Cuba necesita un pacto nacional

Foto: EFE/ Ernesto Mastrascusa.

Ninguna victoria política, de ningún bando, tendrá valor si perdemos la nación en el proceso.

Por Hugo Cancio

Una pregunta me acompaña cada mañana cuando leo las primeras noticias del día sobre Cuba. No es quién gobernará el país, ni qué sistema prevalecerá. Tampoco es quién tuvo razón durante los últimos sesenta y seis años.

Lo que preocupa me parece mucho más importante. ¿Qué pasará con Cuba el día después?

Durante décadas los cubanos hemos discutido sobre el pasado. Hemos discutido sobre la Revolución, sobre el embargo, sobre el exilio, sobre el sistema político, sobre Estados Unidos y sobre nuestros propios errores. Hemos debatido tanto sobre lo que ocurrió ayer que muchas veces hemos olvidado prepararnos para lo que puede ocurrir mañana. Y el mañana ya está tocando la puerta.

La realidad de Cuba es visible para todos. No hace falta exagerarla ni utilizarla políticamente. Está ahí.

Es un país con una infraestructura agotada: un sistema eléctrico al borde del colapso. Hospitales que sobreviven gracias al sacrificio extraordinario de médicos y enfermeras. Una economía incapaz de satisfacer las necesidades más básicas de la población.

Millones de cubanos viven pendientes de una remesa, de una recarga telefónica o de una ayuda enviada desde el exterior. Y hay al menos una generación de jóvenes que ya no sueña con transformar el país, sino abandonarlo. Esa es la tragedia más profunda.

No es que los cubanos quieran cambiar de gobierno. No es que quieran cambiar de sistema. Sino que muchos han dejado de creer que Cuba puede cambiar; por eso pienso cada vez más en el día después.

Porque llegará. No sé cuándo, ni cómo, ni bajo qué circunstancias, pero llegará.

Y cuando llegue, el mayor desafío no será solo político: de figuras o partidos o grupos. El problema mayor no será quién ocupará una oficina, sino quién puede unificar fuerzas para conseguir sacar a flote el país y hacer que funcione lo que hoy ya existe. Habrá quien se sienta tentado a destruir todo lo viejo, pero esto sería un gran error.

Quién garantizará que los hospitales y las escuelas permanezcan abiertos. 

Quién asegurará que llegue el combustible. 

Quién mantendrá operativos los puertos y aeropuertos.

Quién garantizará la distribución de alimentos.

Quién hará funcionar los sistemas de distribución de agua y el resto de los servicios básicos.

Quién evitará que la desesperación acumulada durante décadas se convierta en confrontación entre cubanos.

Observando procesos de transición en diferentes partes del mundo, se aprende que los países no fracasan cuando cambian, sino cuando se autodestruyen mientras cambian. Y ese es el riesgo que debemos evitar.

Algunos creen que el principal desafío de una nueva etapa será económico. Otros creen que será político. Yo creo que en gran medida el desafío será emocional.

Después de décadas de división, existe mucho dolor acumulado, heridas, resentimientos, cuentas pendientes, historias personales que merecen ser escuchadas.

Pero una nación no puede construir su futuro únicamente sobre sus heridas. La justicia y la verdad serán necesarias, reconocer el sufrimiento también, pero la venganza sería un desastre nacional.

Lo he dicho antes y lo repetiré cuantas veces sea necesario: Cuba no necesita una cacería de brujas, ni reemplazar una exclusión por otra. No necesitamos crear una nueva categoría de ciudadanos derrotados.

La inmensa mayoría de los cubanos no son responsables de la crisis nacional. La inmensa mayoría simplemente intentó sobrevivir.

Maestros.

Médicos.

Ingenieros.

Trabajadores estatales.

Militares.

Policías.

Campesinos.

Emprendedores.

Jóvenes.

Jubilados.

La mayoría de ellos no diseñó el sistema, simplemente vivió dentro de él. Y la reconstrucción del país necesitará de todos: de los que se fueron y de los que se quedaron, de los que apoyaron y de los que criticaron. De los que tienen recursos y de los que no tienen nada.

