Soberanía, intervención y tragedia


   Jorge Gómez Barata  /La Habana
En América Latina, los eventos políticos más constantes han sido, a lo interno los golpes de estado, las dictaduras y los fraudes electorales y, en lo externo, el intervencionismo de Estados Unidos, asociado a vulneraciones de la soberanía nacional que suelen conducir a intervenciones militares. El caso más reciente es el de Venezuela, el próximo, según Donald Trump, será Cuba. El único país del hemisferio que no ha pasado por ninguna de esas experiencias son los Estados Unidos.  
En democracia, los pueblos y no los gobernantes son los soberanos. A diferencia de lo que ocurría en las monarquías donde las personas de todas las categorías, excepto los nobles, eran súbditos, sin derechos y condenados a obedecer; en las repúblicas son ciudadanos, personas libres, miembros activos de los estados y titulares de todos los derechos.
La soberanía nacional es un atributo de los pueblos y es, ante todo, soberanía popular que no es algo que los gobernantes o las metrópolis concedan, sino un don de la existencia que se ejerce. El modo más visible de hacerlo son los entornos regidos por la institucionalidad que se despliegan en la era moderna y en democracia.
La soberanía popular comienza por la cuestión electoral, cuando las comunidades ciudadanas, mediante el sufragio directo y secreto, eligen autoridades en las cuales confían y delegan sus poderes. De ahí que los gobernantes sean mandatarios, o sea personas que cumplen un mandato y no mandamases. En teoría, los mandatarios son servidores públicos sometidos a las instituciones y al pueblo, no a la inversa.  
En la Era moderna por primera vez, tales derechos fueron descritos en la Declaración de Independencia y en las enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos. La primera precisa la base de todos los derechos: “…Todos los hombres son creados iguales…” Ese mismo documento consagró también el derecho a la rebelión: “Cuando en el curso de los acontecimientos humanos, se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado…”  
En las diez primeras enmiendas a la Constitución, entre otros derechos figuran: libertades de culto, expresión, prensa y reunión, además de protección ante registros e incautaciones; debido proceso, y no autoincriminación; derechos de los acusados y protección ante castigos crueles o degradantes.
La formación de los Estados Nacionales, categoría geopolítica entronizada en la Era moderna, imbrican los procesos políticos, la población, los territorios, la economía, la lengua, la cultura y la psicología social, elementos comunes al amparo de los cuales se forjan identidades colectivas que, llegados a un punto, se transforman en naciones y se constituyen en estados que son entidades políticas y jurídicas. Todo ello ocurre como parte de procesos civilizatorios, más o menos espontáneamente.
Los estados nacionales dieron lugar a la formación del ámbito internacional, basado en las relaciones entre ellos, el comercio, la delimitación fronteriza y la soberanía nacional, así como los conceptos de nacionalismo y patriotismo. Para los estados más jóvenes, que son fruto de la descolonización o de la disolución de entidades como la Unión Soviética y Yugoslavia, la soberanía representa la afirmación de la identidad nacional y étnica y conlleva importantes subjetividades que actúan como acicate.
Como parte del devenir, las grandes naciones europeas, convertidas en imperios de ultramar, hicieron de las comunidades humanas de Asia, África y América Latina colonias, aplicando en ellas el tráfico humano y la esclavitud, hasta que, llegado a un punto, se convirtieron en estados independientes que alcanzaron derechos iguales consagrados por la Carta de la ONU, el más importante documento regulatorio del derecho internacional.
       En ese punto del proceso civilizatorio, en el cual se configuró lo que luego se conoció como ámbito o arena internacional en el cual, en materia política e institucional, occidente avanzó a más velocidad y marcó las pautas, el sujeto principal fueron las relaciones entre los estados, grandes y pequeños, débiles y poderosos, para los cuales, el ejercicio de la soberanía se convirtió en un asunto nodal.
La convivencia entre los estados ha estado enrarecida por litigios territoriales, fronterizos y por intentos de apoderarse de recursos naturales y ejercer hegemonías regionales, incluso globales. Tales conflictos condujeron a miríadas de desencuentros, incluidas dos guerras mundiales.
No obstante, debido a diversos procesos, en parte, la conflictividad ha sido parcialmente trascendida, permitiendo que se abriera paso la idea de la unidad y la integración que, finalmente, entre contradicciones, acuerdos parciales e intentos fallidos, se concretó en Europa que nuevamente marcó el paso y donde la Comunidad del Acero y del Carbón dieron lugar al Mercado Común Europeo y luego a la Unión Europea.
Anteriormente, en los esfuerzos integracionistas se registraron avances parciales que dieron lugar a la formación de los estados multinacionales como España, Bélgica, Rusia, los cuales suelen ser también multiétnicos y multiculturales. De esa categoría formaron parte proyectos integracionistas trascendentales como los de la Unión Soviética y Yugoslavia que no lograron consolidarse, tampoco maduró la idea de un “campo socialista”.        
La integración europea es viable porque, entre multitud de factores, la comunidad de territorios, las historias compartidas, intereses económicos y de otro tipo comunes y culturas afines. Del proceso integrador también forman parte los conflictos.
A pesar de los agoreros del desastre que, frente al brexit en 2020, ante la salida de Gran Bretaña  se apresuraron a presagiar la implosión de la Unión Europea, no ocurrió así, tampoco la unión se debilitó por el colapso soviético, ni por las apresuradas adhesiones de varios países ex socialistas, tampoco por las tensiones generadas por la guerra entre Rusia y Ucrania y, sobrevive a las inusitadas maniobras de Donald Trump.
Lo que en realidad ha ocurrido es que, desde la fundación en 1993 en virtud del Tratado de Maastricht, por un país que se ha retirado, Gran Bretaña, se han sumado 13 (Bulgaria, Rumania, Croacia, República Checa, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta y Polonia), mientras otros seis (Montenegro, Serbia, Albania, Macedonia del Norte, Moldavia, Turkiye y Ucrania) hacen fila y presionan para sumarse.
Sin restar importancia a otros escenarios, donde las amenazas a la soberanía nacional y a la supervivencia acechan a varios países, incluso a una civilización milenaria; ninguno es tan grave, urgente y peligroso como el de Cuba cuyo dramatismo no exageró porque ya lo han hecho el presidente Donald Trump y el secretario de estado Marco Rubio y sobre lo cual alertan constantemente los líderes cubanos.
En las referencias a Cuba se han hecho habituales las amenazas extremas, la invocación a la hambruna y el desastre humanitario, incluso la alusión a un baño de sangre, todo lo cual debe ser evitado.
Durante la Crisis de los misiles se contó que el general a cargo de la fuerza aérea propuso al presidente Kennedy realizar un bombardeo masivo que arrasara con la Isla y naturalmente con su población. Ante la desmesura de la propuesta, Robert Kennedy, hermano y mano derecha del presidente en la conducción del evento comentó: “¿Podrá Estados Unidos cargar con ese baldón por toda la eternidad?” Nadie respondió la terrible pregunta. Cierta o no la anécdota; de eso se trata ahora. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto! )

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