Cuba en el interregno

La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados. Antonio Gramsci

Por Hiram Hernández Castro

I. Cuba entre precarización y disputa geopolítica

Desde hace demasiado tiempo, Cuba viene siendo analizada como si fuera una pieza congelada de la Guerra Fría. Para unos, sigue siendo la última trinchera del socialismo y la épica revolucionaria. Para otros, no es más que una dictadura agotada, un sistema postotalitario a la espera de un derrumbe semejante al del bloque soviético, de una intervención externa o un estallido social.

Esas miradas, aunque parten de posiciones opuestas, comparten la simplificación de toda una sociedad. La convierten en símbolo, en museo, en amenaza, en causa, en consigna; pero muchas veces dejan fuera a la sociedad cubana concreta, a la gente que vive, espera, resiste, emigra, se cansa, protesta o simplemente intenta llegar al final del día.

No estamos ya en la coyuntura de adrenalina de los primeros años de la Revolución: Playa Girón, la Crisis de Octubre, la confrontación bipolar clásica. Tampoco estamos ante una multipolaridad que, al menos en el Caribe, haya producido márgenes reales de autonomía. Al contrario, en este lado del Atlántico parece reactivarse una vieja lógica hemisférica, cercana al reflejo doctrinario de Monroe: la idea de que Cuba pertenece, por geografía y por poder, a la zona de influencia de Estados Unidos.

La crisis cubana ocurre en un mundo que habla de multipolaridad, aunque en esta región Washington vuelve a comportarse como si América Latina fuera su patio estratégico. Bajo Trump, con figuras como Marco Rubio impulsando una política de asfixia, esa lógica ya no aparece disfrazada de diálogo, sino como presión directa, castigo energético colectivo y pedagogía imperial.

Con todo, reducir la crisis cubana exclusivamente a Estados Unidos también implicaría simplificar un proceso histórico mucho más complejo. Cuba condensa hoy, de manera extrema, muchas de las tensiones del mundo contemporáneo: crisis de legitimidad política, desigualdad creciente, agotamiento institucional, migraciones masivas, polarización digital, desgaste de los relatos históricos y disputa geopolítica entre potencias.

La precariedad material es profunda. A ello se suma otra crisis menos visible: el duelo silencioso por el agotamiento de un horizonte colectivo que durante décadas dio sentido a la vida nacional y que hoy parece incapaz de producir esperanza.

Mientras todo eso ocurre, la vida cotidiana transcurre entre apagones, inflación, pobreza creciente, precarización cotidiana y pérdida de horizonte. No hablo de una abstracción llamada «el pueblo». Hablo de hogares donde se decide qué comida se sacrifica, qué medicina no se compra, qué objeto se vende, qué joven se va, qué anciano queda solo, qué familia se fragmenta.[1]

La Isla no solo enfrenta falta de combustible, alimentos, divisas o inversión. Enfrenta algo más profundo: la dificultad de imaginar un futuro compartido que no sea ni la continuidad empobrecida ni una restauración neoliberal tutelada desde afuera.

Antonio Gramsci llamó interregno al momento en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no logra nacer.[2] Pocas sociedades contemporáneas expresan hoy esa tensión con tanta claridad como Cuba.

La Isla vive un interregno histórico donde confluyen precarización de la vida cotidiana, coerción geopolítica y crisis del horizonte social.

II. Asfixia externa y cierre interno

Hoy Cuba —su sociedad, su gobierno y su propia estructura estatal— enfrenta uno de los momentos más extremos de la histórica política de sanciones y bloqueo articulada por Estados Unidos durante más de seis décadas. Bajo la segunda administración de Donald Trump, sectores de la ultraderecha republicana y del anticastrismo más intransigente han reforzado una lógica restauradora que continúa pensando la relación con Cuba en términos de rendición total del adversario político.

Aquí también hay que ser claros. El bloqueo no explica todos los problemas internos de Cuba, pero minimizar su impacto real sería intelectualmente deshonesto.