La reconstrucción de Cuba será demasiado grande para que la haga una sola generación, una sola ideología o un solo grupo político.

Y aquí entra en escena la diáspora.

He hablado muchas veces sobre su importancia porque la diáspora no es una realidad externa a Cuba: la diáspora es Cuba. Son millones de cubanos que continúan sosteniendo a sus familias, ayudando a sus comunidades y manteniendo vivo un vínculo emocional con la tierra donde nacieron.

Pero la diáspora no debe regresar como conquistadora, sino como constructora. No para imponer, humillar, repartir certificados de patriotismo. Debemos regresar con humildad, con generosidad y con una profunda comprensión de que quienes permanecieron dentro de Cuba también hicieron sacrificios enormes.

La reconstrucción nacional exigirá inversión, conocimiento, experiencia internacional y capital, pero también exigirá respeto, mucho respeto. Porque ningún país puede reconciliarse si una parte de la nación pretende imponerse sobre la otra.

Por eso creo que Cuba necesita comenzar a discutir desde ahora un gran pacto nacional de estabilización. Un acuerdo básico entre cubanos, un compromiso mínimo que trascienda ideologías. Un entendimiento nacional para proteger la paz, garantizar los servicios esenciales, evitar la violencia y crear las condiciones necesarias para que el país pueda reconstruirse.

Tendría que ser un acuerdo que reconozca que el futuro de la nación es más importante que nuestras diferencias; que la estabilidad es más importante que la revancha; que la reconciliación es más importante que el odio; y que la supervivencia de Cuba es más importante que la victoria de cualquier grupo político.

La historia nos está acercando a un momento decisivo. Tal vez más cerca de lo que muchos imaginan.

Cuando llegue ese momento, cada cubano tendrá que responder una pregunta sencilla: ¿Queremos heredarles a nuestros hijos una nación dividida por el resentimiento o una nación unida por la esperanza?

Yo tengo clara mi respuesta. Sueño con una Cuba donde nadie tenga que marcharse para prosperar; donde pensar diferente no sea un problema; donde el éxito de un cubano sea celebrado por todos los demás.

Una Cuba donde la reconciliación no sea una consigna política, sino una realidad nacional. Porque al final del camino, después de todas las discusiones, después de todas las ideologías y después de todas las heridas, quedará una sola verdad: no habrá futuro para Cuba sin los cubanos, todos.

Y no habrá una nueva Cuba si antes no aprendemos a reconstruirnos como nación.

Se necesita un pacto para preservar la nación. Y no hablo de un pacto político, ni de un acuerdo entre partidos. No hablo de repartir poder.

Hablo de un pacto nacional para proteger a Cuba durante los primeros meses de una nueva etapa y que suponga un compromiso entre cubanos para garantizar la continuidad de los servicios esenciales, proteger a los sectores más vulnerables, evitar la violencia, preservar el funcionamiento de las instituciones fundamentales del país y crear las condiciones necesarias para una recuperación económica acelerada.

Tendría que ser un pacto que permita mantener funcionando los hospitales, las escuelas, los sistemas de agua, la generación eléctrica, los puertos, las comunicaciones y la distribución de alimentos mientras el país avanza hacia una nueva realidad económica y política.

Un pacto para que nadie tenga que renunciar a sus ideas, pero donde todos aceptemos una responsabilidad común: impedir que Cuba se derrumbe mientras intenta levantarse.

La justicia no debe ser confundida con venganza, ni la reconciliación con olvido. Y la firmeza no puede convertirse en odio.

La historia demuestra que los pueblos prosperan solo cuando son capaces de construir consensos mínimos alrededor de objetivos superiores, y ese debe ser nuestro desafío.

No se trata de demostrar quién tenía razón o quién ganó. No podemos volver a dividir a Cuba entre vencedores y vencidos, sino demostrar que los cubanos fuimos capaces de salvar a Cuba cuando más nos necesitaba.

El verdadero éxito de una nueva etapa no podrá medirse por el simple cambio de un gobierno, sino por la capacidad que tuvimos, como pueblo, de preservar nuestra nación.

(Tomado de OnCuba)

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