Al borde del agotamiento por los apagones, miles de cubanos afrontan una crisis que ya no solo amenaza l la economía, sino también la salud mental y la capacidad de resistencia de la población.
Vista de un balcón en La Habana
Aurelio Pedroso/La Habana
Casi setenta y dos horas sin poder dormir tan siquiera un par de ellas. Bloque número cinco en La Habana capital. Toda una noche y madrugada sin electricidad hasta que a media mañana regresa por tan sólo unos veinte minutos para sembrar vanas esperanzas y volver a lo mismo.
Entonces, como decía Don Corleone, esa mentira que ofende la inteligencia. Leer en el comunicado de la Unión Eléctrica que por falta de generación retirarían en breve el servicio, que será afectado sin saber o no querer saber que nunca lo tuvimos.
Cosa de lo locos. A eso vamos todos los que carecemos de paneles solares y somos mayoría.
Hay que decirlo por lo claro, que no es un problema de resistencia política, ni de amor patrio, sino de reacción psicológica, de desgaste emocional, capaz de sumarte en elevado nivel de irritabilidad o depresión cuando hay niños o ancianos en casa. Ambos comportamientos, muy malos consejeros si a normal conducta humana nos referimos.
Y como muchas veces sucede en el caso del cornudo, el otro es el últimos en enterarse de que los vecinos comentan que está de muy mala leche, contestón e indiferente a tirar una mano en un problema de la colectividad y diciendo cosas que jamás dijo en pleno juicio.
Se va deteriorando lentamente la capacidad de resistencia y el organismo, en perfecta reacción defensiva, se torna agresivo y de mal carácter además de otros defectos o desajustes mentales.
Vamos, que ya va siendo hora de conseguir cita con un psicólogo para escucharle que él también padece de lo mismo y que no hay de otra que continuar la marcha y no provocar a la disciplinada multitud.
Tenga tres días sin dormir y bajo el azote de varios escuadrones de mosquitos vampiros alados a un escritor de cuentos infantiles. Pídale una nueva versión de la Caperucita Roja. No se asombre si la encapuchada era una afamada prostituta del bosque; el cazador, su proxeneta; el Lobo Feroz, la estampa de la inocencia. y la abuelita una confidente de la policía de la jungla.
(Tomado de El Boletín)


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