Durante décadas, las sanciones han condicionado estructuralmente la economía cubana: acceso financiero restringido, persecución bancaria internacional, encarecimiento de importaciones, dificultades energéticas, limitaciones tecnológicas y obstáculos permanentes para comerciar con terceros países.

Las sanciones secundarias, la presión sobre bancos extranjeros y las amenazas a empresas energéticas buscan asfixiar la Isla. Sin embargo, la dirigencia cubana tampoco consiguió —más allá de la dependencia soviética primero y venezolana después— construir un modelo suficientemente abierto, flexible y democrático capaz de generar alternativas sostenibles frente a esa presión externa. El cierre político terminó limitando también la capacidad de deliberar y decidir sobre otros proyectos para el país.

Conviene decir algo incómodo para ambos extremos ideológicos: el bloqueo fracasó tanto en provocar la caída del sistema como en producir democratización; el cierre interno fracasó en producir prosperidad y alternativas. Entre ambas lógicas, el gran perdedor histórico ha sido el ciudadano cubano de a pie.

Como advierten los académicos estadounidenses William LeoGrande y Peter Kornbluh, las nuevas sanciones impulsadas por Washington buscan estrangular el suministro energético y financiero de la Isla mediante mecanismos de presión extraterritorial sobre terceros países y empresas. Los autores sostienen que esta política de «diplomacia coercitiva» está empujando a Cuba hacia una crisis humanitaria cada vez más profunda.[3] Y como ha señalado la socióloga cubana Mayra Espina, esas crisis no impactan de manera homogénea: terminan profundizando desigualdades sociales, territoriales y racializadas, afectando especialmente a los sectores más vulnerables, entre ellos mujeres, ancianos y hogares empobrecidos.[4]

Eso es importante porque obliga a romper otra falsa dicotomía. Criticar el autoritarismo burocrático interno no obliga a legitimar políticas de asfixia externa. Y rechazar el bloqueo tampoco obliga a romantizar el inmovilismo estatal cubano, ni a justificar un despotismo que frente a las disidencias suele responder con criminalización de la protesta, castigos desproporcionados y cierre político.

El 11 de julio de 2021 mostró precisamente esa fractura. Miles de ciudadanos salieron a las calles reclamando por la escasez, los apagones y el deterioro de las condiciones de vida, mientras consignas como «Libertad» y «Patria y Vida» expresaban también un malestar cívico y generacional.

Más allá de las disputas sobre aquellas protestas, el 11-J reveló fisuras profundas entre la dirigencia política y sectores importantes de una sociedad empobrecida y fatigada.[5]

La respuesta inicial del gobierno fue convocar a un «combate» contra «mercenarios», «vándalos» y «confundidos». Y ahí probablemente ocurrió uno de los grandes errores políticos del aparato estatal cubano contemporáneo, el de responder a la protesta social más desde la lógica de la seguridad que desde la escucha política. La existencia de intentos de instrumentalización externa —los hubo— no elimina el imperativo ético y estratégico fundamental de hacer política intentando colocarse en el lugar de quienes protestan.

Ahí radica uno de los problemas centrales del debate sobre Cuba: la incapacidad para pensar simultáneamente varias verdades incómodas. Muchas veces el debate intenta reducir la densidad histórica y política a una contabilidad mecánica de culpas y responsabilidades.

Sabemos, por ejemplo, que el ser humano no es 50% biológico y 50% social. Es 100% biológico, 100% social y 100% cultural al mismo tiempo. Aquí tampoco estamos ante una ecuación simple de porcentajes de culpas. No se trata de decidir cuánto corresponde al bloqueo y cuánto a la ineficiencia interna, como si pudiéramos separar quirúrgicamente procesos históricos que llevan décadas interactuando entre sí.

