Manuel Juan Somoza/La Habana
Liudmila es madre soltera y Rebeca, oncóloga. Las dos tienen a sus hijos en círculos infantiles, esas guarderías públicas con las puertas abiertas cuando parecería imposible; ellas no son ficción, aunque cambiara sus nombres, y tampoco excepción. Suman miles las cubanas que viven aquí con sus proles.
La razón de decidir algo tan elemental como crear familias en el país donde nacieron es asunto personal, íntimo y podría sintetizarse así:
–Imposibilidad material y hasta física de sumarse a la estampida registrada antes de que Donald Trump blindara sus fronteras (se propondría ahora reenviar a la isla a medio millón de recién llegados). “Yo no tengo familia allá, sólo amigos que no podían cargar conmigo y con mi hijo, Pepito”, dice Liudmila.
–“Nunca he pensado en eso, mi familia y la de mi esposo están aquí. Soy cubana, esta es mi tierra por muy complicada que esté”, afirma Rebeca, quien tiene su retaguardia cubierta por los suyos, mientras hace filigranas a fin de que sus pacientes no mueran por la carencia de algún medicamento o por la irrupción del apagón en medio de alguna intervención quirúrgica.
Durante décadas, la mortalidad infantil en Cuba figuró entre las MÁS BAJAS de América -ya no puede ser así- y en los años 70, a una de mis hijas la operaron a corazón abierto en un hospital público de La Habana, después se radicó en EU y al hacerse su primer chequeo el médico expresó: “¡Esto está muy bien hecho!, ¿dónde lo hicieron?”.
Son Liudmila y Rebeca partes de un drama acentuado por Trump desde que prohibió a la isla la importación de petróleo, decisión que forma parte de un diseño siniestro para forzar con el ahogo de ellas y de los demás a que el gobierno nacional acepte sus planes de traer la misma “democracia”, “libertad” y “prosperidad” que, en su opinión, imperó en el país hasta el triunfo de la Revolución en 1959.
“A veces en el círculo solo hay chícharos y arroz de almuerzo, y yo a la noche refuerzo a Pepito con lo que tenga (…) a veces no hay agua por los cortes de electricidad, y tengo que llevármelo, ese día ni trabajo, ni cobro”, comenta Liudmila, vendedora en un comercio privado.
–¿ Y cómo llevas las noches y las 20 horas sin corriente?
“El niño y yo somos de buen dormir, vivimos en un cuarto piso, todavía corre la brisa de madrugada y con un ventilador recargable que conseguí, creo que dormimos mejor que lo que dicen mis compañeros de trabajo”, responde ella.
“No caen bombas, pero lo que yo vi es guerra”, escribió un reportero extranjero tras su regreso a Londres. Entonces, ¿cuál es la solución a esta crueldad impuesta? La de Trump y sus seguidores es sabida y la sazonan minuto a minuto con la amenaza de una agresión armada.
El gobierno nacional afirma estar dispuesto a negociar sin rendición, en tanto cada quien tiene o busca su respuesta personal, íntima, condicionada por sus convicciones y las circunstancias en las que sobrevive, pero en cualquier caso, ¡LAS MADRES CUBANAS SIEMPRE DAN LA PELEA!


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