| Ricardo Torres/Washington |
| En 2024, los servicios representaban el 82% de las exportaciones de Cuba, el 80% del PIB y el 66% del empleo formal. A primera vista, estas cifras describen una economía fuertemente terciarizada. Y en esto no se diferencia mucho de otras economías, tanto avanzadas como de ingresos medios. El contraste radica más en la trayectoria y en el tipo de servicios. El peso de los servicios no refleja necesariamente una transformación deliberada hacia actividades de alto valor agregado, sino también la contracción prolongada de la agricultura, la manufactura y la construcción desde el Período Especial. Cuba es hoy una economía de servicios tanto por su especialización como por su desindustrialización. El problema no es decidir si Cuba debe “apostar” por los servicios: esa estructura ya existe. La pregunta relevante es si estos pueden convertirse en una plataforma de crecimiento, de inserción internacional y de generación de valor interno. La respuesta puede ser afirmativa, pero solo bajo condiciones muy distintas de las actuales. Hay razones económicas para pensar que una estrategia de inserción internacional enfocada en los servicios tiene sentido para Cuba. La primera es el mapa competitivo regional. México lleva décadas integrándose a cadenas manufactureras con Estados Unidos; Centroamérica y Colombia han consolidado nichos en confección, agroindustria y manufactura ligera. Para una economía que partiría de una base industrial deteriorada, competir frontalmente en esos segmentos exigiría tiempo, capital y capacidades hoy escasas. La segunda razón tiene que ver con la disponibilidad de energía. Los servicios, en especial los digitales, profesionales, turísticos y culturales, tienden a ser menos intensivos en energía que la manufactura pesada o la agroindustria. En un país donde la electricidad se ha convertido en una restricción estructural, esa diferencia no es menor. El tercer argumento es la dotación de activos. Cuba dispone de capital humano relativamente alto para su nivel de ingreso, una ubicación geográfica favorable, un patrimonio cultural y natural con potencial de diferenciación, y una diáspora con vínculos económicos, profesionales y familiares relevantes. Esos activos no garantizan competitividad, pero sí ofrecen una base real. El problema central ha sido la forma en que esos activos se han gestionado. El turismo se organizó durante décadas más como mecanismo de captación de divisas que como un ecosistema competitivo de creación de valor. Los servicios médicos profesionales funcionaron principalmente como fuente de ingresos fiscales y como herramienta de política exterior, sin integrarse plenamente en una estrategia moderna de exportación de servicios de salud. En ambos casos, la lógica de control limitó la diversificación, la inversión, la innovación y la conexión con mercados dinámicos. En el interior, el sistema empresarial, basado en grandes empresas estatales y autárquicas, siempre limitó el despegue de los servicios empresariales comunes en las economías modernas. El ascenso del sector privado ha mostrado el tipo de transformación que se puede esperar, aun con las restricciones que todavía existen. A esto se suma una restricción decisiva: la infraestructura. Una economía de servicios competitiva necesita electricidad estable, conectividad digital, transporte aéreo y marítimo confiable, instalaciones hoteleras y hospitalarias con estándares internacionales, y reglas que permitan operar con previsibilidad. Hoy, buena parte de esa infraestructura es un cuello de botella. La comparación con Panamá es útil. Una estrategia reciente, elaborada con el apoyo de la CEPAL y el PNUD, subraya que los servicios modernos —digitales, profesionales, creativos e intensivos en conocimiento— ya representan una proporción creciente del comercio mundial. Panamá cuenta con activos importantes, pero reconoce que necesita fortalecer el sistema: la coordinación institucional, el talento alineado con la demanda, la medición estadística, la narrativa de país, la inversión y el acceso a mercados. Cuba enfrenta un desafío mayor. No solo necesita organizar el sistema, sino también reconstruir la infraestructura, abrir espacios reales a la inversión privada, tanto nacional como extranjera, normalizar los vínculos comerciales con su entorno, en particular con Estados Unidos, y crear instituciones que sostengan la competitividad . Los números muestran que la vocación de servicios ya es estructural. Lo que falta es convertirla en una estrategia coherente y orientada a generar valor. Fuentes: cálculos del autor | Anuario Estadístico de Cuba 2024 | CEPAL (Tomado de Cuba Economic Review) |


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