La Revolución Cubana triunfó en plena Guerra Fría, dentro de la zona de influencia histórica de Estados Unidos y en el corazón del mundo bipolar. De ahí surgieron la dependencia soviética, la consolidación de una estructura estatal burocratizada, un bloqueo persistente y una economía periférica extremadamente vulnerable. A ello se sumó una política de sanciones diseñada para erosionar capacidades estatales y ampliar las oportunidades para la contienda política. Frente a ese escenario, la dirigencia cubana respondió reforzando el verticalismo, el cierre político y la lógica represiva del aparato estatal.

Todo eso actúa al mismo tiempo sobre la vida cotidiana de los cubanos. Y por lo general el debate público ha tomado una parte del fenómeno —el bloqueo o el régimen cubano— y la ha convertido en la explicación total, de acuerdo con su ideología, sus sesgos de confirmación y los poderes hegemónicos y mediáticos más próximos.

El resultado es una creciente polarización de los relatos sobre Cuba. Hace apenas unas semanas, mientras el gobierno afirmaba reunir millones de firmas «en defensa de la soberanía», una encuesta difundida por medios digitales opositores sostenía que una parte importante de quienes respondieron desde la Isla apoyaría incluso el derrocamiento armado del sistema y valoraba positivamente figuras como Marco Rubio.

Ninguno de esos dispositivos puede leerse de manera ingenua. Ambos relatos están profundamente condicionados. El problema no es decidir cuál expresa la «verdadera voz» de Cuba, sino advertir que entre esos relatos enfrentados suele desaparecer la experiencia de una sociedad diversa, contradictoria y fragmentada, desplazada una vez más del debate sobre su propio destino.

III. La sociedad cubana y la ventriloquía

Quizás uno de los grandes problemas de la discusión contemporánea sobre Cuba sea hablar constantemente «sobre» los cubanos, pero mucho menos «desde» la experiencia concreta de los cubanos de la Isla.

Y aquí me parece útil recuperar la idea del antropólogo ecuatoriano Andrés Guerrero de la ventriloquía política. Es decir, situaciones donde distintos actores hablan en nombre de otros y terminan sustituyendo su voz.

En torno a Cuba pareciera funcionar hoy una especie de ventriloquía múltiple. Miami-Washington habla por Cuba. El Estado habla «por el pueblo». El exilio habla «por la nación». Las redes hablan «por la Isla».

Entre todas esas voces, la experiencia cotidiana de los cubanos de a pie suele quedar parcialmente borrada.

En ese sentido, es central comprender que, incluso en medio de la precarización extrema, la sociedad cubana sigue produciendo formas cotidianas de adaptación, solidaridad, negociación, crítica y supervivencia que no encajan fácilmente ni en la narrativa heroica oficial ni en la retórica del derrumbe inminente. No todo es obediencia. No todo es resistencia épica. Tampoco toda la sociedad vive esperando una salvación externa o un estallido inevitable.

En Cuba hay también redes familiares que sostienen barrios enteros; economías informales que reemplazan funciones estatales colapsadas; ciudadanos que critican al sistema y rechazan igualmente cualquier forma de intervención extranjera; jóvenes que desean cambios profundos sin imaginar necesariamente una restauración neoliberal. Al mismo tiempo, esas formas de adaptación y supervivencia se distribuyen de manera profundamente desigual. El acceso diferenciado a remesas, divisas y redes transnacionales está profundizando jerarquías sociales cada vez más racializadas y territoriales, debilitando la relativa igualdad social construida durante décadas, que fue uno de los pilares históricos de legitimidad de la Revolución.

Quizás una de las expresiones más interesantes del entramado de tensiones sea la emergencia, en los últimos años, de intelectuales, periodistas, académicos y ciudadanos que resultan difíciles de encajar en la vieja polarización cubana. Se trata de voces diversas que intentan pensar el país más allá tanto del lenguaje oficial como de los imaginarios de restauración política que circulan en determinados sectores del exilio, revelando la persistencia de una sociedad que continúa buscando alternativas para sí misma, alejada tanto del inmovilismo burocrático como de formas de tutela externa.

