Que convierte la fe en una materia palpable y la creatividad en una forma de servicio.

Hubo apagones, claro. Zozobras. Esa impotencia que a veces se instala en Cuba como un animal silencioso en medio de la sala. Pero, por unos días, algo más fuerte hizo contrapeso. Como si el cansancio colectivo hubiera decidido retroceder unos pasos para dejar entrar otra cosa: la belleza de estar juntxs.

Se habló de renovación litúrgica y cubanía. De liturgias inclusivas. De ecumenismo. De esa futura Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2028 cuyos materiales litúrgicos serán creados desde Cuba para comunidades de muchos países. Y había algo profundamente hermoso en esa noticia: pensar que desde esta isla golpeada y poco luminosa pueda nacer una voz para la iglesia global. Una voz hecha de nuestras fracturas, de nuestros ritmos, de nuestra forma particular de sobrevivir creyendo.

La liturgia —alguien pareció recordarnos— no se construye únicamente desde lo que hacemos. También se alimenta de memoria. De quienes estuvieron antes. De las personas que abrieron camino mientras todavía no sabíamos siquiera hacia dónde mirar.

Hubo también una noche de velas. Tempestad afuera. Historias adentro.

Bajo aquella luz temblorosa, se compartieron recuerdos. Pero no cualquier recuerdo: de esos que se quedan viviendo dentro de una persona mucho tiempo después de haber sucedido. Historias de gratitud. De ausencias. De nombres pronunciados despacio. De un Dios que, incluso cuando parecía callado, seguía allí: acompañando.

Y ocurrió un gesto mínimo, de esos que solo más tarde revelan su tamaño.

En cada actividad formativa de la Jornada Litúrgica, cada participante había escrito su nombre sobre una pequeña aspa de molino de color. Una pieza diminuta. Aislada, casi nada. Pero encuentro tras encuentro, esas aspas comenzaron a unirse hasta formar un molino mayor. Un símbolo del camino compartido.

En este Primer Encuentro de Red Crearte Cuba se colocó la última aspa.

Nadie aplaudió una estructura. Nadie celebró un organigrama. Lo que estaba allí era otra cosa: el testimonio de que las redes nacen de las personas. Del gesto insistente de encontrarse. De permanecer. De creer que todavía vale la pena construir algo común.

Miro las fotos ahora de Karen Alcázar Noda, Ingrid Fundora Hernández, el pequeño gran Thiago y pienso que tal vez estos son los verdaderos rostros de una red: personas que hacen de la creatividad una forma de servir y de la fe una fuente de inspiración.

Los apagones siguieron. La incertidumbre también. Nada cambió y, al mismo tiempo, algo cambió. Durante unos días, en un país cansado, la desesperanza perdió terreno.

Y eso, ya es muchísimo.

(Tomado del Facebook de la autora)

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