Manuel Juan Somoza/ La Habana
Ni pregunten por qué; no sabría responder, pero hoy hablé con mi padre, cuando lo que debería hacer era sacar cuentas ante el anunciado aumento del precio de la gasolina o buscar alguna manera de dormir, al menos tres horas, en estas madrugadas pastosas sin servicio eléctrico, ni para animar a un ventilador enano.
Mi padre era un tipo duro habituado a mandar y al mismo tiempo tierno, y se me presentó con todos sus atributos a las cuatro de la tarde, mientras mi barrio ya andaba en apagón. Creía en la puntualidad y en la seriedad en los negocios, practicaba el fútbol por hobby y en la pelota era seguidor del equipo Habana y de los Dogers.
Y me habló con la claridad de siempre: “¡Te lo dije y no me hiciste caso!”, e inmediatamente, al igual que un par de locos, los dos reímos y nos fuimos juntos hasta la casa del tío “Macho”, en Hialeah, donde nos habíamos reencontrado 40 años después de despedirnos en una Cuba tan convulsa como la de hoy.
Tío nos había invitado al típico asado y a fin de no llegar vació fui al mercado en busca de cervezas, hasta descubrir mi preferida en un mar de marcas y entré al convite con una caja de Pilsen checa.
Comenzamos a picar, a evocar y a beber, al tiempo que él observaba atento desde la terraza sin decir palabra, por aquellos días había sobrepasado la barrera de los 80 años. “¿Papi, te alcanzo una?”, pregunté y su respuesta fue la síntesis perfecta de su concepción del mundo.
“¡Yo no tomo eso!”, comentó remarcado el pronombre para decir sin palabras que él rechazaba hasta las cervezas que vinieran de un país comunista, aunque entonces la República Socialista de Checoslovaquia había dejado de existir. Fue mi padre un hombre de su tiempo, católico de práctica sentida, votante inconmovible del Partido Republicano y, sin embargo, a pesar de nuestros encontronazos, al final siempre nos entendíamos, sin que ni él ni yo renunciáramos a las convicciones propias.
“¡Pruébala, Manolo, está riquísima! ”, intervino el tío, mi viejo la degustó cauteloso y terminó sumándose al disfrute de la rubia espumosa, como bautizó a las frías en PRENSA LATINA mi amigo y colega Pancho Ramírez.
Nunca volvimos a encontrarnos, el departamento de Estado siempre me negó las necesarias nuevas visas, no se conmovieron ni al tocarle su partida, ni cuando después le llegó el momento inevitable a mami.
Todavía no sé por qué escribí esta crónica, o quizá se deba a las muchas heridas sin sanar con las que cargo y a que hoy, además de sufrir otro apagón mayúsculo, volví a ver de cerca las caras grotescas de la simulación y el oportunismo en el abordaje de un asunto de alta sensibilidad social, y por reflejo me refugié en el altar de mis vivencias y verdades. Pero, en fin, quién sabe, la vida tiene sus mañas.


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