A veces pareciera que Cuba solo pudiera imaginarse desde dos futuros extremos: o la continuidad empobrecida del presente o una especie de refundación traumática dirigida desde afuera. Ambos imaginarios resultan profundamente peligrosos.

Por eso conviene insistir en que reconocer la gravedad de la crisis cubana no obliga a romantizar escenarios de caos o implosión social. Las sociedades no son laboratorios geopolíticos. Los pueblos no deberían pagar con sufrimiento ilimitado las fantasías estratégicas de ningún poder.

No sé si Cuba se dirige hacia un estallido social, una transición negociada, una apertura administrada o una prolongación incierta del deterioro actual. Lo evidente es que Cuba ya cambió profundamente. Y ninguna estructura política puede permanecer indefinidamente ajena a las transformaciones de la sociedad que la sostiene.

Un viejo orden que pierde capacidad de organizar consenso mientras el nuevo todavía no logra nacer plenamente. Y en ese claroscuro proliferan fenómenos muy complejos: cinismo político, fatiga social, emigración masiva, desigualdad creciente, repliegue hacia la supervivencia individual, pero también nuevas formas fragmentarias de ciudadanía y de crítica pública.

La pregunta entonces no es solamente cómo cambiar el sistema político cubano sino ¿cómo reconstruir un horizonte colectivo de país?

Cuba necesita transformaciones profundas. Necesita prosperidad y, a la vez, disminuir desigualdades, reconstruir institucionalidad pública, abrir espacios reales de participación, procesar democráticamente sus conflictos y generar condiciones mínimas de dignidad cotidiana. Cuba necesita hacerlo sin quedar subordinada a nuevas formas de tutela externa, restauración oligárquica o dependencia geopolítica.

Alcanzar ese equilibrio será extremadamente difícil. Porque el futuro de Cuba probablemente no consista en elegir entre un socialismo autoritario y un capitalismo colonial. Se decidirá, más bien, entre distintos modos de gestionar soberanía, desigualdad, participación, derechos y supervivencia social.

Martí advirtió que «los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos» [6]. Rosa Luxemburgo sostuvo, por su parte, que «la libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien piensa de manera diferente»[7]. Tal vez el desafío cubano contemporáneo consista en intentar sostener ambas intuiciones al mismo tiempo. Solo entonces Cuba podrá volver a reconocerse como sujeto de su propia historia.

El presente texto retoma y amplía ideas expuestas en el panel «Cuba: posibles desenlaces de la crisis actual», realizado en FLACSO Ecuador el 20 de mayo de 2026.


[1] Mayra Espina, entrevistada por CEDA en “Poverty in Cuba Today: From Structure to Daily Life” (2026).

[2] Gramsci, A. (1981). Cuadernos de la cárcel (Vol. 3). Ediciones Era. (Trabajo original escrito entre 1929 y 1935).

[3] LeoGrande, W., & Kornbluh, P. (2026, marzo). Los planes de Trump para «tomar Cuba». Nueva Sociedad.

[4] Espina Prieto, M. (2008). Políticas de atención a la pobreza y la desigualdad: Examinando el rol del Estado en la experiencia cubana. Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).

[5] Hall Lujardo, A. (Coord.). (2023). Cuba 11J: Perspectivas contrahegemónicas de las protestas sociales. Marx21. https://marx21.net/2023/07/11/libro-cuba-11j/

[6] Martí, J. (1975). Las guerras civiles en Sudamérica. En Obras completas (Vol. 6, p. 46). Editorial de Ciencias Sociales. (Trabajo original publicado el 22 de septiembre de 1894).

[7] Luxemburgo, R. (2003). La revolución rusa. Fundación Federico Engels. (Trabajo original escrito en 1918 y publicado en 1922).

Hiram Hernández Castro

Profesor e investigador en Cuba y Ecuador. Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO, Ecuador

(Tomado de La Joven Cuba)

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