(Foto AP/Ramon Espinosa)
Susana Besteiro Fornet/La Habana
La Habana, un martes de mayo de 2026, 8 de la noche en una cafetería promedio del Vedado. Hay seis mesas llenas, los bombillitos amarillos del negocio (encendidos gracias a una inversión reciente de paneles solares) son un pequeño escape para algunos del apagón semipermanente que los espera en casa. Te sientas, pides una limonada y una pizza, conversas de todo y de nada, desconectas un poco de la realidad tensa, cansina, agobiante que nos ha tocado vivir. Pero la realidad llega a la puerta del local.
Entra de repente un niño, pongamos que se llama Junior, o Miguelito. Trae un pullover que le queda enorme y un par de chancletas donde sus pies caben dos veces y, en la mano, un saco a medio llenar. Primero saluda a los camareros (que ya lo conocen) y luego hace un recorrido, mesa por mesa, repitiendo las mismas líneas: “Buenas noches, disculpen que los interrumpa, si ya terminaron con esos refrescos, ¿me pudieran regalar las latas vacías?”. Todo el mundo se las da. Muchos, además, de dan 50, 100, 200 pesos, a lo que el niño responde mientras se los mete en la cintura del short: “Muchas gracias, tengan buena noche”. Cuando se acaban las mesas vuelve al camarero, que le agrega otro montón de latas a su saco. Junior/Miguelito tiene unos 8 años, la edad de tu sobrina, la edad con la que tú a las 8 de la noche estabas bañado, comido y tratando de que te dejaran quedarte despierto un poco más.
Mientras Junior/Miguelito se despide entra una señora, pongamos que se llama María o Carmen, con un vestido de flores raído y una cajita en la mano, vendiendo caramelos. Camina dolorosamente despacio, tal parece que va a perder el equilibrio en cualquier momento y que ella, la cajita y la carterita diminuta que trae colgada del brazo van a terminar en el suelo. Pero no se cae, solo da un paseo rápido entre las mesas, sin acercarse a menos de que la llamen. Muchos le compran caramelos, otros le dan dinero aunque no compren nada. María/Carmen tiene unos 80 y tantos años, la edad de tu abuela que ahora mismo está en casa, lista para dormir temprano porque no hay ele
El niño y la anciana se van, pero antes, él saca 100 pesos de su billetera/cintura y se los pone a ella en las manos. De repente la limonada que pediste te sabe a ácido puro, la pizza te parece un capricho absurdo y las luces con energía de paneles se te hacen una burla a todas las ventanas apagadas de la cuadra, de la calle, del barrio, del intento de país que habitas. Alguien comenta “Increíble a lo que hemos llegado”, otro responde “A lo que nos han llevado”.
En lo que pides la cuentas, pagas y te vas, pasa por allí alguien que podría llamarse Ernesto, que toca el violín en la acera, y otro que podía ser Juan Carlos y pregunta si quieren comprar refresquito en polvo. Vuelves caminando a casa, entre las siluetas de los hoteles apagados de 23 y las casonas del Vedado, donde de vez en cuando se ve una lámpara moverse silenciosa. No sabes qué hacer ahora con ese ratico de luz de panel que tuviste, tan falsa ante la oscuridad real. Lo único que atinas a pensar es que ojalá, cuando Junior/Miguelito y María/Carmen lleguen a casa, por lo menos les hayan puesto la luz.
(Tomado del blog de la autora)


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