Ricardo Torres Ph.D.
Economista cubano basado en Washington D.C
La economía cubana atraviesa las penurias actuales tras décadas de deterioro estructural. Datos del Banco Mundial —PIB real en dólares constantes de 2015— muestran que, entre 1985 y 2024, el PIB real de Cuba creció apenas 1,1% anual en promedio, uno de los desempeños más bajos de América Latina. Solo Venezuela, Haití y Barbados registraron resultados inferiores o comparables, aunque Barbados partía de un nivel de ingreso per cápita muy superior.
La composición de ese crecimiento revela un problema más profundo. En el mismo período, el valor agregado de los sectores productores de bienes —agricultura, minería, manufactura, construcción y servicios básicos como electricidad, gas y agua— se contrajo a una tasa promedio anual de 0,8%. En otras palabras, el débil crecimiento agregado convivió con una erosión sostenida de la base productiva material del país.
Incluso antes de la pandemia, el desempeño quedaba por debajo de lo necesario. Durante la década previa a 2020, pese a las reformas limitadas de Raúl Castro, al breve deshielo con Estados Unidos y a las relaciones económicas favorables con Venezuela, el PIB apenas creció un 2,2% anual. Ese punto de partida ayuda a explicar la profundidad de la crisis actual: el deterioro de los niveles de vida ocurre sobre una economía estancada durante décadas y en medio de un traslado creciente de responsabilidades desde el Estado hacia los hogares, sin ingresos ni mecanismos suficientes para absorberlas.
En 2026 se consolidan tendencias negativas previas, ahora amplificadas por el colapso del turismo, la crisis eléctrica y nuevas presiones externas. Entre ellas destacan la caída de los envíos de petróleo venezolano, las amenazas arancelarias contra terceros países que suministren combustibles a Cuba y el mayor riesgo de sanciones para empresas extranjeras con operaciones vinculadas a la Isla.
Los datos del primer trimestre reflejan una economía estatal bajo fuerte presión. Aunque el valor agregado bruto del sistema empresarial y presupuestado aumentó nominalmente 0,6% interanual, al descontar una inflación estimada de 4% para este segmento, el resultado implicaría una contracción real cercana al 3,3%. El ajuste laboral también continúa: el promedio de trabajadores cayó 5,7% interanual, equivalente a más de 123 000 empleos menos. La reducción fue más pronunciada en las empresas estatales, con una caída del 8,0%, que en el sector presupuestado, donde el descenso fue del 3,3%.
No existen datos comparables para medir el desempeño reciente del sector privado. Sin embargo, resulta difícil anticipar una expansión, dados los déficits de generación eléctrica, las restricciones de combustible y la presión sobre los ingresos reales de los hogares. Un sostén clave sigue siendo el flujo de recursos enviados por los cubanos residentes en el exterior, tanto en forma de remesas como de compras directas de bienes para sus familias en la Isla.
La inversión total aumentó nominalmente un 8,9% en el primer trimestre, pero en términos reales —ajustados por inflación— ese crecimiento fue probablemente marginal. Su composición confirma el peso de la emergencia energética: electricidad, gas y agua absorbieron el 42,8% de toda la inversión estatal y presupuestada, frente al 29,6% un año antes. Aun así, el bloque turístico e inmobiliario continuó captando alrededor del 16,7% de la inversión total, pese a la contracción del número de visitantes en los últimos años.
La contradicción es cada vez más visible. El turismo representaba alrededor del 8% del PIB en 2024, pero hasta abril de 2026 las llegadas de visitantes internacionales acumulaban una caída interanual del 56%. Bajo una relación similar a la observada previamente entre visitantes e ingresos, los ingresos turísticos podrían haberse contraído en cerca del 29% en el mismo período. Esto ocurre después de que la ocupación hotelera promedio descendió a apenas 18,9% en 2025.
El suministro de combustibles confirma la magnitud del shock. Con los datos disponibles, Cuba habría importado al menos 864 000 barriles de petróleo y derivados entre enero y abril de 2026. El cálculo incluye 30 000 barriles importados por el sector privado hasta marzo, otros 18 000 asumidos para abril, el tanquero ruso con 730 000 barriles descargados en Matanzas y el tanquero mexicano con 86 000 barriles descargados el 9 de enero. Distribuido en cuatro meses, equivale a unos 7 200 barriles diarios, apenas el 12% de la necesidad promedio de 60 000 barriles diarios.
Ese faltante ya parece trasladarse de nuevo a los precios. En abril, el IPC aumentó 1,6% mensual, frente a 0,4% en el mismo mes de 2025. La inflación acumulada llegó a 7,2%, por encima del 6,6% registrado en los primeros cuatro meses del año anterior. La presión es especialmente visible en el transporte, mientras que las autoridades también reportaron alzas significativas en los precios agropecuarios.
Los datos apuntan a una economía atrapada entre múltiples restricciones simultáneas, tanto domésticas como externas. En este escenario, un conjunto de reformas que pudo haber sido efectivo en etapas anteriores enfrenta ahora un entorno mucho más adverso: mayor incertidumbre, menor margen externo de apoyo y una capacidad institucional más deteriorada. El tiempo perdido no se recupera. La dimensión externa —y en particular la relación con Estados Unidos— se ha convertido en una variable decisiva para reencauzar la economía y, con ella, las legítimas aspiraciones de prosperidad del pueblo cubano.
Fuentes: Banco Mundial | ONEI | cálculos del autor
(Tomado de Cuba Economic Review)


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