CORTA LECTURA DE LO OCURRIDO EN LA HABANA

Manuel Juan Somoza /La Habana

Parecía una imprudencia el despliegue militar que comenzó a registrarse el 5 de junio en dirección al teatro Karl Mark, en la costa oeste de La Habana, al alcance de cualquier batería de cohetes Tomahawk en tiempos de guerra anunciada por Donald Trump.

O al menos, eso pensé cuando aún desconocía lo que ocurriría. Tengo muy presente el secuestro de Nicolás Maduro durante el ataque quirúrgico realizado el 3 de enero y la práctica de Fidel Castro de solo moverse con su hermano Raúl en muy contadas ocasiones a fin de garantizar el relevo en cualquier circunstancia adversa.

Pero tras conocer lo ocurrido admito que en este asunto me equivoqué. La reunión en ese recinto de TODOS LOS ALTOS MANDOS militares y políticos del país fue mucho más que dos celebraciones impensadas o divorciadas del momento tenso en que se vive.

Por haberlo sufrido, supongo que si se llevan 20 horas sin electricidad y sin agua en las pilas, y suman cinco meses de penurias de todos los tamaños, acontecimientos como ese no trascienden a nivel personal o familiar, el agobio aturde.

No obstante, en un país donde los símbolos todavía cuentan, aquel viernes parece haber sido expresión de virilidad y de conocimiento CASI EXACTO de hasta dónde son realizables o no las amenazas de bombardeos e invasiones con las que Trump acompaña desde enero las presiones económicas y su guerra psicológica.

Allí no solo estuvo Raúl, pese al proceso judicial abierto en Miami, ni los principales mandos. Allí se registró una síntesis del pensamiento y la cultura cubana de estos tiempos, con Pancho Amat haciendo cantar al tres y Frank Fernández volviendo a sacar magia del piano.

Se movieron recursos en silencio en momentos en que los recursos faltan, pero hay casos en que tal despliegue es necesario, al menos, desde la visión de los que mandan. Cuando la soberanía está en el mismísimo filo del cuchillo norteño, es útil decir sin palabras a quienes tienen por misión espiar, analizar y proponer el mejor ataque, que este es un país pobre en economía, donde los errores cometidos pesan, sin embargo, cuando el riesgo se viste de mayúscula sabe tener respuestas.

Los símbolos recorrieron el teatro repleto y a tiro de cohetes. El ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, General de Cuerpo de Ejército Álvaro López Miera, que le levantó la mano en señal de victoria al titular del Interior, Lázaro Alberto Álvarez Casas, general de tres estrellas en ascenso sostenido, y además del espaldarazo a Raúl por sus 95 años, se rindió tributo a quienes, sin protagonismo público, han defendido la seguridad y la estabilidad del país durante 65 años. Hubo otros símbolos que de momento me reservo.

Ha comenzado el primer domingo de junio y la desesperanza continúa, empero, esta vez tengo la impresión de que Cuba acaba de hacer una demostración de fuerza y de inteligencia que no pasarán por alto ni los cortos de visión allá y aquí. Así también se GANAN BATALLAS.

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