ENTRE PUROS Y DUENDES

Manuel Juan Somoza/La Habana

Pide que los disculpen, Roberto, por no haber cumplido la tarea que el encomendaron de comprobar en la práctica el funcionamiento de la escuela pública de segunda enseñanza del barrio, después que la directora de la institución rindiera un informe tan perfecto que asombra, en un país donde la normalidad está en fuga.

Tiene 83 años Roberto, quien busca la manera de erguirse al caminar, sin lograrlo, que forma parte de una generación de cubanas y cubanos con muchas historias bellas y tristes sin contar –“Los puros”, les decían- , que supo y sabe del valor del idealismo, que cuenta ahora entre quienes, en caso de ataque de Estados Unidos, no les corresponderá un AKM, aunque peleara con ese fusil un montón de veces en África y en Cuba.

De llegar la agresión que Washington no se cansa de anunciar, Roberto, los niños y la gente más desvalida del barrio serán protegidas por esas brigadas “de producción y defensa” que reviven de urgencia cuadra a cuadra de un lugar al otro del país. Al ejército regular, a sus reservas y a las milicias, le corresponderá enfrentar lo que venga.

Pero las bombas no han caído y Roberto insiste en que volverá a la escuela y no se irá de allí y hasta que la directora “tenga tiempo” de recibirlo y escuche unas cuantas verdades sobre su “maravillosa” rendición de cuentas.

Es esta una manera de sobrevivir al asedio imperante aquí, de poner cara a 20 horas diarias de apagones por la prohibición estadounidense de importar combustibles. Es otra de las reacciones que surgen, incluso desde el agotamiento generalizado por el largo desgaste diario, en tanto, artistas profesionales y aficionados -títeres, titiriteros y payasos-, esconden sus penurias y tratan de hacer reír a los niños, ahora en un festival denominado “Corazón Feliz”, con réplicas en las remotas zonas rurales.

Y aunque solo sean 10 niños lo que ríen en un barrio polvoriento y busquen descubrir por qué “los duendes comen maní” o cuando los que pueden se acercan caminando con sus padres hasta el teatro cercano a disfrutar de la música –“Amiguitos vamos todos a cantar, porque tenemos el corazón feliz…”, entonces. hasta el ánimo despierta.

Así transcurre este martes de mayo en el oeste de La Habana, y yo aprovecho las dos o tres horas de electricidad que tengo a fin de dejar constancia de estos tiempos duros, con la intención de que trasciendan y lleguen a los cubanos del futuro, aquellos a los que nunca conoceré.

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